Ping pong con Ana Celentano: «Nunca imaginamos que Okupas se transformaría en un fenómeno»

Es una actriz de gran sensibilidad y talento. Se destacó en televisión, cine y teatro, y es recordada por encarnar a Clara Alvarado en la aclamada serie de Bruno Stagnaro.

Comenzó su carrera como actriz con un pequeño papel en la película La noche de los lápices (1986), dirigida por Héctor Olivera, donde interpretó a una estudiante. Aunque quizás su papel más emblemático sea el de Clara Alvarado en la serie Okupas, de Bruno Stagnaro. Pero Ana Celentano ha hecho de todo. En tele estuvo en programas como Verano del 98, Los médicos de hoy y Resistiré, entre otros. En cine fue parte de diferentes películas, como Un argentino en New York, La fuga, Whisky Romeo Zulú y Las viudas de los jueves. Con su rol protagónico en Las vidas posibles (2007) obtuvo su primer Cóndor de Plata. Recientemente tuvo distintos papeles en series destinadas al streaming como María Marta, el crimen del country y El reino.

En la actualidad prepara una gira con la obra que estuvo haciendo en los últimos meses junto a Anabel Cherubito y Fabiana García Lago: Ser ellas, una pieza teatral basada en un encuentro imaginario entre Eva Perón, Frida Kahlo y Simone de Beauvoir.

Gael García Bernal y Celentano.

–¿Cómo decidiste ser actriz?

–En mi casa estimulaban bastante las disciplinas artísticas. Tengo tres hermanos y todos hacíamos algo relacionado. Yo fui al conservatorio de música, pero desde pequeña tenía una forma de ser que indicaba que era una actriz en potencia.

–¿Qué hacías?

–Vivía de manera muy dramática todo. Me gustaba armar historias, actuaba siempre que se presentaba la ocasión. Lo hacía jugando, estaba bastante sola, porque mis hermanos varones eran más de querer estar al aire libre y yo no. Pero me gustaba ser solitaria. Me inventaba mis mundos. No teníamos muchos juguetes y me las arreglaba.

–Lo tuviste claro de chica…

–Sí. Yo sabía que iba a ir por este lado. Imagínate que dibujaba caras en unas maderas, las disponía como personas en mi cuarto y armaba mis escenas. Después recuerdo que me marcó mucho participar de los actos de la escuela. Ese primer registro del público, la adrenalina de salir a actuar, era como que me asustaba, pero me gustaba. Así que era mi trabajo ideal, creo (risas).

–¿Trabajaste en otras cosas hasta que pudiste vivir de la actuación?

–Trabajo desde los 15 años. Fui niñera, moza, repartidora, empleada en librerías y editoriales, trabajé en el Correo, y luego por suerte pude ir agarrando distintas cositas y me fui haciendo mi lugar.

–¿Toda disciplina artística te nutre como actriz?

–Sin dudas. La música, la pintura y la literatura son parte de lo teatral. Adquirí el gusto por todo y creo que pude ir a niveles profundos para trabajar en cada cosa que hice porque desarrollé una sensibilidad especial. El dibujo y la pintura, por ejemplo, siempre me gustaron. Estudié Bellas Artes un tiempo. De hecho, dibujo ahora para relajarme. Siempre tengo un papel y unos lápices cerca.

–¿Tenés un personaje favorito entre los que te tocaron hacer?

–Algún personaje histórico que me tocó, como el de Salvadora Medina Onrubia, que hice en el 2010 en la película de Héctor Olivera El mural. Me gustó particularmente porque me amplió lo que ya sabía del desarrollo anarquista en la Argentina y me permitió saber detalles de su vida y de ese momento, en los años ’30. Obvio que mi primer protagónico también.

–Eso fue en Las vidas posibles, de Sandra Gugliotta.

–Sí, recuerdo que fue todo un aprendizaje, además filmamos en el Calafate. Fue toda una experiencia gratificante, súper placentera. También es obvio que Okupas fue y sigue siendo importante para mi carrera.

–¿Sabías que se iba a transformar en lo que es hoy?

–No, todo lo hicimos sin mucha conciencia. Trascendió mucho más de lo que imaginábamos todos los que estábamos ahí. Era un momento raro. Si bien sabíamos que era algo de calidad, nunca imaginamos que Okupas se transformaría en un fenómeno. Viajó mucho más lejos de lo que esperábamos.

–¿Te gusta viajar?

–Me encanta. Por laburo pude conocer mucho. Por ejemplo, Europa, que fui a filmar. En España hice tres películas. Y aproveché y recorrí todo lo que pude. Pero también en Bolivia y en varios puntos de la Argentina. Cuando vas a trabajar te salís del circuito turístico y recorrés desde un lado más auténtico, siempre y cuando te lo permita la filmación, claro.

–¿Mirar el paisaje o hablar con la gente?

–Me gusta admirar la naturaleza, pero también me gusta conectar con la gente. Es algo más intenso. No encerrase en tu cotidiano le da otra dimensión al asunto.

–¿Tenés preferencia por alguna tarea casera específica?

–No. Ahora está más grande, pero siempre me gusta jugar  con mi hija. Ella tenía un guion y me tenía que ajustar al detalle. ¡No me dejaba improvisar ni una palabra! Me daba muchas directivas y la pasábamos espectacular (risas). Y tengo que admitir que también me gusta mucho limpiar…

–¿Por qué?

–Porque es como poner la cabeza en otro registro, el cuerpo hace algo casi de manera automática y eso te ordena los pensamientos. Funciona como una disociación entre lo intelectual y lo físico. Hay algo que se libera o se desata. Es ideal para preparar un personaje o para escribir, que es algo que empecé a hacer hace poco también.

–¿La franela desatanudos?

(Risas) Algo así.  A mí me sirve. A otros quizás le funciona mejor la gimnasia. Pero yo soy perezosa y no tengo disciplina para salir a caminar o ir a nadar.

Ping pong con Ana Celentano

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