Marcelo Araujo (78 años), fallecido este lunes a las 2 de la madrugada en el Hospital Italiano tras haber sido internado el domingo -había pasado sus últimos meses en una residencia de ancianos-, marcó una época en el relato televisivo de partidos de fútbol en Argentina y Sudamérica. Cuando en 1989 se incorporó a Fútbol de Primera, el programa que transmitía la fecha, las narraciones -hasta entonces a cargo de Mauro Viale- eran muy acartonadas, aburridas, circunscriptas al apellido de los futbolistas que tenían la pelota. Araujo le dio chispa y gracia e hizo un show.
Ya con larga experiencia en el periodismo -con algunos textos polémicos incluidos durante el Mundial 78-, Araujo alcanzó su popularidad en los 90. Su gran coequiper de las transmisiones fue Enrique Macaya Márquez, a cargo de los comentarios. Juntos hicieron una dupla que también potenció la marca de Torneos y Competencias, súbita propietaria de los derechos televisivos del fútbol argentino.

En 1991 comenzaron los partidos codificados y Araujo le dio voz a una época en la que los campeonatos eran un desfile de cracks, dentro y fuera del campo de juego: Diego Maradona, Enzo Francescoli, Ariel Ortega, Paulo Silas, Sebastián Rambert, Rubén Capria, Marcelo Gallardo y, ya algunos años después, con el cambio de siglo, Juan Román Riquelme y Martín Palermo, entre tantos otros.
También, claro, acompañó a la selección en varios Mundiales, como el propio Diego, Claudio Caniggia (en Italia 1990 y Estados Unidos 1994) y Gabriel Batistuta. En los bancos de suplentes de Boca y River, en aquellos años, estaban Carlos Bianchi y Ramón Díaz. Araujo estaba a la altura de todos ellos, era un referente con micrófono.
Hincha discreto de San Lorenzo y dueño de un vocabulario fluido y florido, impuso también varios latiguillos: mencionar a los goleadores con su primer y segundo nombre (y, claro, su apellido, como «Ramón Ismaeeel Medina Bello»), agregar palabras en inglés («yes yes yes»), descomprimir el relato («yorugua» en mención a todos los uruguayos, o «hacé el cuarto y dejá de joder», o «grone» por el camerunés Alphonse Tchami), e intentar varios apodos de jugadores.

Los aciertos de Araujo
Incluso, tras un golazo de Luis Medero en Boca-Platense de 1992, Araujo cumplió lo que suelen anunciar -pero nunca cumplir- los relatores de fútbol: «Si lo hacés, me voy». Araujo -cuyo nombre de nacimiento era Lázaro Zilberman-, en efecto, abandonó la cabina del estadio de Independiente, donde se jugaba el partido, y dejó sólo a Macaya Márquez en los últimos minutos de la transmisión.
Su mayor acierto, en ese sentido, fue imponer el «Oooca» o «Aaaca», un latiguillo utilizado actualmente por los hinchas de Boca. Comenzó, como tantos otros juegos suyos, sin que nadie se diera cuenta: «Se viene Boooca» derivó en «Oooca» o «Aaaca». Menos éxito tuvo en otros intentos de apodo, como «Torero» a Juan Román Riquelme, «Chapita» a Guillermo Barros Schelotto, «Mandrake» a Andrés D’Alessandro y «el Tatuado» a Leandro Romagnoli.

Ya con menos chispa y lejos de la originalidad que había tenido, Araujo también fue parte del Fútbol para Todos, el programa de transmisión gratuita de partidos de Primera División en el gobierno de Cristina Fernández de Kirchner, en 2009. Incluso, al final de su carrera periodística, se convirtió en comentarista, pero fue durante pocos partidos.
Los restos de Araujo serán cremados este martes en el cementerio de Chacarita. Su legado marcó a más de una generación de futboleros.