La Palma de Oro al mejor cortometraje para la película del realizador argentino Federico Luis le dio un giro celebratorio e inesperado a una edición de Cannes que no se caracterizó por ser de las mejores. Pese a la alegría de este triunfo inédito —es la primera Palma de Oro para un cineasta argentino—, el corto de Luis refleja a la perfección el difícil momento que vive el cine nacional, ya que se trata de un proyecto suyo, pero producido por México, Chile y Francia al no contar con participación argentina. A falta de subsidios, apoyos y facilidades para que las productoras locales trabajen, al realizador de Simón de la montaña —ganadora del Premio a la Mejor Película de la Semana de la Crítica en 2024— no le quedó otra opción que hacer su corto en México y con fondos internacionales.

Si bien la historia es universal, tiene una fuerte impronta mexicana, un país en el que el boxeo sigue siendo una posible tabla de salvación para muchos jóvenes de clase baja y en el que la cultura que rodea a ese deporte no se ha ido perdiendo, como sí sucede en muchos otros lugares. Para los contrincantes —así se llama el cortometraje— va directo al grano, mostrando a un pequeño niño en un combate de boxeo infantil que se le presenta complicado desde el inicio, ya que es claramente superado por su rival. El film se centrará en sus esfuerzos, su orgullo, sus temores, su frustración, su miedo y su culpa al no poder estar a la altura de sus preparadores y familiares, que lo apoyan desde afuera. Y si bien todos ellos lo tratan con cariño y lo contienen cuando el niño no puede evitar romper en llanto, queda claro que el proceso es muy perturbador para alguien tan pequeño, especialmente cuando poco después se lo ve mucho más feliz jugando, corriendo y saltando con amigos de su edad.

El realizador de 36 años, que tiene dos películas en camino —un documental titulado El cumpleaños de Pehuén, en España, y un film de ficción llamado El entrenador de perros—, dijo en la conferencia de prensa tras ganar su premio que, si bien él es un director argentino, “como está muy difícil filmar en mi país por los constantes ataques y el desfinanciamiento del gobierno a la cultura, pude rodar en México gracias a los aportes de otros países”. Y agregó: “Espero que este premio me permita a mí y también a muchos otros colegas volver a trabajar en Argentina, donde hay una política de destrucción de las artes y la cultura”.

Más allá del premio al cineasta argentino, esta edición del Festival de Cannes no fue de las mejores. Si bien se vieron al menos una veintena de títulos de alta calidad, el promedio de la selección oficial no estuvo a la altura de años de gran repercusión como 2025, del que surgieron las celebradas y multipremiadas Valor sentimental, El agente secreto y Fue solo un accidente. Y, para terminar de arruinar una selección apenas aceptable, los premios no hicieron más que celebrar, salvo excepciones, algunas de las películas más mediocres y discutibles de la muestra competitiva.

Fjord, película rodada en Noruega por el director rumano Cristian Mungiu, se alzó con la Palma de Oro con una historia provocativa que enfrenta a una familia rumana muy religiosa que se muda a un pequeño pueblo noruego y rápidamente entra en conflicto con las leyes y políticas de ese país, en especial por la tradición que tienen los padres de esa familia —Sebastian Stan y Renate Reinsve— de castigar y “pegarles un chirlo” a sus hijos cuando no se comportan bien o no cumplen con sus rituales religiosos.

Esa diferencia de criterios terminará convirtiéndose en un conflicto de alcance internacional que enfrentará a progresistas y tradicionalistas; a defensores de la necesidad de un Estado presente que trate de ayudar a niños y adultos que atraviesan situaciones familiares problemáticas; y a quienes creen que esas cosas “se arreglan en casa” y que nadie debería meterse. Y la película, si bien es muy crítica con ambos bandos, parece simpatizar más con la familia religiosa que, de un día para el otro, pierde contacto con sus cinco hijos y no encuentra la manera de recuperarlos. Sin dudas, será una película que generará debate, pero la primera impresión que deja es que el caso que Mungiu presenta resulta tan forzado que termina sirviendo para justificar cualquier ataque a lo que un personaje define como “la burocracia progresista”.

El segundo premio en importancia, Minotauro, del ruso Andrey Zvyagintsev, es una remake de La mujer infiel, un thriller francés de Claude Chabrol de 1969 acerca de un empresario que descubre que su mujer tiene un affaire amoroso. La diferencia central de esta versión —sólida, correcta, estilizada— es que transcurre en el contexto del inicio de la guerra entre Rusia y Ucrania y los problemas extra que eso genera en el protagonista, que debe “entregar” empleados suyos al ejército, ver cómo otros se van del país y lidiar con la manera en la que oficiales corruptos negocian con él favores mutuos. Sin ser un gran film, habría sido un ganador de la Palma de Oro mucho más digno.

El Premio del Jurado fue para una de las mejores películas de la competencia, The Dreamed Adventure, de la alemana Valeska Grisebach, que sigue a una mujer búlgara mientras se enreda en las rivalidades entre bandas de traficantes en un pequeño pueblo fronterizo entre Turquía y Grecia. Si bien se presenta como un thriller de gángsters, en realidad funciona más como un retrato de esa mujer, de su vida allí, de sus experiencias, de la gente que conoce y de esa comunidad de personas —especialmente mujeres— sufridas pero resilientes frente al mundo violento y masculino que las rodea.

El Premio al Mejor Director fue compartido entre el polaco Paweł Pawlikowski, que presentó Fatherland, un film centrado en el regreso a la destruida Alemania de posguerra, en 1949, del célebre escritor Thomas Mann, y la “sensación española” La bola negra, de Javier Calvo y Javier Ambrossi. La dupla conocida como “Los Javis”, celebridades en España y creadores de series icónicas como Paquita Salas y Veneno, toma una novela inconclusa de Federico García Lorca y crea una serie de historias que atraviesan todo el siglo XX imaginando qué pudo haber sucedido con ese original y cuántas vidas afectó su pérdida. Bienintencionada pero un tanto solemne y rimbombante, intenta ser un homenaje a los miembros de la comunidad LGBT+ que tuvieron que vivir sus vidas en secreto a lo largo del siglo XX. La ovación fue larga, pero la recepción crítica estuvo bastante más dividida.

Grandes películas como All of a Sudden, de Ryusuke Hamaguchi, o A Man of His Time, de Emmanuel Marre, debieron conformarse con premios secundarios: mejor actriz o guion. Y otras, como Paper Tiger, de James Gray; The Unknown, de Arthur Harari; The Man I Love, de Ira Sachs; o las españolas El ser querido, de Rodrigo Sorogoyen, y Amarga Navidad, de Pedro Almodóvar, que se contaban entre lo mejor de la competencia por la Palma de Oro, se fueron directamente con las manos vacías.

Los premios no hicieron mucho por salvar ni lavarle la cara a una edición discreta, sino más bien todo lo contrario. Pero el festival tuvo además muy buenas películas en secciones paralelas, entre las que se destacó la argentina La libertad doble, de Lisandro Alonso —con producción mayoritaria chilena—, elegida en muchas encuestas de críticos como una de las mejores de todo el festival. Lo cierto es que el año próximo será el 80° aniversario y todo hace pensar que, si los mejores cineastas del mundo llevan a la Costa Azul sus nuevas películas, podríamos estar ante una edición histórica. La de 2026 fue apenas una discreta antesala para la gran fiesta.