“Cada vez que vuelvo a casa, quiero abrazar a mis hijos, y me tengo que frenar. Esa incertidumbre se sufre”

Su horario de trabajo no cambió, aunque sí la vida en la fábrica: le toman la temperatura cada vez que entra, incorporaron canillas y bachas para lavarse las manos y sumaron todos los elementos de higiene para combatir al Covid-19. “Al principio había mucha más incertidumbre, pero las medidas que fuimos tomando nos generaron mucha tranquilidad”, cuenta Vallés, que hoy trabaja en la zona del puerto de la planta, pero antes pasó por ingeniería, molienda de soja y extracción de aceite. Como parte de la comisión interna de Dreyfus, juega un papel fundamental en el comité mixto de salud y seguridad laboral, un derecho conquistado por los trabajadores e incluido en el convenio nacional de la Federación de Aceiteros en 2016. Desde ese espacio lograron licenciar compañeros (solo un 60% sigue en actividad), organizar turnos para evitar aglomeraciones y reforzar la limpieza, entre otras medidas por el coronavirus. “Todos entendemos -afirma- que la lucha por el salario, la seguridad y la higiene es colectiva. Es uno de nuestros grandes logros como sindicato”.
El temor al contagio, sin embargo, sigue presente, y el momento de mayor angustia para Vallés es la vuelta a casa, en Villa Constitución. Cada vez que atraviesa la puerta, quiere abrazar a sus hijos. “Me tengo que frenar. Como si fuera un tipo peligroso. La incertidumbre se traslada al entorno familiar y eso se sufre”
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