El primer paisaje monumental de la ciudad es el cielo, y está tapado por una maraña de cables. El segundo es el Río de la Plata, contaminado y cada vez más lejos de nosotros.
El Gobierno de la Ciudad no tiene autoridad ni política pública para encarar un giro copernicano que mejore la vida urbana. Pero veamos qué pasa con los cables aéreos.
El circuito es el siguiente, ENACOM habilita a la empresa, el GCBA presta la vía pública. El permiso es precario, revocable, y hace años que la Ciudad dice empujar el soterrado.
El GCBA puede dar los permisos de tendido de baja cuando quiera, sin indemnización. La idea es que todo vaya bajo tierra. Por eso los permisos aéreos nacieron como transitorios. Si una empresa no reconvierte a subterráneo, le pueden revocar la autorización y obligarla a retirar las instalaciones.
Los permisos aéreos siempre fueron transitorios, pero pasaron 29 años desde la primera ordenanza de 1995 y siguen ahí. El último plazo venció en 2004. Desde entonces rige la prórroga eterna, una inversión sin costo para las empresas.
Pasar todo a subterráneo es caro y molesto: hay que romper veredas y calles, coordinar con otras empresas de servicios e instalar ductos nuevos. Las compañías dicen que no les cierran los números y que deberían subir la tarifa. El GCBA no subsidia.
Falta control y sobran sanciones blandas. Los permisos son precarios y revocables, como decíamos, pero el Gobierno porteño casi nunca los revoca. Las multas por incumplir son más baratas que hacer la obra. Resultado: las empresas pagan la multa y la maraña sigue.
No es una sola empresa. Están Cablevisión/Flow, Telecentro, cooperativas, firmas chicas y cables muertos de empresas que ya no existen. Nadie se hace cargo de los abandonados. Para sacar uno hay que identificar al dueño, y muchas veces ni ellos lo saben.
Sacar cables no da votos. Romper media ciudad para meter caños genera caos de tránsito, ruido y quejas. Es más fácil dejar todo como está hasta que haya un accidente o se caiga un poste. No hay un plan serio con plazos y tiempos de cumplimiento.
Se avanzó con la fibra óptica soterrada, pero no tanto como para reemplazar los cables colgados. Esos cables gruesos que entran desde la vereda a un edificio y cuya caja dicen “FO” o tienen tapa de Telecom/Claro son la excepción. El resto sigue sin plan ni plazos firmes.
Hoy Buenos Aires tiene una telaraña aérea que afea, genera riesgo en tormentas y cada tanto se prende fuego. La norma dice que tienen que ir abajo, pero sin inversión ni voluntad de hacer cumplir, siguen colgando. Los turistas ya descubrieron esa rareza del cielo porteño y la fotografían.
El Estado y la ley existen, pero falta autoridad y decisión política para aplicarla. Es el Leviatán de Hobbes sin dientes: tiene la autoridad en los papeles, pero no la ejerce.
Y así aparece la famosa “rata por tirante”. Los roedores usan los cables como autopistas. Son vías rápidas y seguras: se mueven de una vereda a otra sin bajar al piso. Un ejemplo de adaptación al medio. Evitan perros, autos y gente. En varios edificios ya pusieron conos en los cables para que no crucen.
Trepan por postes y caminan por el tendido. Entran en depósitos, galpones y hasta en departamentos de un quinto piso, caminando por frentes y cables.
A las ratas les crecen los dientes toda la vida y necesitan roer. Muerden cables porque se le bloquea el paso al nido o simplemente porque está en su naturaleza. Eso genera cortocircuitos y cortes de servicio.
Desde 2023 la presencia de ratas trepó al 50% año a año y en 2025 subieron 90%, según las empresas de fumigación. Antes eran nocturnas; ahora, con la superpoblación, se las ve de día caminando por cables y frentes. La Ciudad niega el aumento, pero las empresas de desratización registran una suba importante de demandas.
Por eso el soterrado ayuda en forma doble: elimina la “contaminación aérea y visual” que afea la ciudad y le corta una ruta clave a las ratas. Menos cables colgando, menos autopistas para roedores y menos cortes por mordeduras. Cuando vemos cables muy bajos o con movimiento de noche, probablemente no sea el viento.
Los cables aéreos implican riesgo eléctrico. La mayoría son de TV o internet y llevan baja tensión, pero muchos cuelgan junto a líneas de 220 V o media tensión de Edesur/Edenor. Con el tiempo se pelan, se cruzan y hay riesgo de descarga. Con lluvia o tormenta, el peligro aumenta.
También hay incendios. Las ratas muerden, los cables, estos se recalientan y aparecen cortocircuitos. Como todo está enredado, el fuego se propaga rápido. Bomberos de CABA atienden incendios de postes y fachadas por esta causa varias veces por mes. Un cable incendiado sobre un medidor de gas es una bomba de tiempo.
El peso acumulado de cables muertos, activos y transformadores caseros hace ceder los postes. Con viento fuerte se caen enteros sobre autos, veredas o gente. Otros se descuelgan y quedan a baja altura.
La telaraña obstruye emergencias: impide que bomberos desplieguen escaleras, que entren ambulancias por pasajes o que Defensa Civil pode árboles. En incendios de edificios se pierden minutos vitales cortando cables para poder trabajar.
Hay vandalismo y robo de cobre. Al cortar tramos, dejan puntas energizadas colgando o al ras del piso.
Los vehículos altos también hacen daño: un camión engancha la maraña y se lleva media cuadra de servicio. Podes quedar sin internet, TV y teléfono dos o tres días. Si se corta la fibra óptica, pueden caerse cajeros, posnet y semáforos de la zona.
Las empresas usan las fachadas de soporte: agujerean el frente y pasan cables por balcones sin permiso. Para pintar o refaccionar el propietario debe pedir que los saquen y tardan meses. Si este los corta, pueden iniciarle juicio.
El peso raja revoques, tira antenas, rompe canaletas y tanques de agua. En tormentas, el cable suelto funciona como un látigo y astilla la mampostería. Reparar la fachada es un problema del propietario, no de la empresa.
Donde hay maraña hay nidos. Palomas, cotorras y murciélagos usan los cables de perchero. Llenan la vereda de excremento, tapan desagües y traen ácaros
Una casa con 40 cables cruzando el frente vale menos. Afecta la estética del barrio, baja el valor de alquiler o venta y espanta inquilinos. Nadie quiere vivir con una telaraña en la ventana.
Si un cable que pasa por una propiedad se cae y lastima a alguien, la empresa se desliga y habla de “vandalismo”. El juicio le llega primero al frentista. Después el litigio lleva años y así siguen sus abaratamientos de costos.
En criollo: todo ese cablerío es feo, peligroso y caro. Y como los permisos son precarios, pero nadie los revoca, la maraña crece ante el desinterés de las autoridades que dicen cuidar el espacio público y la sacrosanta propiedad privada. Sacar manteros parece más fácil que meterse con los lobbies de la comunicación, en el espacio público. Como diría un presidente patagónico, son fuertes con los débiles y débiles con los fuertes.
Si levantamos la vista, vemos cada vez más cables prolijamente enrollados, como lazo de gaucho en los postes, a la espera de ser extendidos. No parece ser esa una señal de retiro.
Muchas ciudades del mundo prohibieron el tendido aéreo hace décadas. Acá seguimos esperando que se cumpla la ordenanza de 1995. Acá no pasa nada, solo la famosa rata por tirante. «