Dos días después de que Estados Unidos e Israel bombardearan Teherán, la selección femenina de fútbol iraní debutó en la Copa de Asia en Australia y se negó a cantar su himno nacional. El silencio antes de la derrota 3 a 0 frente a Corea del Sur se interpretó como una protesta simbólica contra el régimen o una muestra de duelo. El equipo no lo aclaró.
La entrenadora iraní, Marziyeh Jafari, y sus jugadoras se negaron -¿no las dejaron?- a comentar sobre la guerra o la muerte del líder iraní, Alí Jamenei, cuando fueron preguntadas por los medios.
Las futbolistas de Irán podrían enfrentar represalias si no cantan el himno nacional en los partidos restantes de la fase de grupos de la Copa de Asia, después de que un político dijera que el país «nunca permitirá que nadie insulte nuestro himno», según publicaron algunos diarios internacionales al día siguiente.
El deporte nunca es sólo deporte. Las deportistas nunca son sólo deportistas: discuten derechos, visibilidad y poder. A veces esa discusión se expresa en palabras. Esta vez, a través del silencio.

Días atrás del comienzo de la Copa de Asia, la selección femenina de hockey sobre hielo de Estados Unidos ganó la medalla de oro en los Juegos Olímpicos de Invierno de Milán-Cortina. Fue un logro histórico compartido con el equipo masculino. Por primera vez, el país conquistaba el oro olímpico en ambas ramas. Pero el festejo duró poco.
Donald Trump invitó al equipo masculino al Capitolio. Ellos se presentaron con sus medallas de oro, mientras Trump alardeaba que los Estados Unidos es un país que “no puede dejar de ganar“. Sobre las campeonas olímpicas, en cambio, hizo una broma. “Tendría que invitarlas o probablemente seré sometido a juicio político”, dijo.
La frase generó incomodidad. La capitana del equipo, Hilary Knight, lo definió como una “broma de mal gusto”. Y agregó: “Desafortunadamente eso está eclipsando gran parte del éxito de las mujeres en los Juegos Olímpicos”. Ellas, por lo tanto, no asistieron al Capitolio.
La escena, explicó una nota de The Guardian, expuso una contradicción que atraviesa el debate actual en Estados Unidos. Trump había asegurado semanas antes que buscaba “proteger las oportunidades para que las mujeres y las niñas compitan en deportes seguros y justos”. Pero la polémica volvió a mostrar que el discurso político sobre el deporte femenino muchas veces funciona más como símbolo cultural que como política concreta.
“Los comentarios de Trump son un claro ejemplo de cómo la derecha ha desarrollado con éxito un discurso sobre los derechos de las mujeres, hueco pero resonante”, sentencia The Guardian. El deporte femenino crece. Pero ese crecimiento, pareciera por momentos, que también incomoda.
En rugby, una mujer tardó más de un siglo en dirigir como árbitra principal el torneo internacional más antiguo del mundo. La escocesa Hollie Davidson salió a la cancha en Dublín para arbitrar un partido del Seis Naciones entre Irlanda e Italia.

En la rama femenina, las Yaguaretés -selección femenina de rugby seven- se consagraron recientemente campeonas en Nairobi y lograron el primer oro de su historia en el Circuito Mundial -en la categoría SVNS 2, la segunda detrás de la principal-. Fue un logro deportivo, pero sobre todo una señal de crecimiento para una disciplina que durante años se sostuvo con recursos mínimos y escasa visibilidad.
“El resultado en Nairobi nos pone en el mapa. Hace que la Unión Argentina de Rugby quiera trabajar de forma mucho más ardua con el femenino”, confesó la capitana Paula Pedrozo. Y soñó: «Nosotras apuntamos a ser profesionales. Quizás yo no lo voy a disfrutar tanto por mi edad, pero me encanta marcarle el camino a las generaciones futuras. Ojalá puedan vivir 100% de esto».
Este campeonato sirve como ejemplo de la construcción de un espacio que antes prácticamente no existía. Porque el deporte femenino, muchas veces, no sólo compite. También construye.
El 28 de febrero, en la entrega de los Premios Goya, una de las mejores jugadoras del mundo y doble Balón de Oro, Alexia Putellas, tomó la palabra cuando quisieron comparar el fútbol masculino y femenino. La comparación, explicó, es engañosa.
El fútbol femenino, dijo, no está “atrasado” respecto del masculino por falta de talento o interés. Arrastra un retraso estructural y social de décadas. “El primer Mundial masculino sucede cuando el sufragio femenino en España aún no estaba aprobado”, detalló. “Nuestros compañeros estaban jugando y representando a su país en un Mundial y nosotras ni siquiera teníamos derecho a votar”.
El crecimiento actual no es una moda, es una corrección histórica. El deporte, entonces, nunca es sólo deporte. También se juega en el terreno de las palabras, las acciones y los derechos. Sobre todo de las mujeres.