Nota publicada el 29 de octubre de 2020 

Diego Maradona se retira por la puerta de atrás de Napoli después de dar positivo de cocaína y ser sancionado con 15 meses de suspensión. Sin fanáticos pidiéndole autógrafos y fotos. En la sombra, sólo con Claudia y las hijas. Regresa a la Argentina. El 26 de abril de 1991 llegan primero las cámaras de la TV y después la policía al departamento de Caballito: lo detienen por tenencia de drogas. El Gráfico reconstruye la noticia con testimonios falsos. Amarillismo. Lapidación pública. Maradona necesita tranquilidad. Reencontrarse con sí mismo. Y se va a Balneario Marisol, a 576 kilómetros de Buenos Aires, un paraje de mar, arena y vegetación. Había ido por primera vez en 1983 a pescar y cazar patos en un campo, y había vuelto en noviembre de 1991 a desintoxicarse después del doping por recomendación del doctor Omar Tringler. Pero durante el verano de 1992 emerge un Diego de pueblos y solidaridades. Familiar y mágico, según los testimonios de los que convivieron con él. Después de la gloria en Napoli y el Mundial de México 86, Maradona tiene que volver a sentar cabeza, a los orígenes. Es una versión poco conocida. Menos difundida.

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El 23 de febrero de 1992, Diego jugó con el equipo de amigos de Marisol -futbolistas porteños, de Quequén y Oriente- ante los empleados de la radio AM de Coronel Dorrego en la cancha de Quequén, en Oriente, a 22 kilómetros de Marisol. Ganaron 4-0. Fue un partido a beneficio de la Unidad Sanitaria de Oriente. Martín Bahía (“Gordillo”, para Maradona) fue su compañero de partidos y de vacaciones. “Estaba tranquilo, siempre fue muy humilde y nosotros lo veíamos como uno más del montón, normal -recuerda Bahía-. En ese partido, a los quince minutos, hubo un tiro libre cerca del área para que le pegara un zurdo. ‘Pegale vos, Gordillo’, me dice. ‘¿Cómo le voy a pegar yo?’. ‘Pegale vos, dale’. Al final le pegó él, claro. Pero no quería perder ni a la bolita”. Eran los primeros partidos post suspensión, no exhibiciones. Diego llegó a Balneario Marisol con toda la familia. Con los padres y los suegros. Los días comenzaban temprano. Dalma y Gianinna jugaban en la playa, desde el amanecer hasta el anochecer. Diego andaba en moto de agua en la desembocadura del río Quequén Salado. Corría. Caminaba. Tejo, truco. A la noche, a veces cocinaba. Estofado de liebre. Asados. Los días nublados se iba al centro de Oriente.

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Maradona había llegado a Marisol el 1 de febrero para pasar el mes. Fue a hacer las compras al Mercadito Fer. Desde enfrente, desde la ventana de su casa, Alejandro Pugliese lo vio. Tenía nueve años. No lo podía creer. Salió corriendo. El domingo, el cantautor Carlos Pugliese, su padre, daría un show en Balneario Marisol. Artista local, Pugliese era amigo de Pappo y Nito Mestre. Maradona escuchó los ensayos de Pugliese por la mañana, mientras jugaba al pádel. “Claudia, nos quedamos”, le dijo. Canceló la visita a Sergio Denis, que se presentaba en Necochea. Esa noche, Maradona se hizo amigo de Carlitos Pugliese, a quien le regaló equipos de música. Y de Alejandro, el nene que había conocido en el Mercadito Fer. “Era feliz en Oriente, te abría el corazón -dice hoy Alejandro Pugliese-. Venía a casa a tomar mate, abría la heladera y le comía los ravioles crudos a mi abuela Adela y le decía: ‘¿Qué pasa, viejita?’. Hay gente que no sabe cómo es Diego como persona. O hablan por envidia. Diego se equivoca, es humano como todos, pero es un tipazo, sencillo y abierto. Acá en Oriente dejó el alma. Nos quiso muchísimo. ‘Sacate el televisor de la cabeza, Carlitos’, le decía a mi viejo. ‘Somos amigos’. Acá era una persona más, no era el ídolo, el número uno del mundo. Te escuchaba, valoraba y respetaba. Fue un verano de película. Diego volvía a su niñez, vivía parecido, se sentía libre. Fue su paraíso”.

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En De la Garma, un pueblo de Gonzales Chaves de 1600 habitantes a 140 kilómetros de Marisol, se enteraron de la presencia de Maradona. En una gomería, un grupo de jugadores del Club Atlético Agrario pensaban cómo cumplir las exigencias de la Liga Tresarroyense: el vestuario visitante y el alambrado olímpico. Sin las refacciones, se quedaba afuera del torneo de ascenso. No tenían dinero. Le tiraron la idea a Vicente Di Luca, el presidente de Agrario: ir a pedirle a Maradona que jugase un partido para recaudar fondos. Viajaron hasta Marisol. Se enteraron que Diego estaba en la desembocadura del río. En el grupo deliberaron quién lo encaraba. Hugo López, el arquero de Agrario, caminó por la arena. “¿Qué pasa, fiera?”, le dijo Maradona. Lo escuchó. Aceptó. El 25 de febrero de 1992, Diego jugó con Amigos de Marisol ante Agrario. Al arquero López, que había pintado las líneas de cal de la cancha, le dijo antes del partido: “Les vengo a ganar, eh”. Triunfo áspero 1-0, con gol de tiro libre de Maradona. Desde ese día, la cancha de Agrario se llama “Diego Maradona”. En el pueblo de De la Garma aún inflan el pecho: el estadio del club Agrario es el primero en el mundo en llevar su nombre.

El 27 de febrero, en Tres Arroyos, el equipo de Maradona jugó su último partido en el verano del 92, ante Mercado Los Tigres, un equipo de Cascallares que había sido campeón del Torneo Comercial Nocturno. Quedó gente afuera en la cancha de El Nacional. Fue a beneficio de “Caminemos Juntos”, un centro de ayuda a discapacitados. Ganaron 2-0. El primer gol lo hizo Maradona: festejó en un córner, como si estuviera en el Azteca ante Inglaterra. Diego lo tomó como su primer gol como futbolista “prohibido”, como lo llamó en su autobiografía, Yo soy el Diego de la gente (2000). Fueron más de 7 mil personas. Con la recaudación, cerca de 43 mil pesos, “Caminemos Juntos” compró la sede actual en Tres Arroyos. En Oriente, Diego había conocido en un negocio a Pedro Brendell. Pedrito había sido asistente del equipo del club Quequén. Tenía síndrome de Down. Lo invitó al partido. Le dijo que tenía que pedirle permiso a su madre. Maradona tocó la puerta de la casa. Aquel día Diego llegó con él a Tres Arroyos, a 80 kilómetros de Marisol. Pedrito murió a los 61 años en 2019. Hasta sus últimos días acudía a “Caminemos Juntos”. Jorge Sentis, fundador del centro de ayuda a discapacitados, fue el organizador del partido a beneficio. Era conocido de la familia que le había alquilado la casa a Maradona en Marisol. “Habíamos hecho rifas de pan dulces para Navidad y Año Nuevo del 91, pero nosotros -dice Sentis- empezamos a funcionar gracias a él. Se portó excepcional. La gente suele promocionar los quilombos que tuvo, que no fueron pocos, pero no somos quiénes para juzgarlo. Hay que tener en cuenta sus inicios y las presiones. Hay que sobrellevar ser Maradona”. Hoy, el aula-salón de “Caminemos Juntos” se llama “Diego Maradona”.

A la noche, tras el partido en Tres Arroyos, Maradona fue agasajado en el restaurante “El Rancho de Chichi”. Lloró. “Acá hay gente que trabaja para los discapacitados, que muchos creemos que son inferiores a nosotros y no es verdad”. Cantó el tango “Cucusita”, de Alberto Castillo, el que le solía entonar a Gianinna antes de dormir. Raúl Papalardo, documentalista de Bahía Blanca, se encuentra en plena edición de Yo jugué con Dios, un trabajo que recorrerá las visitas de Maradona al sur bonaerense. “Fui por primera vez de vacaciones a Marisol en 2018. Lo que me llamó la atención es que nadie me habló mal de Maradona. Me hablaban como que era un vecino de toda la vida. Era habitual que vaya a la casa de las personas a tomar mate, a comer cualquier cosa. Que sus hijas jugaran afuera todo el día. Estaba suspendido y compraba camisetas, jugaba partidos a beneficio. Nunca dijo que no. Siempre la solidaridad. Lo bastardean tanto a Maradona, que me da bronca. Cualquiera habla de él con odio. El documental es un modo de defenderlo. Es un ser humano con mil errores, como todos. Y nos dio alegría a los futboleros. En las imágenes de los partidos se ve que jugó a morir. Se enoja, le pegan, pega. En Marisol estuvo el Diego de Fiorito, el verdadero, el de la esencia, el no televisivo”.

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Raúl Reyes, actual intendente del partido de Coronel Dorrego, donde se encuentra Marisol, reconoció el año pasado en el diario La Nueva Provincia que en el balneario se habla de “antes y después de Maradona”. Que influyó positivamente en el futuro de Marisol como destino turístico. “Necesitaba ese respiro. El placer de un pescado, una buena afeitada como corresponde, al sol como en Villa Fiorito -rememora Maradona en Yo soy el Diego de la gente-. La convivencia con gente humilde, de trabajo. Mi casita tenía dos ambientes y un garaje con parrilla, no era un palacio de Saint-Tropez. Esa era mi vida, esa era la forma de seguir bien cerquita del fútbol. Ayudando a los demás, que también era una forma de ayudarme a mí mismo”.

Maradona tenía apenas 31 años. A la vuelta de las vacaciones en Marisol, jugó en la cancha de Vélez un partido a beneficio de la familia del Búfalo Juan Gilberto Funes, quien había fallecido a los 28 años a causa de una enfermedad. En esa oportunidad, la FIFA quiso prohibirlo por intermedio de Julio Grondona. “La presencia de Maradona sobre el terreno de juego junto con otros jugadores inscriptos en la AFA -decía el fax- podría acarrear a estos últimos sanciones por parte de la FIFA, en aplicación de los estatutos y reglamentos”. Al final, jugó. Y a mitad de año se cumplió la sanción. El 28 de septiembre de 1992 debutó en un amistoso en el Sevilla de España. Sobrevendría Newell’s, el Mundial de Estados Unidos 94, el “me cortaron las piernas”. Mucho más del derrotero de ser Maradona. En Balneario Marisol, Oriente, De la Garma y Tres Arroyos, sus oasis, nada volvería a ser igual. Había pasado Diego Maradona.