Luego de postear en su red Truth que lamentaba no poder asistir al casamiento de su hijo Donald Jr en Bahamas porque “circunstancias relacionadas con el gobierno y mi amor por los Estados Unidos de América me lo impiden”, el inquilino de la Casa Blanca subió un mapa de Medio Oriente donde Irán aparece pintado con los colores de la bandera de las barras y las estrellas. Pero Donald J. Trump no se detuvo en minucias y al rato subió una foto de él asomando con mirada canchera sobre una postal de la ciudad de Nuuk con el mensaje «Hola, Groenlandia”. Podría decirse que tuvo otro día de descontrol digital, a una semana de su regreso de su diluida visita a Beijing y a tres de la de Vladimir Putin al trono de Xi Jinping. Sin embargo todo debería leerse en un contexto de reparto de figuritas geopolíticas. Hace unos días había publicado un mapa de Venezuela como el Estado 51, este fin de semana recrudece las amenazas contra Cuba, mientras en España se despliegan operaciones mediáticas y judiciales contra José Luis Rodríguez Zapatero y Pedro Sánchez y en Bolivia la revuelta popular por ahora frena el objetivo de detener a Evo Morales. La característica común de estas acometidas es que se trata de avanzadas contra proyectos políticos que se enfrentan a la voluntad imperial cada vez más brutalmente expresada por el magnate inmobiliario, pero sobre todo, representan un modo de avisar que la Doctrina Donroe es su línea roja, y que allí se incluye al país ibérico por su influencia en América Latina y a la isla del Ártico.

La escalada contra Cuba, un “grano en el patio trasero” para EE UU desde el 1 de enero de 1959, tiene en esta ocasión hasta ribetes si se quiere tragicómicos. Como que imputaron a Raúl Castro, de 94 años, hermano del líder de la Revolución, Fidel Castro, protagonista como él de esa epopeya y presidente entre 2008 y 2018, de conspiración para asesinar a ciudadanos estadounidenses por el derribo de un avión en 1996. Es que pasaron 30 años y un acercamiento del gobierno cubano en 2014 con el entonces presidente Barack Obama, quien visitó la isla para reanudar relaciones y reabrir la embajada en 2016, para que ahora desempolvaran una acusación contra el que era jefe de las FFAA cubanas que, si el caso se investiga a fondo, debería reconocer la responsabilidad de EE UU en el hecho. 

Cuba y el PSOE, dos enemigos del imperio de Trump

Los cargos surgen de la acusación del fiscal Todd Blanche en el que se incluye a cinco expilotos de la Fuerza Aérea por el derribo de dos avionetas Cessna de un grupo anticastrista, Hermanos al Rescate, que sobrevolaban aguas caribeñas en “custodia”, según la versión edulcorada, de balseros que buscaban emigrar a Miami. Pero La Habana venía denunciando desde meses antes los sobrevuelos de naves como esa, que lanzaban propaganda contra el gobierno. Incluso hay documentación de que la Administración Federal de Aviación (FAA en inglés), el Departamento de Estado y la Organización de Aviación Civil Internacional (OACI), los organismos encargados del control aéreo de EE UU temían que en algún momento pudiera haber alguna réplica que se les fuera de las manos. Era la gestión de Bill Clinton. De hecho, en 30 años no avanzó ningún planteo, Raúl Castro habló en la sede neoyorquina de la ONU dos veces y hasta alguien podría sostener que la causa prescribió.

Días antes de esta embestida judicial, el secretario de Estado, el cubanodescendiente Marco Rubio, había difundido un mensaje en castellano con fuerte acento caribeño en el que sostiene que los males que sufren los habitantes de la isla “no son por el bloqueo petrolero” sino al saqueo es las autoridades y desliza que una empresa de las FFAA fundada por Raúl Castro controla el país para beneficio propio. Mientras tanto, en Pentágono concentra buques y hasta traslada al Caribe el portaaviones Nimitz, DJT se queda en la Casa Blanca y hace acuartelar tropas como preparando el terreno para una operación similar al secuestro de Nicolás Maduro. La acusación judicial y el discurso de Rubio quedan como antecedente, al igual que las acusaciones previas, que justificarían -¿ante quién?- una decisión que solo tiene un objetivo de reparación psicológica tras el fracaso del ataque contra Irán.

Cuba y el PSOE, dos enemigos del imperio de Trump
El presidente español Rodríguez Zapatero.

Al tiempo que en Bolivia el panorama pinta complicado para el gobierno de Rodrigo Paz, una acusación contra el expresidente del gobierno español por supuesto tráfico de influencias y blanqueo de capitales en torno a la ayuda para la aerolínea Plus Ultra durante la pandemia, se inscribe en esta estrategia de cercar el terreno propio, como parte del juego en el tablero internacional que Trump llevó a Beijing. Rodríguez Zapatero fue entre 2014 y 2018 interlocutor entre el gobierno chavista y la oposición para un acuerdo que evitara un baño de sangre. El lider socialista que comandara La Moncloa entre 2007 y 2011 representa una forma de cooperación de España con América Latina que incomoda a Washington, cualquiera que sea quien duerma en la Casa Blanca.

JLRZ es apenas un peón contra Sánchez. Este sábado, las calles de Madrid se llenaron de manifestantes de las derechas ultras pidiendo la renuncia del premier. A una semana de una caída en Andalucía, el PSOE viene de capa caída pero es casi de manual que el acoso a Sánchez tiene que ver con la negativa a que EE UU use sus bases en España para atacar Irán y su postura contra el genocidio en Gaza. 

Un mapita y una frustración

El mapita de Irán que posteó Donald Trump muestra sin dudas que la espina de su aventura le quedó clavada al “cowboy” de la Casa Blanca. Más aún si se tiene en cuenta que tanto la guerra del 28-F como la de los 12 días de 2025 fueron iniciadas por Israel y Trump solo hizo seguidismo, como lo acusan militantes de MAGA. Pero por ahora no hay plafond para volver a esas lides. Xi le dejó en claro que tiene intereses en esa región y eso se notó cuando el lunes dijo que pararía un ataque anunciado con bombos y platillos porque los países del golfo le pidieron esperar por negociaciones ya encaminadas con Teherán.

Este sábado, el gobierno iraní reiteró que ni el estatus del estrecho de Ormuz ni su programa nuclear están en la mesa de negociaciones con Estados Unidos, según afirmó el portavoz estadounidense Axios que se reunirá con sus enviados, Steve Witkoff y Jared Kushner para tratar la última propuesta de Teherán y ahí decidirá si se firma “un buen acuerdo” o va a «mandarlos (a los iraníes) al cielo de un bombazo».

Benjamin Netanyahu tampoco las tiene todas a favor. El lunes, uno de los sostenes de su gobierno, el ultraderechista ministro de Seguridad, Itamar Ben Gvir, del partido Otsmá Yehudit (Poder Judío) subió a las redes un paseo provocativo en el salón del puerto de Ashod donde estaban esposados -y maltratados- activistas de la Flotilla detenidos poco antes. El escándalo elevó el rechazo de gobiernos de todo el mundo y hasta el propio Netanyahu tuvo que salir a cuestionar a su adlátere. Esto generó una nueva crisis de crediblidad a Israel y hacia adentro, donde la oposición pide elecciones para sacarlo del poder.