A casi un siglo de la Exposición Internacional de París, las nuevas estructuras de dominación abandonaron la piedra y el acero para reconvertirse en sofisticadas plataformas de inteligencia artificial que, bajo el amparo de agencias como la CIA, controlan la disidencia desde una pantalla de celular.

Los organizadores colocaron los pabellones de la Alemania nazi y de la Unión Soviética frente a frente, justo en el área del Trocadero. Los separaba apenas el ancho de una avenida con la Torre Eiffel de fondo; una distancia tan corta que las sombras de ambas estructuras se cruzaban por las tardes como dos matones que se detestan, pero se ven obligados a compartir el mismo rincón del bar.
Albert Speer, el arquitecto que mejor adivinaba los apetitos monumentales de Adolf Hitler, concibió un bloque severo. Era una masa de piedra arenisca de 54 metros de altura, pesada y fúnebre, que terminaba en una torre coronada por un águila inmensa encaramada a la esvástica. Su obsesión era la permanencia: la piedra como el material definitivo de los mausoleos y de los imperios estáticos. Directamente enfrente, Borís Iofán opuso la verticalidad soviética, un despliegue audaz de 34 metros de altura coronado por la escultura de Vera Mujina. Un obrero y una campesina, modelados con un dinamismo casi violento, avanzaban hacia el cielo sosteniendo el martillo y la hoz bolchevique.
El contraste iba más allá de la mera heráldica ideológica; residía en la materia misma. Mientras Speer recurría a la rigidez fósil de la roca para petrificar el presente, Mujina empleaba acero inoxidable, una aleación ligera perfeccionada para los fuselajes de la aviación militar. Los visitantes paseaban entre ambos edificios buscando novedades técnicas, pero lo que encontraban era una declaración de intenciones.
DOS. Cuando la exposición clausuró sus puertas en noviembre de 1937, los colosos mudaron de piel y de destino. Desmontados con la misma minuciosidad con la que se desguaza a una fiera muerta de Liniers, regresaron a sus respectivos orígenes. El pabellón de Speer se disolvió en la posterior humillación de la Alemania derrotada; se dice que su piedra terminó reciclada para reconstruir las calles de un Berlín bombardeado y su águila monumental desapareció de los registros oficiales. El propio Speer sobrevivió a los juicios de Núremberg y pasó 20 años en la prisión de Spandau.
El Obrero y la Koljosiana de Mujina corrió una suerte más burocrática. La monumental estructura de 24 metros de escultura fue dividida en 65 piezas y apiñada en 28 vagones de carga rumbo a Moscú. Al llegar, la desidia de los funcionarios locales la confinó a un pedestal ridículamente bajo a las puertas de la Exposición de los Logros de la Economía Nacional (VDNH). Aquella fue una humillación física que la artista combatió el resto de sus días. Mujina falleció en 1953, el mismo año que Iósif Stalin, sin ver su obra restituida a la altura que correspondía. Recién en 2009, tras una costosa restauración que tardó seis años, los titanes recuperaron su esplendor original sobre un nuevo pedestal de 34 metros, vigilando el cielo de Moscú.
TRES. Los autoritarismos contemporáneos ya no necesitan erigir pabellones frente al Sena para intimidar. Los nuevos monumentos son incorpóreos; se ocultan en las líneas de código de organizaciones privadas y agencias estatales que operan en las sombras del debate público.
La reciente controversia en los tribunales alemanes sobre el uso policial de los sistemas de análisis de datos de la firma Palantir demuestra que la asimetría de la mirada sigue intacta. Si una herramienta de vigilancia masiva de tal calibre procediera de las oficinas de un país no alineado, la condena occidental sería unánime, fulminante y decorada con sanciones internacionales. Si su cuna fuera exclusivamente berlinesa, el peso de la memoria histórica y los fantasmas de la Stasi congelarían el proyecto.
Pero Palantir es una empresa financiada en sus inicios por el brazo de inversión de la CIA, y bajo ese manto protector la sospecha se disuelve en una pulcra conversación sobre seguridad, innovación y eficiencia de mercado.
Estas plataformas permiten a los servicios de seguridad conectar los puntos invisibles de la vida privada, anticipar conductas antes de que se ejecuten y reconstruir redes de disidencia para intentar vaciar la realidad de cualquier imprevisto. Sin embargo, hay un pecado de soberbia que los tecnócratas bienintencionados suelen pasar por alto.
Cuando un gobierno decide adoptar y legitimar una de estas plataformas de control bajo la promesa de la seguridad nacional, siempre le deja la llave de la máquina al que le caiga después. De esta forma, la disputa del siglo XXI ocurre en un territorio estrictamente intangible. La IA ha transformado el dato en el recurso definitivo de dominación. Algunas estatuas han caído, pero la ambición original permanece inalterada: ver antes, saber primero, anular el azar. El nuevo monumento ya no se contempla con asombro desde una avenida parisina. Se ejecuta silenciosamente en una pantalla, a la distancia exacta de un botón en el celular. «
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