Quizá no haya otro partido como el que Argentina le ganó a Inglaterra en los cuartos de final de México 86, un Mundial del que por estos días se cumplen 40 años. El 22 de junio de 1986, en el estadio Azteca, el mismo que este próximo jueves recibirá a una nueva Copa del Mundo, Diego Maradona dio paso a su otra vida, como dice Andrés Burgo, autor de El Partido, el libro que inspiró la película del mismo nombre y que conmueve desde su estreno hace quince días. Y quizá tampoco pueda haber otro libro así -ni, entonces, otra película así- con las capas justas de fútbol, política y guerra, con héroes y villanos adentro y fuera de la cancha. Con Maradona brillando en el centro de la escena. 

Burgo, editor de deportes de Tiempo Argentino, autor de nueve libros, escribió una de las crónicas deportivas -y no tan deportivas- más exquisitas de las que se hayan volcado a libro. Y el documental de Juan Cabral y Santiago Franco se presenta a la altura, con belleza y calidad narrativa, como si todo hubiese estado confabulado para lo extraordinario. Este partido es El Partido porque lo tuvo todo. A Diego, a ingleses adorables como Gary Lineker y John Barnes, a un gran narrador como Jorge Valdano, a una historia de camisetas inesperadas; una guerra de fondo, sus héroes y esto que también es una reivindicación, una mano de Dios y el gol más espectacular. Y además tuvo quién lo escriba y quien lo filme.

-Cuando escribiste el libro, ¿lo imaginabas película?

-No, de ninguna manera. A lo sumo podría recordar algún guiño en un párrafo perdido, el de “Si Hollywood filmara una película del partido y para el afiche publicitario necesitara a un jugador de cada equipo posando cual pistoleros del oeste que se retan a duelo, esos serían Maradona y Shilton”, pero no es más que una oración perdida, una botella en medio del mar. Lo que ocurrió después fue una cadena de hechos que no suele darse. Porque el libro tiene que publicarse y luego llegar a un director o productor que lo lea y diga: “Acá hay algo”. Y después, aún mucho más difícil, porque ya empiezan a jugar el dinero, los derechos y decenas de otras cuestiones, que esa intención se materialice. La idea fue de Juan Cabral, uno de los directores, que le propuso dirigir la película en conjunto a un colega y amigo de él, Santiago Franco, quienes a su vez unieron su talento a la capacidad de trabajo de un grupo liderado por Flora Fernández Marengo, la productora. Si no es fácil hacer películas en la Argentina actual, El Partido tiene además una calidad muy por encima de la media. La misión final era convencer a los futbolistas -a los argentinos y a los ingleses, los verdaderos protagonistas-, y lo consiguieron uniendo diferentes productoras, como la de Juan Pablo Sorín y Sol Alak, y finalmente cerraron con Disney. Que la película haya sido estrenada en el Festival de Cannes define su calidad. Va más allá de Argentina o Maradona: es un documental de primer nivel internacional.

-¿Qué sentiste cuando lo viste por primera vez?

-Yo no participé en la producción de la película así que, cuando la vi por primera vez, una semana antes del estreno en Cannes, estaba en cero, como cualquier espectador. Sí, claro, tenía un conocimiento de la historia, pero me despojé de la condición de “autor del libro en el que está basada la película”. Son dos productos u obras diferentes, así que fui a esa función privada más como futbolero y como maradoniano que como autor del libro. Y aunque uno cree que ya ha visto todo de este partido, igual me sorprendí y me conmoví. Como les pasa a casi todos los espectadores, lloré más de una vez, en especial en la reivindicación a los héroes de Malvinas y a Maradona. Cuando hacía el libro me solían preguntar “¿para qué un libro de Argentina-Inglaterra si ya sabemos todo?”. Imagino que a los directores les habrán preguntado lo mismo, y sin embargo, hay imágenes extraordinarias, inéditas. 

“El Argentina-Inglaterra del 86 fue el partido que convirtió a Maradona en San Maradona”
Oscar Ruggeri, Ricardo Giusti y Jorge Burruchaga.

-¿Qué encontraste en la película sobre el partido que el libro no había podido contar?

-Muchos aciertos, comenzando con la mención a John Byron, el inglés que inició la usurpación inglesa de las islas Malvinas. La relación entre los dos países arranca con esa “Mano de Byron”, tal como lo definen Cabral y Franco. Yo tampoco menciono la visita de Queen a Buenos Aires en 1981, un año antes de la guerra, con Diego subiéndose al escenario. Ni tampoco el poema de Jorge Luis Borges. Son tres decisiones que acentúan lo obvio: que no es una película de fútbol sino con fútbol, al igual que el libro. Que la editora haya sido Leila Guerriero fue una ayuda enorme: soy periodista deportivo y, sin su trabajo, me habría circunscrito a una historia únicamente deportiva.

-¿Y en qué parte de la película encontraste mejor reflejado el libro? 

-Más allá de los datos duros de la investigación -la camiseta conseguida a las apuradas, el caramelo de Giusti como cábala, la tarjeta amarilla de Fenwick que le impide frenar a Maradona en la jugada del segundo gol-, creo que el espíritu se refleja: es la crónica de un partido protagonizado por un solo jugador pero también es la crónica la de una tesis colectiva. Por su propia cuenta, en solitario y sin un tejido deportivo y social que lo rodeara -si hubiera sido tenista, si hubiera sido apátrida-, Maradona no habría construido su leyenda en ese partido contra Inglaterra. Los actores secundarios también edificaron la mitología de ese partido, la letra chica de la épica. Yo los llamo los monaguillos de la misa maradoniana: sus compañeros, quienes lo masajearon, quienes le confeccionaron la camiseta, el relato de Víctor Hugo Morales, una terna arbitral ignota, la lealtad de los futbolistas ingleses y el recuerdo de los soldados que habían combatido en la guerra de Malvinas. A todos ellos, Diego los hizo suyo. Y nos hizo suyo.  

-¿Qué aporta la imagen de archivo que no puede aportar la escritura?

-En Malvinas y en fútbol el aporte es central. Aunque ya lo hayamos visto antes, volver a ver a los soldados desnutridos y muertos de frío, en medio de las atrocidades de la guerra y de la dictadura, siempre impacta. En lo futbolístico, hay una que causa angustia: detrás del arco se ve cómo la pelota en el nucazo de Dios, el rechazo de Olarticochea para evitar el empate inglés, pega también en Lineker. Es increíble que no haya terminado en gol. Forma parte del gran trabajo de los archivistas.

“El Argentina-Inglaterra del 86 fue el partido que convirtió a Maradona en San Maradona”
Jorge Valdano.

-En el libro conviven fútbol, política, guerra y memoria. ¿Cuál de esos ejes creés que creció más en el documental?

-Es un documental que sirve para unir a distintas generaciones y le dedica, proporcionalmente, más tiempo a las Malvinas que el libro. Para quienes conocimos la gloria maradoniana en tiempo real y ya tenemos 50 años o más, la película es un documento ideal para decirles a nuestros hijos: “¿Ven? Por esto amamos a Maradona más allá del fútbol, y eso que en el fútbol fue el mejor”. Es una película que también cumple una función educativa: que las nuevas generaciones tomen aún más conciencia de nuestra reivindicación de la soberanía sobre las islas Malvinas. El fútbol es una gran herramienta para contar otras historias, y aquí hay una historia argentina.

-¿Te parece que las nuevas generaciones siguen viendo Argentina-Inglaterra 86 como algo más que un partido de fútbol?

-Es un buen punto. Es un partido que se jugó ¡hace 40 años! Es mucho tiempo. Más de la mitad de los argentinos no habían nacido. En retrospectiva, es como si en 1986, cuando yo tenía 11 años, mis viejos me hubiesen llevado a ver una película de un partido de 1946. Yo me había preguntado para qué me querrían mostrar algo tan viejo, prehistórico si se quiere, pero a la vez la potencia del Argentina-Inglaterra es tan omnipresente que cualquier viaje al pasado está justificado. Y casi es necesario: ése fue el partido, con todo su contexto político y bélico a cuestas, que convirtió a Maradona en San Maradona.

-Después de tantos años investigando este tema, ¿cambió tu mirada sobre la relación entre Malvinas y el partido?

-Es que son indivisibles. Sin Malvinas de por medio, o con Haití, China, España o incluso Brasil como rival en vez de Inglaterra, este partido no habría tenido su simbología. En el libro partí de una base: veía que, cada tanto, en Internet se reproducían videos caseros que procuraban una apología patriótica: la imagen de Maradona eludiendo ingleses en el verano mexicano fundida con soldados vestidos de verde oliva en el invierno austral. Algunos chicos portaban fusiles y otros se reían nerviosamente, pero todos eran anónimos. Pasaron 74 días en condiciones infrahumanas y vieron morir a compañeros a pocos metros. Cuando se refiere a Argentina-Inglaterra como una revancha con botines, quería hablar con los únicos que podían responder esa pregunta: los chicos que pelearon en la guerra, darles voz y nombre. Entonces entrevisté a los que denomino “futbolistas-soldados”, los chicos que jugaban al fútbol en el Ascenso o en la Tercera de clubes de Primera División y tuvieron que ir a combatir. El caso más conocido es el de Omar De Felippe pero hay varios. 

“El Argentina-Inglaterra del 86 fue el partido que convirtió a Maradona en San Maradona”
Gary Lineker.

-¿Qué aprendiste de los ingleses al escucharlos recordar aquel día cuarenta años después?

-Hasta que comencé el libro había pensado en los futbolistas ingleses como supongo que lo hacen millones de argentinos: como los villanos que merecían el castigo de una justicia divina. Como dijo Jorge Valdano: “La mano de Diego, de todos modos, fue una sola. Y en la guerra, Inglaterra nos había metido miles de goles con la mano”. O como escribió Mario Benedetti: “Por ahora es la única prueba fiable de la existencia de Dios”. Pero mientras avanzaba, comencé a preguntarme si el 22 de junio de 1986 hubo realmente un solo tipo de ganadores, o si también entraban en esa categoría los ingleses, grandes en la derrota, sin enloquecerse por el error arbitral en el primer gol y sin ocupar el rol de víctimas de conspiraciones. Salvo el arquero Peter Shilton y algún compañero más, la gran mayoría de los ingleses asumieron esa resignación de que el genio y el diablo vestían la camiseta rival. 

-¿Qué fue Maradona ese día?

Me gusta usar una frase del mexicano Octavio Paz, Nobel de Literatura, sobre otra compatriota famosa, la actriz María Félix: “Nació dos veces: sus padres la engendraron y ella, después, se inventó a sí misma”. También en México, aquel 22 de junio, Maradona comenzó su segunda vida: atravesó el portal de otro universo, como si fuera un protagonista de Marvel.

¿Qué te interesa más de esta historia, el partido en sí o también la forma en que la gente lo recuerda?

El libro también se hace esa pregunta: cómo muchas veces nos fabricamos un relato hasta creerlo, una pulseada entre lo que pasó y lo que recordamos. El neurólogo inglés Oliver Sacks publicó un ensayo sobre los mecanismos de la memoria y la capacidad que tenemos para generar recuerdos inexistentes que al final son tan sólidos y reales como los auténticos. En ese sentido, Argentina-Inglaterra es también un rompecabezas entre la realidad y la fábula, por ejemplo la supuesta presencia de Passarella en el banco de suplentes, pidiéndole a Bilardo que pusiera a un defensor, Clausen, para marcar a Barnes. Más de 10 testigos me dijeron eso. Pero cuando intenté constatar esos recuerdos con el hecho real volví a toparme con la misma distorsión que en otros trayectos: alguien dice que pasó tal cosa y el resto pasa a darla por válida, aunque no haya ocurrido. Y la verdad es que Passarella estaba internado en el hospital, no en el Azteca.

-¿Hay una idea de que este partido supera a la ficción?

Puedo hacer una analogía, desde la admiración, con un libro de Javier Cercas, Anatomía de un instante, que en cierta forma -o más de una forma- me resultó inspirador: yo había empezado a realizar un libro del Mundial de México hasta que en un momento decidí hacerle un recorte, circunscribirme sólo al partido con Inglaterra. Cercas explicó más de una vez que él había empezado a hacer una novela del tema central de lo que luego titularía Anatomía de un instante, un fallido Golpe de Estado en la España del presidente Adolfo Suárez, a la salida del franquismo, a inicios de los 80, y luego de un par de intentos de ficción se dio cuenta de que los hechos habían sido más potentes que cualquier novela, y entonces decidió escribir un libro de no ficción. Argentina-Inglaterra es más potente que cualquier invento: la consagración más grande de un deportista en un único partido, el gol más polémico de la historia de los Mundiales, el más hermoso, el mejor relato periodístico -el de Víctor Hugo-, Diego diciendo -o un periodista inspirándole- la frase “La Mano de Dios”, las camisetas compradas de apuro 48 horas antes del partido a cambio de un dólar, una de las cuales luego se convierte en la más cara del fútbol subastada en 10 millones de dólares, las peleas entre las barras bravas y los hooligans y el trasfondo de las Malvinas, una guerra ocurrida cuatro años antes. Si alguien presentaba este guión para una ficción de fútbol lo habrían rechazado por exagerado.