El gemelo malvado

Por: Ariel Pennisi / Giuseppe Micciarelli

Así como no es extraña la creación del ministerio de Capital Humano, tampoco lo es el anuncio del “Gemelo Digital Social”, ya que pertenecen al mismo paradigma.

No sorprende la existencia de un ministerio de Capital Humano en un gobierno que gusta explicitar, cada vez que puede, su fanatismo ideológico. Pero, más allá de los nombres y la fanfarronería del presidente y su séquito, hasta hace unos días se trataba de un ministerio macrocefálico, ineficiente y despiadado, con ribetes delictivos (ahí mora la orden judicial para la distribución de alimentos almacenados en instalaciones bajo la responsabilidad de la ministra Sandra Petovello). A diferencia de otros ministerios o secretarías capturados por representantes de corporaciones privadas (energía, trabajo, salud, etc.), la cabeza del ministerio de Capital Humano, Sandra Petovello, reúne dos condiciones, aparte de su amistad con Milei, que dan cuenta de un semblante propio del conservadurismo contemporáneo: referente de mindfulness y licenciada en Ciencias de la Familia por la universidad del Opus. Ahora bien, así como no es extraña la creación del ministerio de Capital Humano, tampoco lo es el anuncio del “Gemelo Digital Social”, ya que pertenecen al mismo paradigma.

El imaginario del capital humano desdibuja la relación entre capital y trabajo como conflicto irreductible, en favor del recorte individual, pero, en el fondo se trata de una suerte de individuo a su vez deconstruido, el agente económico supuestamente racional aparece como conjunto de capacidades, prestaciones pasibles de rentabilización, una invitación a las personas (trabajadoras o emprendedoras) a proceder como agregados de facultades, emociones, técnicas. A su vez, la pedagogía de competencias alimenta desde la más tierna infancia esa configuración modular de la subjetividad que las nuevas tecnologías digitales ayudarían a optimizar. Por eso este tipo de intervenciones movilizan la pregunta acerca de lo que somos.

¿Qué es y cómo funciona el gemelo digital? Los Digital Twins son sistemas que reproducen digitalmente entidades físicas o procesos reales, correlacionando datos y creando modelos que simulan escenarios presentes y futuros sobre esquemas what if, es decir, sobre lo que podría suceder si, por ejemplo, un evento meteorológico adverso se combinara con otro, analizando sus posibles efectos sobre un territorio. En comparación a otras modelizaciones digitales, los gemelos cuentan con mejor calidad de datos y las simulaciones producidas pueden modificarse en tiempo real y aplicarse en diversos campos. De hecho, si bien nació en el ámbito industrial como herramienta para el mantenimiento predictivo y la optimización de los ciclos de producción, o para la creación de prototipos virtuales en el campo de la tecnociencia, se están extendiendo a otros ámbitos: desde la gestión urbana y territorial, en la que los gemelos digitales permiten la planificación, el monitoreo y la simulación de las infraestructuras y el entorno urbano, hasta la sanidad, donde la promesa de la construcción de modelos  predictivos alcanza al cuerpo humano.

La mirada promotora de los gemelos digitales vertida a la gestión pública presenta ejemplos como la simulación del tránsito y el manejo del transporte público, desarrollando paneles de control administrativos que permitan a los funcionarios públicos visualizar y gestionar en tiempo real los flujos de datos procedentes de sensores y sistemas distribuidos o supervisando las infraestructuras públicas para prevenir averías o el desperdicio de recursos. Desde esta perspectiva, podemos comprender que el gemelo no actúa en un plano meramente virtual, porque más allá de los escenarios simulados, tiene sobre la realidad una función inmediatamente performativa: al cambiar su comprensión, cambia también su forma. ¿Pero, cuántas variables habría de incluirse, en función de las condiciones socioeconómicas, tecnológicas o institucionales, así como de los fenómenos naturales?

Por su parte, las perspectivas críticas más extendidas piensan, o bien, en términos de la necesidad de construir una soberanía digital frente a quienes detentan el control de infraestructuras estratégicas y dominan los flujos de información; o bien en términos de una “digicrazia” que va de la vigilancia a la predicción de conductas mediante la gestión de enormes volúmenes de datos (como la han denominado los estudiosos italianos Mauro Calise y Fortunato Musella). La llamada de alerta se cierne también sobre la naturalizada relación que mantenemos con las cámaras de vigilancia on line o con el control biométrico, incluso sobre nuevas formas de colonización a través de la captura de identidades digitales y el dominio sobre redes que conectan necesidades, deseos, proyectos.

Es importante, en principio, comprender que los gemelos digitales no predicen lo que va a suceder, sino que se delega en ellos parte de la toma de decisiones a la espera de resultados, a partir de lo que “probablemente” ocurriría si se adoptaran otras decisiones. De ese modo, el acto decisorio se transformaría en la elección de opciones brindadas por los futuros anticipados digitalmente. Se pretende que el gemelo resulte una herramienta para analizar una cadena de decisiones y consecuencias antes de que estas se produzcan. Pero para lograrlo, el sistema, siempre desde el punto de vista promotor, necesita datos fiables y validados. Sin datos de buena calidad, esas simulaciones corren el riesgo de crear cortocircuitos peligrosos.

Sandra Petovello, ministra de Desarrollo Social.

Para aplicarse a otros ámbitos, por ejemplo, para evaluar la posible eficacia de una política pública en el ámbito social, los datos en tiempo real necesitarían otros datos mucho más inciertos, ya que existe una diferencia cualitativa entre su uso industrial o comercial y su aplicación a organismos y conductas humanas. De hecho, los datos del INDEC no bastan, porque en el ámbito social hay al menos otros dos factores en juego: las decisiones de las personas basadas en sus deseos (nunca transparentes ni para las propias personas ni para el resto) y la profunda interconexión con numerosas circunstancias que se dan en registros diversos. Esto no significa que no sea posible desarrollar “gemelos” en estos ámbitos, sino que hacerlo de forma superficial causaría daños catastróficos. Una realidad simplificada no sirve para tomar las mejores decisiones, sino para justificar las decisiones que se toman seleccionando solo los datos que «demuestran» el criterio de optimización impuesto de antemano. Los modelos de datos pueden convertirse en una forma de legitimar una propuesta de política pública frente a otra, sin importar que se haya elaborado eludiendo la complejidad e incluyendo únicamente datos que demuestren su eficacia.

Es necesario un abordaje que, por fuera de las tendencias tecnófilas y tecnófobas, se pregunte por el cambio de época tanto desde un punto de vista epistemológico como antropológico (como destaca desde un lugar distinto al nuestro, la encíclica “Magnifica humanitas”, de León XIV), ya que experimentamos un giro de dimensiones aún desconocidas en el modo en que el mundo se autoproduce. Es necesario correrse de la lectura binaria según la cual habría una realidad natural o genuina y un modelo artificial, entre malicioso y falsificador. La distinción que consideramos más pertinente para una lectura a la altura de la complejidad de la época no es entre seres esenciales, sino entre modos de existencia. En ese sentido, identificamos la diferencia de naturaleza entre el modo de existencia orgánico -lo vivo que comprende a la cultura, la técnica, los ecosistemas- y el modo de existencia digital, signado por el cálculo, la optimización y el tecnosolucionismo. A su vez, no se trata de dos polos que descansan en su pureza, ya que ambos forman tendencias internas a un engranaje que los contiene y que en otra parte llamamos “casa digital”.

¿Por qué, entonces, es importante tener en cuenta esa diferencia de naturaleza entre lo orgánico y lo digital frente a quienes afirman que una computadora es como un cerebro, pero más veloz y espaciosa, o que un gemelo digital puede ser tomado como la copia sin resto de situaciones vitales complejas al punto de anticiparse a lo que éstas podrían devenir? Porque más allá de la potencia cierta de las altas tecnologías digitales, con todo lo que instauran como posibilidad, y más allá del control algorítmico, está en juego la singularidad de lo vivo (Benasayag, 2018). Si no se comprende este dilema, el aplastamiento de la singularidad puede venir por derecha o por izquierda, y la posibilidad de domesticar a la máquina y aprovechar sus herramientas en una hibridación virtuosa quedará lejos, detrás de la colonización artefactual de lo vivo, como también insinuó unos años atrás Habermas.

¿Cómo opera tal colonización? No se trata de una nueva invasión ni de una conquista más de un territorio por parte de una potencia con vocación imperial. Lo que ocurre cuando un modo de existencia impone su forma de funcionamiento a otros modos de existencia es un tipo de colonización parecido a la invasión por parte de una especie que se expande en un bioma desplazando, disminuyendo o eliminando a otros habitantes. Una de las principales diferencias (entre otras) que establece una frontera real es el contraste entre el régimen de autoafectación del modo de existencia orgánica y el régimen de la información de las máquinas digitales (Benasayag, Pennisi, 2023). Los seres vivos percibimos y conocemos por una especie de esculpido histórico y social, a través de estímulos, perturbaciones y herencia que se juegan a nivel del cuerpo. Eso significa que el pensamiento complejo, el sentido de justicia en un momento histórico, o determinados modos de habitar dependen de la existencia de cuerpos, afinidades electivas, conflictos irreductibles…

En cambio, el régimen de la información no conoce ni contradicción ni verdad.

La información como medida independiente de todo contenido, de todo sentido o de todo valor prescinde, en última instancia, de un soporte físico químico. Digamos que la metáfora software/hardware para referirse a la subjetividad y la corporalidad es, como mínimo, poco feliz. De hecho, los cuerpos no son soportes, sino agenciamientos que experimentan situaciones con una interioridad y discontinuidades. En la investigación de Miguel Benasayag, la singularidad de lo vivo no está dada por el nivel de información que puede manejar una consciencia o una inteligencia, sino por el principio orgánico de autoafectación, es decir, de relacionamiento entre las perturbaciones o estímulos y la estructura interna del organismo, trátese de animales o de situaciones o procesos colectivos que no son iguales a la suma de sus partes, sino que se organizan por un eje intensivo.  

Foto: Freepik

La máquina, en cambio, es afectada en un único sentido, de acumulación y funcionamiento, pero no puede autoafectarse, necesita decodificar. Tiene, claro, una capacidad potencialmente ilimitada de procesamiento de información y, de hecho, necesita de volúmenes ingentes de datos para ganar en eficacia. Pero carece de interioridad, se trata de partes agregadas in extenso, de manera contigua. Para que un “gemelo” u otros procesos de digitalización de la experiencia sean posibles, es necesario que la realidad fenoménica resulte inteligible como información, decodificable. Hay, entonces, dos posibilidades: o bien se homologa lo orgánico a lo digital (de ahí, la hipótesis de buena parte de la tecnociencia contemporánea y del transhumanismo, como la caricatura), o bien se atiende a esa diferencia de naturaleza y en cada situación concreta (de un país, de un grupo, de un proyecto productivo, de un artista, etc.) se busca una forma de hibridación virtuosa o, al menos, no subordinada.

La información nunca produce una sensación, sino que permanece, transparente, en su nivel, en todo caso hay mayor o menor sofisticación en la captura y correlación de datos, incluso emergentes no programados. Mientras que en las situaciones vitales (por ejemplo, en aquellas modelizadas por el gemelo) operan estímulos cuya opacidad no se revela nunca de manera definitiva, sino que permanece en el proceso de percepción y conocimiento como una dimensión constitutiva. Es como un lastre de lo real cuyo misterio no es oscurantista, sino materialmente asimilable (a nivel orgánico), justamente, por tratarse de una dimensión estructural de los procesos perceptivos y cognitivos. Estrictamente hablando, el modelo, por caso, el gemelo, aplasta al fenómeno, no lo replica, ni lo aumenta. El estatuto del gemelo es un interrogante importante a la hora de intervenir sobre una determinada realidad, pero parece que no abundan las preguntas ni la cautela metodológica.  

¿Cómo defender la singularidad de lo vivo? ¿Cómo afirmar la legitimidad de los procesos orgánicos en tanto no cierran sobre sí mimos ni son homologables a le medida informacional? En el plano social y político, avanza el tecnosolucionismo cuando las empresas, las instituciones, los referentes públicos y, por extensión, la opinión pública se adhiere epistemológicamente a la premisa de que las innovaciones tecnológicas producen formas de conocimiento y soluciones más fiables, objetivas y racionales que las generadas por otros ámbitos del saber y, sobre todo, por la dimensión de la experiencia. Pero, la tecnología ya no es solo una herramienta, sino que se convierte en un principio cognitivo y normativo: el criterio mediante el cual evaluar la validez de las políticas, la eficacia de las decisiones e incluso la veracidad de los problemas públicos. Hilary J. Allen describe esta dinámica como una forma de «captura cognitiva», en la que la política interioriza la visión del mundo de las grandes empresas tecnológicas, llegando a asociar la regulación con el riesgo de crear un perjuicio para la gente si ésta amenaza con limitar el acceso o el desarrollo de una determinada tecnología.

Con el surgimiento de los gemelos digitales, el tratamiento de los problemas, incluso lo que pueda ser considerado un “problema” dependerá cada vez más de su carácter optimizable. Las dinámicas sociales, productivas o de la salud que escapen a la posibilidad del nuevo “realismo mimético” serán sospechadas de “error” o resultarán pasibles de una lectura preventiva… Convengamos que, en algún punto, la voluntad de predicción es el reverso de las políticas preventivas. El imperativo digital bajo la forma de un nuevo oráculo (que termina de desplazar a una institucionalidad cuya legitimidad experimenta un franco declive) no admite interpretaciones, funciona como palabra última, una voz de orden que confunde realidad y legalidad, dejando escaso o nulo margen para la legitimidad de los hechos singulares, de las situaciones complejas, de los rituales o las rutinas nada óptimos que necesitamos los seres vivos para que asome algún sentido.

Aunque esto pueda parecer una exageración distópica, basta con preguntarnos qué margen libertad tendrán un político, un médico o una comunidad que lucha por el medio ambiente a la hora de contradecir lo previsto por el gemelo. ¿Deberemos volver sobre nuestros pasos apichonados como los jugadores de fútbol refutados en su festejo por la obediencia del árbitro al VAR? ¿A qué responsabilidades penales, administrativas y fiscales se expondría quien decide no obedecer a la máquina? Por no hablar del hecho de que la verificación a posteriori de las simulaciones digitales que no se han materializado no expondría a la IA a un riesgo comparable, porque esos “errores” se justificarían por limitaciones de cálculo, imperfecciones o, quién dice, falta de adecuación por parte de los fenómenos reales a las prerrogativas de la máquina.  Parafraseando a Theodor Mommsen, la auctoritas de un gemelo digital es más que un consejo y menos que una orden, una sugerencia que no se podrá ignorar (Micciarelli 2024).

Nuestra relación con la metrópolis, con el clima y los afectos, con la economía o con nuestra errancia vital, suelen estar mediadas por artimañas, negociaciones, mecanismos parciales, formas metaestables, incluso por la paciencia o una sugerente capacidad de no actuar, es decir, que en el mundo que para bien y para mal conocemos, no todo es optimizable y, de hecho, es deseable que no lo sea. Por eso el gemelo contiene algo de estructuralmente “malvado” y bien podría transgredirse su imperturbabilidad y reapropiar parte de sus potencialidades para beneficio de apuestas colectivas o proyectos regionales si se tiene en cuenta ese hiato. No se trata sólo de quién maneje la botonera, sino de un problema anterior: rechazar la delegación masiva de funciones y domesticar a la máquina para poder llegar a plantearse “quién” conduce tal o cual proceso que involucra a los gemelos digitales. ¿Pero lo harán las instituciones desprestigiadas, los Estados sofocados, los organismos internacionales que se muestran cada vez más impotentes? Creemos que sólo en situaciones concretas que involucran una multiplicidad de actores y factores y funcionan como un todo es posible poner a prueba esa posibilidad, ahí donde el mundo pasa por cada situación. Modelizar un paisaje o una ciudad, construir el modelo digital de una zona climática o de una política social supone asumir el entrevero del deseo, es decir, de lo que pueda construirse como deseable. Algo que no podría surgir como resultado de un modelo. Digamos que, de los dos gemelos, el torpe primigenio y el malvado hermano mayor hay uno que desea y otro que optimiza. El problema consiste en cuál de los gemelos gobierna la escena, desde dónde se piensa, diseña, interviene.

La digitalización supone una realidad compuesta de agregados, que rompe toda idea de unidad dinámica (los organismos y las situaciones son unidades), pero, si bien los algoritmos pueden captar algo del territorio o de las cosas, la realidad no es algorítmica, ni una sumatoria de unidades discretas. Para decirlo más categóricamente, los seres vivos y los ecosistemas dispuestos como situaciones históricas conforman, cada vez, un todo que está en cada parte o elemento que lo compone, mientras que para las máquinas y los modelos no hay “todo”, sino partes que se agregan o combinan en un continuo ilimitado. Para hacer justicia, los gemelos no son ni buenos ni malos… El riesgo real de los gemelos digitales consiste en conferirle una ontología a la información, al tiempo que se informatizan los procesos reales, esto es, se simplifican hasta su aplastamiento.

¿Será que la necesidad de predecir comportamientos y anticipar futuros resulta sintomática de un mundo que destruye más de lo que construye, donde afloran imágenes de colapso y temores fundados en relación a la continuidad de la especie? Por ejemplo, el elefante en la habitación que supone el voraz consumo energético de la IA es un aspecto cada vez más evidente que se pasa por alto cuando se piensa lo tecnológico por separado. (Henry 2024) Hace una semana, la diputada demócrata Alexandria Ocasio-Cortez presentó una denuncia ante la Agencia de Protección Ambiental (EPA): una muestra de agua contaminada procedente de una comunidad de Georgia cercana a un centro de datos de Meta, obligó a la EPA a admitir no solo la ausencia de monitorización y controles sobre la calidad de los acuíferos, sino también que las normas que favorecen la construcción de nuevos centros de datos reducen de hecho el margen para autorizaciones y controles. En Argentina, se baten posiciones críticas centradas en lo geopolítico, pero que desatienden la dimensión antropológica del problema, frente a una mitrada tecnófila y entreguista, como la del gobierno de Milei, que recibe con honores a Peter Thiel, involucrado hasta la médula en guerras y genocidios con sus IA militar, y cuyo servicio de gemelo digital está orientado a la función predictiva.

Cabe también preguntarse ¿cómo se podría implementar un gemelo digital partiendo de la defensa de la vida? Por ejemplo, se pueden elaborar Shared Socioeconomic Pathways (SSP), que se insertan dentro de los escenarios potenciales relacionados con capacidad de cuidado y daño del medioambiente en un patrón de formas de vida metropololitanas, o mensurar la factibilidad de políticas públicas que van de la redistribución de ingresos a la renta básica universal. Los escenarios hipotéticos pueden ayudar realmente a sugerir qué hacer, siempre y cuando se tengan en cuenta, por ejemplo, los múltiples datos que nos alertan sobre las diferentes crisis climáticas, de desigualdad, etc. y se involucre a los protagonistas, teniendo en cuenta narrativas cualitativas y variables cuantitativas, para proyectar escenarios alternativos. En la medida en que tales ejercicios puedan ser concebidos como insumos dentro de un proceso político con criterios más amplios (que no se reducen a la captura digital), existe alguna chance de no caer bajo el cedazo de la colonización digital. Al mismo tiempo, parece difícil entregarse a semejante tarea si no se cuenta con investigación e infraestructura propias, y es claro que Argentina tiene tradición y gran capacidad en ciencia y técnica.

Para las máquinas digitales los problemas tienen que ver con fallos, errores o ineficiencias y las soluciones están siempre signadas por la mayor optimización posible. Para la política, trátese de una comunidad anarquista, de un sindicato o del Estado, los problemas son parte del desarrollo de respuestas que deben ser exploradas, manteniendo la no conclusión como parte de una apuesta. La máquina, lo sabemos, no puede apostar porque conoce de antemano las cartas, ya que se trata de cartas marcadas, incluso transparentes; mientras todo lo que vive debe hacer su experiencia, unas veces repetitiva, otras, errante, en el borde del sentido. Es ese nivel de la existencia y su devenir lo que se pone realmente en juego cuando nos proponen mirar al gemelo digital a través del espejo.

Ariel Pennisi es doctor en Ciencias Sociales, docente e investigador (UNPAZ, UNA, IIGG-UBA), coordinador de Nuevas Tecnologías en el IEF CTA A, integrante del IPyPP. Autor de varios libros y numerosos ensayos. Últimamento publicó Sárita y política. Diario de la argentina de Milei, junto a Adrián Cangi, y La inteligencia artificial no piensa (el cerebro tampoco), junto a Miguel Benasayag.

Giuseppe Micciarelli es Politológo y Sociólogo del Derecho. Investiga sobre los bienes comunes y la metamorfosis de la democracia en relación al impacto digital. Se vincula con movimientos y asociaciones asesorando a partir de una metodología “hacking político-jurídica”.

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