A los 15 años, Enrique “Quique” Cesana dejó Seeber, localidad de 800 habitantes al noreste de Córdoba, para irse a la pensión de Newell’s en Rosario. Era un N° 2 rústico en Tiro Federal de Morteros, ciudad de nacimiento. Y un loco por el fútbol. “La formación nuestra era más salvaje. ¿A qué llamo salvaje? Los entrenadores no estaban tan conceptualizados. En los ‘80 y en los pueblos, era mucho más natural. Al principio decía: ‘Pucha, qué limitados, solamente nos hacían jugar a la pelota’. Hoy digo: ‘¡Gracias a Dios!’. Al chico que quería ser futbolista, le hacían jugar a la pelota. Ahora, en algunos lugares, eso se tergiversó”. De Quinta División para Cuarta, Newell’s lo dejó libre. Se fue a Unión de Santa Fe. Tocó Reserva y, en edad de primer contrato, Unión lo dejó libre.

Entonces regresó a Rosario y jugó en Renato Cesarini, en la Liga Rosarina. Lo cedieron a Alianza de Cutral Co, provincia de Neuquén. A los seis meses pegó la vuelta y empezó a estudiar Educación Física. Desde diciembre de 2025, tras la salida de Bernardo Romeo después de seis años en el cargo, Cesana es el coordinador de selecciones juveniles de Argentina. Se mantiene, junto a Pablo Aimar, Diego Placente, Luis Martin y Adrián Gallará, en la estructura de selecciones desde el minuto cero de la refundación en 2017. Preparador de futbolistas-entrenador, fundador del Grupo Ekipo y director del Centro de Estudios del Fútbol de la Universidad del Gran Rosario, Cesana (54 años) vive hoy en Correa, a 58 kilómetros de Rosario. Pero vive –y se desvive, y duerme– más en el predio de la AFA en Ezeiza. “Este lugar es místico, el paraíso”.

–¿Cómo se prepara a un futbolista?

–Al entrenamiento no lo desintegro en lo técnico, lo físico, lo táctico, lo psicológico, lo emocional. En un entrenamiento, lo físico es un componente más; no podés dividirlo o separarlo de los otros. Durante mucho tiempo trabajamos de forma tradicional: correr afuera de la cancha, fondo, intermitente. Las pasadas de 400 metros mejoran el consumo máximo de oxígeno, pero después no impacta en el juego porque no las tenés integradas. Corrés, pero si la pelota viene y no la sabés controlar, tenés que correr el doble para controlarla mejor. Y si no estás bien ubicado tácticamente, también corrés más de lo que tendrías. El preparador tradicional piensa desde ese lugar. “Tengo que hacerlo correr más, saltar más alto, hacerlo más fuerte”. Prepara para correr, no para jugar. La idea es que toda esa resistencia, fuerza y velocidad esté integrada al juego. Que cuando venga la pelota la pueda controlar y que esa resistencia lo ayude a controlarla muchas veces bien. Cuando arranqué, un técnico me decía: “¡Quiero un equipo intenso, que presione todo el partido!”. Como venía académicamente educado, decía: “Tengo que mejorar el consumo máximo de oxígeno, aumentar mitocondrias, vascularizar más para tener más resistencia porque hay que presionar todo el partido”. Hacía trabajos tradicionales para aumentar eso fisiológicamente, por fuera del juego. Aumentaba el consumo máximo de oxígeno de 55 mililitros a 60. Pero no impactaba en el juego y los jugadores se fundían igual porque corrían más de la cuenta, desordenados; no tenían control de balón porque cuando la recuperaban no sabían qué hacer y la perdían de nuevo. Después de mucho tiempo me di cuenta: si querés que el equipo presione los 90 minutos, podés presionar sabiendo en qué momento, cuándo, en forma organizada; y que cuando presione y la recupere sepa qué hacer y pueda gestionar la energía, administrar los esfuerzos con mi equipo, creando sinergia. Eso no quita que haya trabajos complementarios. “Eh, profe, ¿no hay que trabajar en el gimnasio?”. Sí, hay, pero no llevo las pesas al campo de juego.

Enrique “Quique” Cesana: “Decidir con sentido común en el fútbol de hoy es contracultural”

–¿Lo que no se parece al juego no se transfiere al juego?

–Que el jugador, consciente o inconscientemente, entienda que eso que está haciendo en el campo le va a servir para jugar el partido del domingo. Que tenga que ver con situaciones de juego. No es necesario que siempre sea consciente. Todos hablan de un jugador “inteligente”, que entienda, razone. Hay jugadores que necesitan entender y razonar. Otros no porque lo hacen inconsciente y natural por su experiencia, su talento. El jugador sudamericano, el argentino, tiene más que ver con su juego intuitivo, inconsciente, no tan conceptualizado. El europeo necesita conceptualizar más. Escuchás hablar de fútbol a un pibe español de 16, 17 años, y conceptualmente te liquida. Lo educan así. Es su idiosincrasia. En Argentina nosotros también tenemos a los que les gusta conceptualizar, entender y razonar. Pero a la mayoría, no.

–Relacionás el aprendizaje inconsciente con el potrero.

El fútbol de potrero no tiene que ver con jugar en canchas irregulares, malas, sino con las reglas con las que se jugaba: en forma libre y espontánea, en la esquina de tu casa, en un baldío. Nos reuníamos. Éramos seis. Dos arquitos y salía el 3 contra 3. Éramos diez: 5 contra 5. Somos 20: 10 contra 10. Variable de cantidad de jugadores. Autoorganización. Otra variable: se juntaban chicos de 8, 10, 12 años. Vivía en Seeber, un pueblo de 800 habitantes. Cuando jugábamos no había muchos chicos. Venía el de 8 años, el de 10, el de 12. Juntábamos diez y jugábamos. Te mezclabas. Variabilidad en la edad, variabilidad en los espacios que utilizabas. Jugábamos en un parque en Seeber. Un pasamanos era un arco y el otro un pino y algo que poníamos. Pero entremedio había una hamaca, un subibaja, la calesita. Había que gambetearlas, esquivarlas. Improvisación, repentización. Jugábamos hasta las nueve de la noche, en la oscuridad. ¿Cómo puede ser que un ser humano se adapte a todo eso? Después, cuando estudiaba, decía: “Propiocepción, no lesionarse”. Y, en mi locura, empecé a asociar: “Nunca me doblé el tobillo como futbolista. Claro, lo que pasa es que entrenábamos a oscuras, no veíamos lo que pisábamos, era un lugar irregular, y ahí estaba entrenando la propiocepción, que ahora se entrena de otra manera”. Ese era el fútbol improvisado; aprendías sin que nadie te dijera nada. Tenía que esquivar la hamaca y tocar al compañero; o tocar de primera porque venía el de 12 y tenía ocho y si chocaba me mataba. Instinto natural: no voy a chocar porque pierdo. Y cuando tenía 12, al de 8 lo gambeteaba y aprendía a gambetear. Esa placita se convirtió en la terminal de ómnibus de Seeber.

Para formar futbolistas más espontáneos, los juveniles de Palmeiras de Brasil se entrenan un día a la semana en una cancha de tierra; los de Ajax de Países Bajos, sobre el cemento callejero. ¿Qué pasó si se vuelve al pasado?

–Los europeos estudian mucho el fútbol; son muy conceptualizados. Entendieron que esa forma de practicar el fútbol les daba más la creatividad, la repentización, que es lo que se necesita cada vez. La parte táctica, lo que hagas mecanizado, lo que sea conductista, preestablecido, llega un momento que es muy limitado porque es muy predecible. Entrenar en juveniles de esa manera, o en infantiles aún más, limita a los chicos que juegan. Europa empezó a preguntarse: “¿Por qué los sudamericanos son tan creativos, tan habilidosos, tan pícaros con la pelota?”. Evidenciaron en esta forma, la de los brasileños en el juego de playas y calle, y la nuestra en Argentina. Y a partir de ahí fueron viendo chicos, buscando esa alternativa. No sé si impacta tanto en su sociedad, porque es de nuestra idiosincrasia. Los españoles tuvieron, principalmente en el Barcelona, la influencia de los holandeses.

–Johan Cruyff, como DT del Barcelona (1988-1996), hacía entrenamientos en el estacionamiento del Camp Nou para que los jugadores no se olvidaran del fútbol de la calle.

–Es “sacarlos”, la variabilidad también del piso, del suelo. Todo eso hace que el jugador pueda tomar decisiones en forma improvisada, no de modo preestablecido, que es toco allá y voy allá, toco allá y me muevo de ésta manera. Todo eso te alcanza hasta ahí. Después, si abusás, es contraproducente porque limita la potencia prospectiva del jugador. La potencia prospectiva del jugador es poder decidir una misma acción de varias formas. Si lo mecanizás, quitás potencia prospectiva; mecanizás y tenés una sola manera de resolver. Lo mecanizado te da eso. Ahora, si hacés algo fluido, un juego donde todo se mueve, donde tengo compañeros que se mueven, rivales, pelota, un arco que atacar, otro que defender, ya tengo muchas variables para entrenar en situaciones.

Enrique “Quique” Cesana: “Decidir con sentido común en el fútbol de hoy es contracultural”

En el episodio de tu podcast “Creatividad en el fútbol”, Pablo Aimar dice: “Nosotros tratamos de que no pierdan lo que ellos están viendo”. ¿Cómo se potencia la intuición?

–La intuición no es que te venga, que te cae de la cabeza. La intuición tiene que ver con todo el bagaje de experiencia que tuviste en el proceso formativo. Toda la experiencia en situaciones de juego, parecidas a la acción que tenés que decidir, si las vivenciaste por mucho tiempo; el cerebro tiene ese parámetro y, en forma intuitiva, puede generar una respuesta sin que sea consciente. Aparte, es mejor: gastás menos energía, demorás menos. Por eso el entrenamiento situacional. Que sean situaciones parecidas a las que pasan en el partido para ir acumulando esa cantidad de experiencia y que el día de mañana haya cosas que te salgan de forma espontánea. Eso por un lado. Y después está la intervención del entrenador. Siempre decimos: “Al que lleva la pelota no se le dice nada”. No le podés decir “tocá, mareá”. Ahí le quitás la autonomía de decidir, el poder de decisión al pibe. Mirá algún partido de juveniles o infantiles. “¡Tocá, mareá!”. Una vez jugábamos un amistoso con la 2002, y el Changuito Zeballos llevaba la pelota. Un entrenador nuestro le dice: “Tirala larga, desbordá para tirar el centro”. Y Zeballos enganchó para adentro y la clavó al ángulo. Y este entrenador dice: “Menos mal que no me hizo caso”. ¿Qué sabés lo que el jugador ve? Lo que piensa el entrenador que puede hacer no es lo mismo que lo que el que lleva la pelota puede hacer. Las posibilidades de acción que he pensado, mías, no son las mismas que las de un jugador que tiene otras habilidades, experiencias. La decisión la tiene que tomar siempre el jugador. Y no sólo en lo individual, sino después en lo colectivo: hay decisiones que tiene que tomar el equipo, es esa autoorganización. El fútbol de hoy es autoorganización, ayudarlos a que ellos aprendan a autoorganizarse, principalmente desde lo emocional. Dentro de un partido hay picos terribles. En el último Mundial Sub 17 fuimos el mejor equipo de la fase de grupos y perdimos en dieciseisavos contra México, que había sido el peor. El primer tiempo fue un baile, para meterle cinco, y no le metimos los cinco. Y el equipo rival se juega la vida diez minutos, te desconcentrás, y chau, afuera. En juveniles, lo emocional todavía tienen que madurarlo. A veces tiene que pasar lo que pasa. Ese golpe, ese aprendizaje, para nosotros mismos es impresionante. Va en contra del mandato social: en la derrota es cuando más se aprende; en la frustración, si se tiene la valentía emocional de levantarse. Las cosas más creativas que me han salido surgieron de la malaria. “Mirá lo que inventé…”. Lamentablemente, porque te forzás a salir adelante, te forzás y das más. En el futbolista es lo mismo. Pero tenés que darle esa valentía emocional. No hay que darle el miedo al error: si el chico tiene miedo de equivocarse, no intenta más, y si no intenta más, no aprende. Quiso salir jugando, la perdió, el técnico lo retó, no quiere salir más jugando: no aprende.

Enrique “Quique” Cesana: “Decidir con sentido común en el fútbol de hoy es contracultural”

–¿Qué te inquieta de la deshumanización en el fútbol?

–Un médico mayor me dijo: “Estoy preocupado: el preparador físico del club en el que trabajo está más pendiente en el entrenamiento de la tablet que le arroja los datos del GPS en tiempo real, de que toque el pico que quiere, y no mira el entrenamiento, si un jugador está angustiado, el semblante cuando llega, no ve si renguea porque está por lesionarse”. Esa es la deshumanización: estar más pendientes de los datos, que son infinitos, y no de cómo se vinculan, si se llevan bien, si están cómodos con los compañeros, si entrás al vestuario y hay un clima tenso. No estoy en contra de los datos, sino de la deshumanización. Démosle bola, pero no perdamos lo otro, la inteligencia biológica, la inteligencia del ser humano que lo hizo sobrevivir miles de años, y que es la percepción subjetiva. Pero tenés que entrenarla. Si la nueva generación de profes va a estar todo el día mirando datos y no ve lo que sucede en la parte emocional, en las relaciones, va a perder el ejercicio ese de percepción humana. Y ahí se va a descajetar todo, porque el fútbol es sentimientos, emociones, vínculos, relaciones; es conectarse con el otro. La conexión en un entrenamiento se da porque lo hacen muchas veces, porque están interactuando permanentemente.

–¿El fútbol del siglo XXI es más individual?

–Ahí, como argentinos, el fútbol nuestro va a perder mucho porque depende mucho del equipo. Lo comprobamos. No nos alcanzaba solo con Maradona, con Messi. Necesitás que el equipo esté conectado, en todo sentido. Tener a Messi, a Maradona, es un plus y es espectacular. Pero solos no ganan si no tienen un equipo. Y no solamente un equipo que juegue al fútbol: un equipo de seres humanos que se lleven bien durante los 40 días de concentración en un Mundial. Si no la pasan bien como la pasaron los de la mayor, no ganás. Somos fuertes en los vínculos humanos, en las relaciones personales. La idiosincrasia de Argentina: nos queremos, la sobremesa, el asado. Eso en otro país no hay. Hay que seguir manteniéndolo, potenciándolo. Y el juego en equipo. En el último Mundial Sub 17 jugamos contra los belgas. Los veía yo y me asustaba. La altura promedio era de 1,85 metros. Nosotros, el más alto era de 1,85. Si jugás en equipo, si los llevás a jugar en espacios cortos, que no lo hagan físico al partido, podés ganarlo; si no, te liquidan. Los africanos: patas largas, velocidad, resistencia. Si les jugás a correr, no les ganás. El juego en equipo, espacios cortos, la creatividad, la picardía de amago una y hago la otra: el fútbol nuestro depende de eso. Pablo (Aimar) siempre dice, algo en joda: “Busquemos todos 10, pongamos todos 10 que juegan bien a la pelota”. Si juntás a todos los que juegan bien es mucho más fácil.

–Maradona, de niño, dijo: “Mi sueño es jugar un Mundial y salir campeón de Octava”. Juan Pablo Meneses, autor de Niños futbolistas (2013), les preguntó qué esperaban del fútbol a chicos sudamericanos de la edad de entonces de Diego. “Comprarle un taxi a mi papá”, le respondieron. ¿Qué sucede en el contexto de Argentina?

–Es un momento y un mundo difícil para los jóvenes con este nivel que tienen la posibilidad de estar en la selección. No es fácil encontrar que el entorno del jugador lo contenga como tiene que ser. Familia, representantes, nosotros como entrenadores. Tratamos de ponerlos con los pies sobre la tierra permanentemente. Porque le dan ropa, un sueldo mucho más del que gana el papá en la fábrica, y eso empieza a confundir. Algunos salen de la perspectiva y pierden el foco de jugar, el amateurismo del fútbol, que es fundamental; no quitarle el amateurismo tan pronto, no hiperprofesionalizarlo a los 13 años porque pierden un montón. Es una lucha constante que tenemos en las juveniles. En algunos jugadores se logran cosas; en otros es difícil y ves que después se diluyen. El que no está con los pies sobre la tierra, por más que tenga talento, no hace la carrera que se pensó que iba a hacer.

Existe el riesgo de quemar etapas en la formación por la fuga de talentos prematuros.

–No se pueden sostener porque la mayoría de los clubes viven de las ventas. El sistema te lleva. Y el chico que no está maduro, que no tiene al menos 50 o 60 partidos en Primera, todavía no está consolidado. No importa la edad: tenés que tener 50 o 60 partidos en Primera, por el ritmo, por la forma de jugar, por la madurez. Pero se van mucho antes: hacen tres partidos más o menos bien, y si tuvieron un proceso juvenil más o menos importante, ya está. Se queman etapas y después se pagan en algún momento. Y tal vez tiene que retroceder para volver a arrancar, y emocionalmente ese jugador tiene que estar muy preparado para decir: “Che, no era lo que esperaba, no es tan fácil como pensaba, tengo que meterle un poco más”. Para que entienda, al jugador hay que prepararlo. Y a lo mejor se tiene que dar el golpe, pasar esa crisis. Son situaciones difíciles. Pero, mientras tenga la fortaleza tal vez de reinventarse, de reacomodarse, de resetearse, de dar un paso para atrás para seguir adelante, y no se hunda, está bien. Es una macana que un jugador con tanto talento se diluya. La otra situación es que el jugador tiene que jugar; a veces nos pasa con la Sub 17 o 20, que están en el plantel de Primera pero no juegan ni en Primera ni en Reserva ni en su categoría, porque están a la expectativa de poder jugar en Primera, pero no juegan. Hablamos con los coordinadores: “Háganlo jugar en su categoría”. Y con los chicos: “Ustedes exijan, digan que quieren jugar en su categoría, en Reserva, pero jueguen, porque el ritmo de juego no te lo da otra cosa que no sea jugar y competir”. Son jugadores de talento. Si están bien de la cabeza, con poco arrancan.

Enrique “Quique” Cesana: “Decidir con sentido común en el fútbol de hoy es contracultural”

–¿Qué es hoy contracultural en el fútbol?

–A veces, cuando uno se prepara, estudia y lee demasiado, pierde la perspectiva del sentido común, y ahí están las soluciones. Decidir con sentido común es contracultural en el fútbol de hoy. ¿Qué es? Darle más importancia a lo que percibo de un jugador, mirarlo a los ojos; a lo que percibo del grupo, del partido, y no tanto a los datos que me da una máquina. Darle más valor a las relaciones humanas y a los valores que al plan de juego o la planificación del entrenamiento; trabajar sobre la humildad, el respeto, el compromiso y la perseverancia tanto en un proceso formativo como de fútbol mayor. Lo que sostiene un proceso son los valores. Eso lo estamos perdiendo, se está deshumanizando. Es impresionante cuando les sacamos el celular cómo los chicos se conectan. Hacemos juegos tradicionales, “Dígalo con mímica”; se cagan de risa y se conectan. Cuando se ríen juntos, se conectan. Es empírico. Cuando hacemos actividades de integración que los vinculan, algo humano, sin tecnología, al otro día el entrenamiento sale mejor o jugamos un partido más conectados. ¿Lo puedo comprobar científicamente? No. Sentido común. A veces entrenamos para que se desconecten. Cuando hacés trabajo analítico, mecanizado, cuando pensás en lo táctico, lo estratégico, pero no en la conexión futbolística… Un jugador desborda, tira el centro y el delantero de adelante abre las piernas para que el compañero de atrás entre y haga el gol. ¿Cómo conectan que éste abra las piernas y éste la agarre y haga el gol? ¿La vio? ¿Cómo en milésimas de segundos pueden coordinar esa acción? Es conexión; por más que practiques, no sale. La conexión surge a partir de la interacción muchas veces, mucho tiempo, de cosas y situaciones de juego. Adentro de la cancha, pero también afuera. Lo que consiguió nuestra selección mayor tiene que ver con grandes jugadores y con que el cuerpo técnico leyó los vínculos humanos. Conectó, los integró, disfrutaban estar juntos afuera y adentro de la cancha. Es lo que te lleva a lograr a este nivel. Hoy no hay jugadores en el alto rendimiento que no controlen y pasen bien, que no hagan perfecto los movimientos. Antes de agarrar en la selección hice un viaje por Europa y visité muchos entrenamientos. Veía que los europeos hacían todo perfecto: controlar, tocar. Pero era todo tan perfecto, que nadie rompía el molde, que nadie era disruptivo, que nadie hacía lo inesperado. El fútbol va a lo muy predecible, y la única forma de romper es teniendo jugadores rebeldes, entrenarlos para que rompan y sean más creativos. Y es haciendo juegos o actividades abiertas y globales para que decidan romper la hegemonía de lo que se ve. En Europa el semáforo está en rojo y paran, stop, y después salen. Es su idiosincrasia. Acá no le dan bola al semáforo; está mal, hay que respetar las reglas de tránsito. Pero para el fútbol eso está bueno: no hacer lo predecible, no hacer lo que todos esperan. El sentido común es el menos común de los sentidos.