En Brasil, las categorías “chicas” de las juveniles del Palmeiras entrenan una vez por semana en un peladeiro, en una cancha de polvo con piedras acondicionada en la Academia de Futebol de Guarulhos en 2023. También visitan las de las favelas paulistas. El fútbol, notaron, se había robotizado, se había vuelto demasiado académico. En los terrãos, los chicos juegan más libres. Palmeiras es el club de Endrick, la joya de 17 años ya vendida al Real Madrid. Y el de Estevão Willian –“Messinho”– y Luis Guilherme, los que vendrán. En la entrada a una de las canchas de la Academia de Futebol hay un par de carteles: “Proibido treinadores. Somente formadores”, y “Espaço de liberdade, improviso e autonomia”.

Sin intervención de los entrenadores, los niños de las inferiores del Ajax reproducen el fútbol callejero, sobre cemento, en “jaulas” y canchitas con “paredes”. Una contra uno, tres contra tres. Libertad y contacto permanente con la pelota para rescatar las habilidades barriales. La idea fue replicada en el AXA Training Centre, centro deportivo del Liverpool, por Pepijn Lijnders, neerlandés, asistente de Jürgen Klopp, y tal vez su sucesor. “Podemos desarrollar 100 ejercicios, pero lo mejor es ‘crear’ la calle –sostuvo Lijnders–. No son sólo las piernas, los pulmones, sino el cerebro, el corazón. Me encanta volver a los viejos tiempos. El que gana se queda en la calle”. Johan Cruyff, durante sus años como DT del Barcelona (1988–1996), hacía entrenamientos en el estacionamiento del Camp Nou: para que los jugadores no se olvidaran del fútbol de la calle.

Foto: CAIO GUATELLI / AFP

En Argentina, a todo eso lo llamamos “potrero”. Si el fútbol de élite se preocupa por la recuperación desde la formación de la libertad creativa y de la espontaneidad, es a partir de la “producción” de jugadores en serie, homogéneos, cuasi robóticos, “esclavos” de un exhaustivo grado metodológico y de control sobre el juego. Lo aceptó Juanma Lillo, maestro de Pep Guardiola, su asistente en el Manchester City, en pleno Qatar 2022: “No nos damos cuenta del lío que hemos hecho. Hemos globalizado la metodología hasta el punto de que se ha colado en la Copa del Mundo: si hicieras que los jugadores de Camerún y Brasil se cambiaran la camiseta en el entretiempo, ni te darías cuenta”. Es, en resumidas cuentas, la sobreabundancia de lo idéntico por el exceso de positividad.

En el siglo XXI, se hegemonizó en los equipos el juego de “posición”, también denominado “posicional” o “posicionismo”, sobre todo tras los éxitos del Barcelona de Guardiola, uno de los mejores equipos de todos los tiempos. En términos básicos, el respeto de las posiciones y los espacios son sus elementos constituyentes. Guardiola llegó a marcar un círculo blanco en el césped durante las prácticas del City para que Raheem Sterling se quedase esperando la pelota, y así el resto del equipo pudiese desarrollar su tarea y ponerlo mano a mano. La mecánica repetitiva –controles orientados, triangulaciones hasta poner mano a mano al extremo “fijado”, porque “si tiene que gambetear a cuatro, no sirve”– opacó a Jack Grealish en el triunfo por penales del Real Madrid ante el City en los cuartos de final de la Champions. Como evolución, respuesta o alternativa posible, en los últimos años comenzó a visibilizarse lo que se llamó juego de “relación”, “aposicional”, “funcional” o “relacionismo”, ante el peligro de la universalización de un método, porque el fútbol es un hecho cultural. El relacionismo trata de conectar función con relación: que la organización de los futbolistas no se reduzca a la ocupación preestablecida de los espacios, sino a la idea de (des)ordenarse y (re)descubrirse en torno y cerca de donde esté la pelota.

Xabi Alonso –el técnico del Bayer Leverkusen campeón de la Bundesliga por primera vez en la historia, semifinalista en la Europa League y finalista de la DFB–Pokal, invicto en la temporada en 46 partidos– había apuntado en 2017 que el fútbol se había vuelto más “sofisticado” y “académico” y menos “irracional” y “visceral”. Contó entonces que, como futbolista, se peleaba con los extremos porque no se acercaban. “La aspiración (de Guardiola) es controlarlo todo”, dijo aquel año a Ecos. “Cuanto más pases, cuanto más juntes a los jugadores, luego vas a estar en una mejor posición –explicó Xabi Alonso–. Los equipos juegan mucho más juntos, hay mucha menos distancia, y el equipo que está más separado sufre”. Alonso tuvo como DT a Guardiola. Pero también a Carlo Ancelotti, Vicente del Bosque (campeones en el Mundial de Sudáfrica 2010), José Mourinho y Zinedine Zidane. Entre las cinco ligas top de Europa, el Leverkusen registra el promedio más corto en las distancias de pase (16,26 metros en 683 pases por partido). El segundo es el del Tottenham (16,95 en 566), que dirige el griego Ange Postecoglou. Y en Sudamérica, el Fluminense de Fernando Diniz (17,14 en 565). Imprevisibilidad y variabilidad a partir de las interacciones cercanas en una estructura–enjambre de azares. “Mi utopía –dijo Postecoglou– es volver al fútbol total de 1974, liberar a los jugadores de limitaciones ligadas a su posición. Cuanto más puedo hacerlo, más feliz soy”. ¿Relacionismo? (El término fue expandido por Jamie Hamilton, DT y, como “escritor centrado en teoría táctica/práctica de entrenamiento”, divulgador del “ataque funcional” patentado por el anónimo–seudónimo József Bozsik).

La selección argentina campeona del mundo en Qatar se juntó también para jugar un fútbol de relaciones, de funciones. Pausa, intuición, asociaciones, instinto. Y el rescate identitario: “la nuestra”. “Ancelotti –señaló Lionel Scaloni– es la referencia de lo que yo quiero ser como entrenador”. El fútbol funcional no impone ni pretende copias. “El centro es la pelota. Se mueven en función del balón”, había sintetizado Scaloni en 2023 en Coverciano, centro técnico de la Federación Italiana, cuando lo distinguieron con el premio de la Panchina d’Oro. “(Ancelotti) encuentra la manera de dejar que muchos de nosotros juguemos con libertad. Hay otros equipos que son un poco más estructurados en cuanto a los estilos de pase y los patrones de juego. Nuestro punto fuerte es que jugamos como si estuviéramos improvisando”, dijo Jude Bellingham minutos después de la clasificación a la semi de la Champions (el martes, la ida ante el Bayern Munich en Alemania). “¿Qué hay en el espectáculo de la brillante máquina del City chocando contra sus propios límites que parece tan delicioso? Se sintió como una colisión de algo más grande”, se interrogó Barney Ronay en The Guardian. “Kevin De Bruyne centró el balón al área madrileña 21 veces. ¿Por qué, si ninguno resultó? ¿Por qué seguir haciéndolo? Quizás lo que faltaba en última instancia era la creatividad más espontánea”.

El fútbol reducido a la Big Data y a la IA, tan afecto a los xG (goles esperados), no registra las jugadas que “no terminan en nada” pero que son geniales, emocionantes y bellas, y que incluso perduran en la memoria, como el mejor pase–no–gol de Juan Román Riquelme. Otros hablan del “prime” de un jugador, cuando cada jugador será lo que deba ser cuando deje de jugar y, aun así, su jerarquía histórica seguirá en debate. “Ningún jugador puede decirte que los ‘goles esperados’ te hacen soñar –lanzó el francés Rayan Cherki, del Lyon–. Ahora, el fútbol se trata de eficacia, potencia y marcar a toda costa”. ¿Qué pretenden los que anhelan “dominar” y “controlar” el juego? ¿Acaso cuando miramos un partido buscamos una “justicia” que ni siquiera es justa en la vida? Parte del gran atractivo del fútbol, deporte rey, es que es un juego “injusto” e inigualable con otro, en el que no gana necesariamente el que se impone en todas las estadísticas, como el Manchester City ante el Real Madrid. ¿Y si inventamos una “estadística” para darle valor estético a una jugada –o a un “gesto” técnico–, como con el que bajó la pelota Bellingham en el gol de Rodrygo? Real Madrid le hubiera ganado al City. Las escenificó en Manchester, mientras el City se repetía en una jugada “sistémica”, “saturativa”, de control de la pelota para “frenar” cualquier contraataque. ¿El fútbol, y no sólo a través del cuerpo de los jugadores, no expresa movimientos artísticos? ¿Hay un nivel de orden “efectista” que oprime?

El exceso del aumento de rendimiento provoca el infarto del alma –escribe el filósofo surcoreano Byung–Chul Han en La sociedad del cansancio (2010)–. El cansancio de la sociedad de rendimiento es un cansancio a solas, que aísla y divide”. Y, en otro tramo: “Los dioses se alegran cuando los hombres juegan. Los hombres juegan para los dioses”. No habla de fútbol. Habla del hombre tardomoderno en la sociedad capitalista. El hombre que, a la vez, es jugador de fútbol.

“Nos enamoramos de este juego por los futbolistas. El verdadero reto está en ser capaces de reconocer, entre las infinitas conexiones que se crean entre ellos, aquellas que hay que potenciar. Conseguir que a través de la organización del equipo se dé una situación en la que una determinada conexión pueda beneficiar al colectivo. Mi opinión sobre el tema es que, desde el principio, el fútbol siempre ha sido sobre los futbolistas”, le dijo Davide Ancelotti, hijo y asistente de Carlo, a Antonio Gagliardi, analista jefe de la Italia campeona de la Eurocopa 2020, quien se preguntó en L’Ultimo Uomo, como disparador, si el juego de “posición” está llegando a su fin. “Estamos llegando (¿o es más bien un retorno?) a un juego basado más en la movilidad continua alrededor del portador de la pelota, un juego más orientado a la explotación de las características de los jugadores –se respondió Gagliardi–. De vez en cuando, los distintos jugadores en la zona del balón se convierten en ‘vértice’, ‘lateral’, ‘de apoyo’ o ‘de descarga’, independientemente de su posición o función inicial. Así pues, es la ‘relación’ con el balón, con los compañeros de equipo, con los oponentes –la relación con el entorno–, la que determina e influye en los movimientos, las elecciones y el juego de cada jugador. Los jugadores vuelven a convertirse en el centro de todo, ya no enjaulados en una posición específica ni limitados por una o más funciones. Por lo tanto, los jugadores tendrán total libertad para expresarse dentro de los límites de los principios de juego comunes. Habrá menos entrenadores estrella pero más jugadores estrella. O –quizás incluso mejor– los entrenadores serán protagonistas de otra manera. La atención se desplaza del espacio al balón y a los jugadores. Ahora es el momento de las jam session en las que los grandes intérpretes pueden improvisar, si están conectados entre sí, en especial desde un punto de vista emocional. Pensemos en la conexión Messi–Dani Alves en el Barça, en los intercambios Totti–Cassano en la Roma: una empatía conmovedora que se convierte en arte”.

¿Quién se asumirá como el primer entrenador “relacionista” en el fútbol argentino actual? Diego Martínez trabajó en el Proyecto Barcelona en Buenos Aires, un intento trunco de replicar los métodos de La Masía en Argentina. Pero el entrenador de Boca, curtido en esencia en el ascenso argentino –y durante cuatro años como futbolista en Grecia–, dice, en otra línea: “Queremos que los jugadores entiendan el juego, que no repitan y hagan de memoria. Queremos no imponer nada. El fútbol es un deporte abierto, y no nos gusta transmitir de manera esquemática. No existe nada más importante que los jugadores”.

El monogatari, tradición milenaria en Japón, remite a una multitud de personas que se junta –se amucha, se acerca– y escucha historias narradas por ellos mismos, cada uno a la luz de su farol. Y que cuando cada narrador termina de contar su historia, apaga el farol. Y así. Es un libro definitivamente “libre”, “escrito” por la multitud. El monogatari culmina tras el último relato, en la penumbra total, cuando el cuento final lo narra un fantasma. Cada futbolista es una luz. Un fantasma recorre el fútbol: el fantasma del relacionismo.