La guerra contemporánea ya no se libra solamente en el terreno visible de los misiles, las bases y los mares. También se juega en el espacio más inestable de la percepción: allí donde se forman las imágenes del enemigo, se distribuyen los afectos, se jerarquizan los hechos y se define la legitimidad de las acciones. Desde el inicio de la guerra del 28 de febrero de 2026, Irán parece haber actuado bajo esa premisa. Su estrategia comunicacional no fue un apéndice de la confrontación, sino una de sus dimensiones operativas. Una forma de intervenir sobre cómo el conflicto debía ser leído y sentido.
La pregunta no es sólo qué hizo Irán en el plano militar, sino cómo buscó organizar el sentido de lo que estaba ocurriendo. En sus comunicaciones oficiales, en las intervenciones de sus voceros, en sus apariciones diplomáticas y en el ecosistema digital que lo rodea, Teherán construyó la escena – sustentada en la realidad- de un Estado agredido que responde. El objetivo fue doble. Hacia adentro, producir cohesión y resistencia. Hacia afuera, disputar legitimidad.
Pero la eficacia de esa narrativa no dependió sólo del contenido, sino también de la arquitectura de voces que la encarna. Irán no habla con una sola lengua. Distribuyó funciones. La cancillería estabilizó el plano jurídico y político. El canciller Abbas Araghchi tradujo esa línea al registro internacional y occidental. Ebrahim Zolfaghari personificó la dimensión coercitiva y disuasiva. Y, alrededor de ese núcleo, un ecosistema de cuentas afines, canales virales y piezas generadas con inteligencia artificial ocupó el terreno más inestable de la cultura de plataformas.

Lo singular es que esa amenaza no aparece envuelta únicamente en solemnidad. Zolfaghari introduce un registro más híbrido, donde la intimidación convive con la ironía y con una estética de distensión calculada. Allí radica una parte de su novedad. No se presenta sólo como funcionario de guerra, sino como rostro de una comunicación que ya entendió la lógica del clip y de la viralización. El video en el que aparece andando en skate mientras detrás suyo se lanza un misil condensó esa mutación con una claridad casi caricaturesca: la represalia convertida en performance, la guerra reescrita como imagen pop, el portavoz militar desplazado desde la liturgia de Estado hacia la cultura visual de plataformas.
Su eficacia estuvo precisamente en mezclar códigos que antes parecían incompatibles: destrucción y ligereza, amenaza y desparpajo, aparato militar y lenguaje memético. La banalización aparente de la violencia no neutraliza el mensaje; lo vuelve más circulable. La guerra, en la era de las plataformas, necesita imágenes capaces de competir con el entretenimiento.
A esa dimensión se suma la explotación de las fracturas internas del adversario. La propaganda pro-iraní trabajó con insistencia sobre la figura de Trump como líder errático, contradictorio y cada vez menos respaldado por su propia sociedad. Distintas encuestas muestran un apoyo limitado a los ataques de Estados Unidos y un rechazo mayoritario al envío de tropas terrestres o a una guerra prolongada. Irán no necesitó inventar desde cero ese malestar sino que le bastó con intensificarlo narrativamente, presentando la guerra no sólo como agresión externa, sino como producto de una conducción estadounidense inestable y podrida.
En ese punto la apelación al caso Epstein funciona como un motivo transversal del ecosistema comunicacional iraní. Epstein aparece como un condensador semiótico de lo inmoral. En memes, posteos y videos virales, la guerra es enlazada con una élite corrupta, impune y decadente. Trump aparece revisando archivos ligados a Epstein antes de ordenar ataques. Asi si la escalada bélica funcionaría como distracción frente a la crisis ética de las élites estadounidenses. La operación es clara: desplazar el centro del problema desde Irán hacia la podredumbre del bloque agresor.

Si Zolfaghari administra la amenaza y la humillación del adversario, el canciller Araghchi desempeña una función muy distinta pero igualmente decisiva. Sus apariciones en medios occidentales, hablando un inglés fluido, sereno y seguro, buscan romper con una imagen sedimentada de Irán como actor opaco, meramente reactivo o incapaz de habitar el registro diplomático global con soltura. Araghchi aparece como un funcionario que habla sin crispación, argumenta con precisión y transmite control. No se trata sólo de decir algo razonable, sino de encarnar razonabilidad.
La fuerza de Araghchi reside en que no modera el contenido para resultar aceptable. Mantiene la firmeza del mensaje, pero lo hace desde una escena de compostura. Allí hay una operación de contraimagen. Mientras Zolfaghari dramatiza el costo de la escalada, Araghchi dramatiza la capacidad de Teherán para hablar de igual a igual con el mundo. Uno endurece la percepción de castigo; el otro complejiza la percepción de legitimidad. Entre ambos, Irán construye una representación de sí mismo como actor que no perdió control de la situación ni del tono con que la comunica.
La propaganda iraní publica un vídeo con figuritas de LEGO diciéndole al pueblo estadounidense que están gobernados por pedófilos que actúan a las órdenes de Israel. En el vídeo podemos ver a Netanyahu chantajeando a Trump con los papeles de Epstein. What a time to be alive! pic.twitter.com/cxaF8Uc86P
— Pablo Echenique (@PabloEchenique) April 10, 2026
El terreno donde esa racionalidad se vuelve más novedosa es, sin embargo, el de los videos generados con inteligencia artificial. Las versiones realistas, anime y Lego no fueron simples excentricidades propagandísticas. Funcionaron como instrumentos de adaptación a la economía de la atención. The New Yorker documentó que los clips Lego acumularon millones de visualizaciones y fueron redistribuidos por cuentas vinculadas al ecosistema estatal iraní; Forbes subrayó además su amplia circulación en plataformas y el protagonismo visual de caricaturas humillantes de Trump y Netanyahu. Lo decisivo aquí no es sólo el volumen de difusión, sino el tipo de eficacia que habilitan esos formatos.
🇮🇷🇺🇸🇮🇱 Regime Change. 😂 pic.twitter.com/Vf1t7aJ27k
— Simon Dixon (@SimonDixonTwitt) April 10, 2026
La IA le permitió a ese ecosistema producir propaganda de baja fricción y alta velocidad, capaz de pasar de la solemnidad al absurdo, del espectáculo bélico al humor negro, de la amenaza al meme. En formato Lego, la guerra se miniaturiza y se vuelve compartible; en anime, se estetiza y serializa; en clave realista, busca impresión de potencia y cercanía con la destrucción. En todos los casos, el objetivo es que la guerra no sólo se vea, sino que circule. Que sea comentable, remixable, memorable. Que penetre en una esfera digital donde la atención ya no se captura sólo con argumentos, sino con imágenes que condensan emoción, burla y miedo.
La pregunta de fondo es si esa estrategia logró modificar la imagen previa de Irán. La respuesta no puede ser lineal, pero lo que sí puede afirmarse es que Irán consiguió impedir una lectura unívoca del conflicto. No revirtió por completo su imagen global, pero logró romper la comodidad del encuadre occidental dominante. Eso ya es una victoria parcial en el plano cognitivo. Forzó a mirar el conflicto desde más de un ángulo, obligó a incorporar la cuestión de la legitimidad del agresor y mostró una capacidad inusual para moverse entre diplomacia, propaganda, estética digital y cultura de plataformas.
The lyrics 👏
— Sanam Naraghi Anderlini, MBE now on Blue Sky (@sanambna) April 10, 2026
pic.twitter.com/S8EaJhHwit
Pero conviene no perder de vista un punto decisivo: ninguna guerra se gana sólo en el plano cognitivo. La disputa por la percepción importa, y mucho, pero sólo resulta eficaz cuando se apoya en capacidades reales: estrategia, conducción política, producción militar soberana, infraestructura tecnológica, y capacidad efectiva de sostener una correlación de fuerzas. Porque en el mundo contemporáneo el misil y el meme circulan por la misma corriente, pero ninguno de los dos, por sí solo, alcanza para decidir la historia.