La coordinadora de la Comisión Bonaerense de Trabajo y Cultura explica los cambios producidos en las formas de concebir los empleos, y el desafío de recuperar una extraviada identidad trabajadora.

En el libro, Lizaraso desarrolla la perspectiva de Cultura y Trabajo, un enfoque que propone comprender las transformaciones del mundo laboral no solo desde la economía o el empleo, sino también desde la producción de cultura, identidades, comunidad y proyectos de futuro.
“Para resumir el libro en una idea, diría que nace de una pregunta simple: ¿qué pasó con el sujeto trabajador del siglo XXI? Durante mucho tiempo, el trabajo no fue solamente una forma de obtener ingresos; también fue una experiencia cultural, porque organizó identidades, tiempos de vida, vínculos, comunidad y representación colectiva», señaló la autora, quien en la presentación estuvo acompañada por María Belén Ratto, secretaria de Cultura de la CGT.
-En medio de la brutal caída de los puestos laborales, del cierre de empresas y del industricidio, ¿es válido seguir utilizando como categoría la idea de “cultura del trabajo” para definir la posibilidad de ascenso social?
-No hay que perder la categoría, pero también construir y pensar categorías propias para el trabajo en el siglo XXI. Hablando de industricidio, de presente y de futuro, parte de este libro es el recorrido personal que vengo haciendo en tantos años trabajando en este cruce entre la gestión pública, la educación y el territorio. Y me he encontrado con plantear esta ruptura de la promesa a futuro que nosotros teníamos como generación: estudiar una carrera, la carrera nos habilitaba un trabajo y el trabajo nos brindaba cierta estabilidad. Eso, en el escenario actual, está roto.
-Lo teníamos constituido como una idea de cultura del trabajo, y eso hoy pareciera que desapareció.
-Partimos de una premisa que es entender el trabajo mismo como cultura, y también poder pensar que no todo trabajo construye comunidad. Ahí viene otra lectura: hablamos mucho de batalla cultural, y al momento de hablar del trabajo, dejamos la dimensión cultural afuera. En el libro digo, por ejemplo, que en este tiempo llevamos la muestra fotográfica Paz, pan y trabajo a Marcos Paz, que narra la histórica marcha encabezada por Saúl Ubaldini. Y me encontré con que para los trabajadores las imágenes de la muestra no constituían un archivo, sino que se reconocían en ellas. Hoy no es lo hegemónico el trabajo en blanco, estable, con un jefe que sea un ser humano. Estamos en tiempos de algoritmos. El mercado ha podido nombrar lo que la política todavía no: se nombran consumidores, usuarios. Y el concepto, el pensamiento del trabajador, está mucho más fragmentado.
-Supongo que presentar el libro en la CGT tuvo una carga simbólica.
-Presentarlo en la casa de los trabajadores no es menor. El movimiento obrero ha sido parte de convertir el trabajo en derechos, el sujeto colectivo y un nosotros. En el siglo XX Perón nombra al trabajador. Y cuando hablamos de trabajador, hablamos de ese trabajador industrial. No lo crea al trabajador, pero cuando lo nombra, se lo reconoce. Una línea que sigue el libro es que lo que no se nombra, no se reconoce; lo que no se reconoce, no se organiza, y difícilmente –si no se organiza–, se va a transformar. Ahora esas categorías para pensar ese trabajo y a ese trabajador quedaron fuera de época para este siglo, donde hay nuevos trabajos, o que no se perciben trabajadores. Las problemáticas que puedan tener cada uno en sus trabajos se ven de manera fragmentada, no es que se piensan como un sujeto colectivo.
-Hace 40 años, lo aspiracional era tener un trabajo estable, en blanco, y de ahí en más planificar la vida. Hoy los chicos de 20 y 25 años no piensan en esa estabilidad, están pensando en otros desafíos.
-Vengo haciendo las mismas preguntas en redes a más de 300 estudiantes en su 6º año de secundario: qué esperan del trabajo y dónde se ven dentro de diez años. Y las respuestas sorprenden: algunos quieren un trabajo para poder ayudar a la familia; a otros les gustaría estudiar alguna carrera universitaria, pero no saben si van a poder sostenerla; dicen que no les gustaría ser un número. Y algo que es de clima de época y nosotros no lo teníamos: tener tres meses un trabajo, y si no me gusta, cambio.
–¿El trabajo sigue siendo el organizador de la vida social?
–Soy nieta de un ferroviario que se jubiló en el ferrocarril y cuya identidad estaba profundamente ligada a su trabajo. Él no decía solamente en qué trabajaba: era ferroviario. Ahí entendí que el trabajo no es solo una forma de obtener un salario, sino también una forma de construir comunidad. Por eso sostengo que el trabajo no solo produce bienes y servicios; produce formas de vivir, de vincularnos, de organizarnos y de imaginar el futuro. Pensarlo así también nos permite comprender que, cuando protegemos un puesto de trabajo, no estamos defendiendo únicamente un ingreso, sino también un modo de organizar la vida, construir identidad y sostener la comunidad. El desafío es preguntarnos cómo reconstruimos todo eso en las condiciones del siglo XXI.
–¿Con qué herramientas cuenta la clase trabajadora para defenderse del algoritmo o de la inteligencia artificial, que afectan de manera concreta su posibilidad de acceder a un trabajo estable?
–La inteligencia artificial puede optimizar procesos. Pero nunca va a responder una pregunta política: ¿cómo queremos vivir y trabajar juntos? Esa sigue siendo una decisión humana y una responsabilidad de la política. Por eso, cuando hablo de «la comunidad y el algoritmo», la palabra comunidad no es una palabra vacía: es una manera de pensar cómo organizamos la vida en común en este tiempo. Si volviéramos al siglo XX y a Perón, su sujeto histórico era el trabajador, pero su filosofía era la comunidad organizada. En este año fui recopilando audiovisuales para mostrárselos a los estudiantes, y ellos se sorprenden al escuchar historias como la de Hugo Lacatena, un trabajador del frigorífico de General Cerri, cerca de Bahía Blanca, que cuenta cómo organizó toda su vida alrededor del frigorífico. Se casó, vivió allí, lloró cuando lo privatizaron en los ’90. Para muchos jóvenes de hoy esa experiencia resulta muy lejana. Ellos suelen transitar trabajos de corta duración. Una estudiante decía: «No se trata solamente de hacer todo bien, porque mi papá ya pasó por seis trabajos, cumple horario y, sin embargo, hay un descarte de las personas y de los lugares de trabajo que también forma parte de este clima de época».
-¿Cómo avanzar entonces si el diagnóstico es tan sombrío?
-Hoy no podemos pensar únicamente en las centrales obreras. ¿Por qué? Porque muchos de los trabajos actuales no están organizados dentro de ellas. Creo que primero hay que apelar a la dimensión cultural, a pensar cuál es el sujeto trabajador del siglo XXI, y ahí la respuesta es desde la política: a quién le habla, a quién convoca, a quién interpela, reconocer cuáles son esos nuevos trabajos, porque esos nuevos trabajos no están organizados. Le dedico bastante espacio a las juventudes, el futuro, la IA y los nuevos trabajos. Pero la respuesta que me estás pidiendo no es de diseño, es de política. Porque a donde hay vacío o no hay política que organice, aparece el mercado a organizar. No creo que el enemigo sea la IA, porque la IA no se puede gobernar sola. Y el capital fluctúa, es internacional. Hay trabajadores que producen valor, pero no están ni siquiera reconocidos como trabajadores. Hoy estas nuevas generaciones tienen trabajos que pueden sorprenderte, producen valor, pero no están nombrados, reconocidos ni se perciben como trabajadores, y son una gran parte de la sociedad.
-La pretendida modernización laboral fue el último mazazo que se le aplicó a la clase trabajadora sindicalizada, un empujón hacia la pérdida de derechos con los que contó el pueblo trabajador por décadas. ¿Cómo ve la perspectiva de recuperarlos?
-Golpeó a ese sector que estamos diciendo, que en otro momento era el hegemónico. El terminar de estudiar y tener un trabajo por muchos años. Y hoy eso es lo menos, porque no es un proyecto de vida. En el caso de las aplicaciones, vos tenés un jefe que no lo ves, no existe, no tenés acumulación. La arquitectura laboral actual no tiene memoria de registro. ¿Qué significa esto? Que la aplicación te borra y vos no es que juntaste años de trabajo, volvés a empezar. Tengo muy presente con los estudiantes la idea de que siempre están volviendo a empezar. Nosotros teníamos otra concepción del tiempo, mientras que el tiempo hoy es más efímero. Todo esto son capas que vamos sumando a la idea de cultura del trabajo de la que hablábamos, y vamos pensando que no es la misma que teníamos nosotros. Pero no por eso deja de existir. Inclusive, en los últimos años de la escolaridad en la provincia de Buenos Aires tienen cultura del trabajo. En la materia Construcción Ciudadana se habla específicamente de esto.
-¿El teletrabajo rompió absolutamente la idea de los vínculos?
-Necesitamos darnos espacios para pensar las nuevas categorías. Me gusta plantear muchas preguntas, porque ellas habilitan un espacio de horizontalidad para construir el pensamiento y las categorías, más que sentarme y dar las respuestas, que es lo que en gran parte nos trajo hasta acá. Porque además, mi verdad o mi lectura de la realidad también es propia del siglo pasado. Por eso mi necesidad de esta sinergia de relacionarme constantemente con estudiantes, primero para romper con algunos comentarios en redes que hablan de que “por culpa de ellos ganó Milei”, cuando habría que ver qué porcentaje tiene la juventud en el electorado y qué impacto. Pero demonizar las juventudes cuando no estamos haciendo lecturas de compañeros propios del mundo del trabajo, y propios de los nuevos trabajos. Pensarnos en continuo una causa, una categoría, que es esta de la construcción del sujeto trabajador. Una cosa es quienes somos hijos de los ‘90, otra es quienes son hijos del 2001, y otra es quienes atravesaron una pandemia. Y todo eso forma parte de una comunidad a la que le estamos hablando.
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