Viajábamos por Italia de norte a sur. Habíamos pasado por Bolonia, recorrido sus torres medievales y  sus veredas cubiertas por recovas. Después habíamos estado en Florencia y visitado el Duomo construido durante siglos. Nos habíamos sorprendido con las esculturas que aparecían en cada esquina. Habíamos escuchado a un trovador que por las noches tocaba a la gorra en el puente viejo que cruza el Río Arno. Y luego habíamos llegado a Siena.   

Allí nos esperaba Alberto, un argentino que había sido amigo de mi mamá desde la adolescencia. Vivía en Italia hace 40 años. Tenía una casa de dos pisos con paredes de piedra pintadas de amarillo. La casa estaba en la colina de una montaña a 20 kilómetros de Siena. Alberto vivía con su pareja, Nicoleta. No tenían hijos. Al día siguiente de nuestra llegada era el cumpleaños de Nicoleta y se iba a hacer una reunión en esa casa.

-Van a venir muchos de los amigos que viven por esta zona, cada uno en su casa de campo. Nos vemos muy de vez en cuando y ahí nos enteramos de quién quedó embarazada, quién se va a casar, quién se enfermó -me dijo Alberto. 

Él estaba sentado delante de la mesa que habíamos puesto en el centro del salón para la reunión. Cortaba con un cuchillo fetas de un salamín apoyado sobre una tabla. Miró la hora en su reloj de muñeca.

-Ya están por llegar.

Detrás de Alberto había una puerta de madera y vidrio que daba al patio de entrada. Durante el día se veía por las ventanas el valle y las montañas. Ahora, de noche, sólo se divisaba unos muebles de hierro en el patio, iluminados por un farol.

El primer invitado que llegó era un hombre de pelo blanco y largo. Se llamaba Lorenzo. Había traído dos botellas de vino. Las apoyó en la mesa y me saludó con un apretón de manos. Luego le dio un beso en la mejilla a mi esposa, Romina, y otro a mi hija, Catalina.

-Hoy terminé de pintar la casa -dijo en una mezcla de italiano y español para que lo entendiéramos.

Estábamos parados en círculo a unos pasos de una chimenea de hierro con puerta de vidrio en la que había dos leños quemándose.

-Mi hermana comenzó el tratamiento contra el parkinson -dijo Lorenzo.

Alberto estaba parado junto a él.

-Te voy a recomendar las clases que hago para mantener el cuerpo en movimiento -dijo-. Eso retrasa la enfermedad. Tiene que hacer taichí y pilates.

El segundo invitado en llegar era un hombre de unos 50 años. Llevaba una guitarra al hombro. Tenía una nariz redonda y pelo enrulado. Alberto estiró la mano y lo presentó.

-Él es Carlo. Hace trabajo de albañilería, además es ebanista y toca la guitarra.

Carlo dejó la guitarra contra la pared cerca de la puerta. Se descolgó una mochila y sacó una pequeña tabla que tenía tallada en el centro una rosa.

Questo è il tuo regalo -dijo en italiano mirando a Nicoleta.

Nicoleta, una mujer delgada, de pelo blanco y rulos, agarró la tabla y la miró.

-Oh….grazie -dijo.

Nos sentamos alrededor de la mesa. Llegó una pareja con su hija. Alberto los presentó: eran Antonio, Vittoria y Emma. Antonio usaba barba y hablaba español. Se sentó frente a mí. Contó que estaba a punto de levantar la cosecha de aceitunas y llevarla molino en el que hacían aceite de oliva.

-Por cada 5 kilos de aceitunas, según el caso, sale un litro de aceite. Y cada árbol da unos 20 kilos. Es decir que por cada árbol sacamos unos cuatro litros de aceite.

Le pregunté cuántos árboles tenía.

-Entre todos -dijo mirando al resto de los invitados- debemos tener unos 30 olivos. El aceite es para consumo nuestro. Al molino le pagamos con aceite y a las personas que nos vienen a ayudar para levantar la cosecha también.

Pensé en la vida que llevaban estas personas. Me pregunté si yo querría vivir así. Todo era calmo. Supuse que después de unos meses quizás extrañaría las tensiones de Buenos Aires. Pero en ese momento me gustaba imaginarme con ese estilo de vida: el silencio rodeando la casa, los leños quemándose en la chimenea, las personas hablando de cosechas de olivo. 

Se abrió la puerta y entró un hombre que usaba lentes y tenía barba blanca. La expresión de su cara era apesadumbrada. Alberto se puso de pie y lo presentó: Alessandro. Junto a él había entrado un perro de raza collie, color negro y blanco. Alessandro fue hasta la punta de la mesa y se sentó al lado de Carlo. El perro se sentó en el piso.

La mia cagnolina Franchesca e malato -dijo Alessandro.

Alberto nos miró y tradujo: 

-Su perra está enferma. Tiene un cáncer y parece que está muy avanzado. Le dijeron que no se podía hacer nada.

La perra caminó despacio bordeando la mesa y se paró junto a mí. Se la veía agitada. Le acaricié la cabeza. 

-Se la ve bastante bien -dije.

Alessandro me había entendido. Me contestó en un español con mezcla de italiano:    

-Le dieron cortisona. Eso ayuda. Pero tiene dificultades para respirar. El tumor está cerca del pulmón. Es una enfermedad común en esta raza. 

Luego se acomodó los lentes y bajó la mirada hacia la mesa. 

Volví a mirar a la perra. Seguía parada al lado mío como esperando que le diera algo de comer.

Carlo se levantó y caminó hasta la pared en la que había dejado su guitarra. La sacó de la funda. Empezó a tocar y cantar. Era una canción en italiano que tenía un estribillo que se repetía a cada rato.

Lorenzo, el que había llegado primero, estaba sentado al lado de Romina. Explicó:

-Es una canción del sur de Italia, de la zona de Palermo. 

Carlo tocaba y cantaba con los ojos cerrados. La perra se había quedado junto a él.

A la hora de las velitas, Nicoleta se paró en la cabecera de la mesa. La torta era de vainilla y tenía una sola vela. La perra Franchesca se puso junto a Nicoleta. Alberto leyó en voz alta una carta para Nicoleta por su cumpleaños. Cuando terminó, aplaudimos. Después cantamos el feliz cumpleaños dos veces, una en italiano y otra en español. Nicoleta se inclinó sobre la torta y sopló la vela.

Carlo volvió a agarrar la guitarra y a cantar canciones sicilianas.

Los primeros invitados en irse fueron los de la familia que tenía los olivares y más adelante Lorenzo y Carlo.

El último fue Alessandro con su perra Franchesca. Se acercó a saludarme. La perra estaba parada a su lado y respiraba agitada. Alessandro me extendió la mano.

-Suerte -me dijo-. Sigan viendo las maravillas de Italia.

Se dio media vuelta, fue hasta la puerta y salió al patio. Por el vidrio vi como pasaba junto a la mesa de hierro. Franchesca caminaba despacio detrás de él. Ambos se perdieron en la oscuridad.    

Salí al patio. Hacía frío. El aire que salía por mi boca se transformaba en vapor. Miré hacia el valle oculto en la oscuridad de la noche. Escuché un aullido. Pensé que podía ser un lobo o la perra Franchesca. Pensé en la frontera invisible entre la vida y la muerte, entre celebrar un nacimiento y que al mismo tiempo haya una despedida. Sacudí la cabeza tratando de borrar mis ideas. Al día siguiente había que seguir viajando.