El 24 de abril se conmemora el 111° aniversario del genocidio armenio. Fue el primer genocidio del siglo XX, pero, trágicamente, no el único ni el último. A lo largo del tiempo, la historia nos ha demostrado que el ser humano es capaz de despreciar de la peor forma a los de su misma especie. Hoy estoy aquí, existo, porque mis antepasados pudieron escapar de aquella matanza. Otros no tuvieron esa oportunidad. Un millón y medio de armenios fueron masacrados por el Estado turco: mujeres, niños y familias enteras. Personas decapitadas, mujeres embarazadas asesinadas con brutalidad y niños desnutridos condenados a morir en el destierro. Todo a manos de un Estado genocida de Turquía que ejecutó una limpieza étnica y cultural sistemática.
Ciento once años después, vemos cómo el Estado de Israel comete un genocidio en Gaza y amenaza con replicarlo en el Líbano. En 1915, durante el exterminio del pueblo armenio, el periodismo documentó hechos aberrantes que sirvieron para que el mundo conociera y reconociera la tragedia como el primer genocidio del siglo XX. Hoy, en contraste, el mundo observa en directo los crímenes de lesa humanidad perpetrados por Israel sin que esto signifique un punto de inflexión. El desprecio por la vida ajena nos hace retroceder como especie; pareciera que el avance de nuestra tecnología es directamente proporcional al retroceso de nuestra humanidad.

Hace apenas un mes y medio, en Cisjordania, dos niños palestinos relataron cómo soldados israelíes acribillaron a su familia mientras viajaban en auto. Mataron a sus padres y a dos de sus hermanos. Uno de los pequeños sobrevivientes contó que escuchó a su madre llorar hasta que, finalmente, se hizo el silencio. Cuando los soldados los sacaron del vehículo a empujones, uno de ellos sentenció: «Hemos matado a unos perros», refiriéndose a su familia. Nuevamente, el genocidio. Nuevamente, la masacre y la aniquilación de un pueblo y de su cultura.
Resulta paradójico que hoy Turquía siga sin reconocer el genocidio armenio, pero al mismo tiempo condene el exterminio del pueblo palestino a manos de Israel. Es un doble estándar, una vara geopolítica que demuestra cómo los intereses estatales determinan qué genocidios se ocultan y cuáles se denuncian según la conveniencia. En Argentina también presenciamos posturas lamentables: el presidente Milei, quien llegó al poder alzando la bandera de la libertad, hoy se alinea sin pudor con dos Estados genocidas, Israel y EE. UU. Figuras como Netanyahu y Trump pisotean la libertad del pueblo palestino con la clara intención de borrarlo del mapa, mientras Milei aplaude la matanza de niños y canta como un desaforado en el acto oficial del Día de la Independencia de Israel.

Durante mucho tiempo se sostuvo que el reconocimiento del genocidio armenio serviría de advertencia para que una atrocidad semejante no volviera a ocurrir. Sin embargo, en Gaza la matanza y la limpieza étnica no se detienen; al mundo no parece importarle. Queda claro que el genocidio armenio no bastó para despertar la conciencia de la humanidad. En el siglo pasado, mi familia logró sobrevivir a un genocidio. Hoy, en Gaza y en el Líbano, miles de niños, mujeres y familias enteras no corren con la misma suerte: Israel los asesina con la ayuda de su socio Estados Unidos, el aplauso incondicional y obsecuente del presidente argentino y el silencio ensordecedor del mundo entero.