Hay una forma de la persistencia que no necesita de placas de mármoles ni de bronces, sino de algo mucho más impreciso y, a la vez, más potente: la amistad. Esa materia prima, que en la obra de Haroldo Conti era el combustible y el antídoto contra la soledad hoy se ha vuelto el pegamento de una cartografía que ignora los límites de los mapas oficiales.

Lo que sucede por estos días en la pampa húmeda de Chacabuco, el Delta del Paraná, la ribera de Berisso, en un teatro porteño o una universidad alemana no es un mero ejercicio de nostalgia. Es, más bien, un acto de vitalidad resistente.

Allí, en el Delta, en la que es su casa, gentes llegadas de distintas partes se reúnen a leer y analizar su obra y a escribir crónicas que rescatan las memorias de las islas. Allí, también, una cofradía de navegantes se junta cada 25 de mayo, en el día del cumpleaños del escritor, para leer sus textos de embarcación a embarcación, sintiendo que, en ese arroyo que lleva su nombre, él sigue siendo el capitán de la chata.

En Chacabuco, la república de la infancia, donde el recuerdo de sus personajes —esos que querían volar o tener romances en silencio— sigue caminando por las veredas como si nunca se hubieran ido. Hay marcas de su presente ausencia a cada paso. Calles, jardines, centros culturales, recorridos históricos por puntos biográficos, una escultura en el bar donde se sentaba a intercambiar anécdotas, soltar ilusiones, compartir esas penas nuestras. Si hasta un Argimón recibe a quienes ingresan a la ciudad.

En la isla Paulino, donde el río se mezcla con el barro y el olvido, un grupo de productores cooperativos decide que la mejor forma de rescatar una memoria que quisieron borrar a manotazos de negacionismo es a través del brindis. Presentan un vino que es, en sí mismo, un manifiesto: una cepa castigada, un sabor que desafía los paladares colonizados y que lleva el nombre del cronista que supo mirar la dignidad donde los demás solo veían precariedad.

Haroldo Conti: la cofradía de los abrazos invisibles
En el Delta, una cofradía de navegantes se junta cada 25 de mayo para leer sus textos de embarcación a embarcación.

La literatura de Haroldo siempre fue una invitación al encuentro con los otros. En sus relatos, la vida no se justificaba por el éxito o por reglas impuestas del mérito, sino por la capacidad de celebrar el cumpleaños de una lugareña nonagenaria o imaginar a golpe de teclas a amigos que se fundían en personajes y se reunían para celebrar(se) fraternos.

Esa ética de la hospitalidad salta las páginas para encarnar una red de afectos que hoy –en los tiempos de celebración del odio y la crueldad– une puntos distantes. No es un culto al pasado, sino una forma de habitar el presente. Pensarlo como un abrazo para no caer en el individualismo y la indiferencia.

Lo más asombroso de este fenómeno es su capacidad de irrigación. Prodigio centenario. La mística contiana —esa fusión de compromiso revolucionario y ternura cotidiana— genera lazos que llegan a Berlín, a traductoras al mandarín y a cineastas que encuentran en viejos rollos de película la mirada de un hombre que decidió que nadie lo movería de su lugar de combate.

Esa red de amistad, que se extiende desde el monte duro de la isla Paulino hasta las universidades, demuestra que la memoria, cuando es colectiva, es pura tenacidad. Podrán borrar nombres de los embarcaderos, cerrar centros culturales, pero no podrán quitar el mantel de esa mesa larga donde Haroldo, sentado junto a sus amigos, sigue proponiendo la belleza de palabras que el agua se encarga de repartir por el mundo.

Al final, como él mismo escribió, uno termina por creer ciertas esas historias para recuperar lo que parecía perdido. Hoy, en cada brindis, en cada nueva obra teatral o literaria o musical que lo recrea y en cada barco que remonta el Paraná, Haroldo está ahí: para revelar la Gran Cosa. Porque es su vida y su literatura la que salta sobre las distancias y el tiempo y junta a todos con su máquina creadora de lazos de amistad.