“Se sabe poco de Epecuén. Ubicado 520 km al suroeste de la Ciudad de Buenos Aires, el pueblo fue escenario de videos musicales, una película y producciones fotográficas pero en todos los casos operó como un escenario apocalíptico sin nombre, sin historia y sin ubicación en el mapa”, dice Josefina Licitra en El agua mala. Crónica de Epecuén y las casas hundidas.

Publicado originalmente en 2014, este libro que marca un hito en la historia de la crónica argentina y era ya inhallable en librerías, afortunadamente, acaba de ser reeditado por Seix Barral.

El carácter apocalíptico al que se refiere Licitra obedece a que el 10 de noviembre de 1985 el lago de Epecuén, que por las propiedades curativas de sus aguas cuya salinidad y sus componentes minerales las hacían comparables a las del Mar Muerto, se desbordó tanto por razones naturales como por un error de obra pública del que estaban enterados las autoridades y los pobladores. El terraplén que contenía al lago venía desgastándose, lo que era evidente, y se derrumbó totalmente con la lluvia 

Este error había sido “largamente denunciado”, pero dado que el lago había convertido a Epecuén en un próspero pueblo turístico, nunca se tomaron las decisiones necesarias para evitar el inminente peligro de que se derribara  

Fue así que cuando se produjo el hecho, las autoridades se vieron obligadas a dar la noticia: “había que evacuar la zona con urgencia porque en pocos días todo Epecuén quedaría sumergido bajo nueve metros de agua. Así comenzó la diáspora. Las ochocientas personas que vivían en la Villa de forma permanente debieron dejar sus casas y lo hicieron primero con el agua en los tobillos, después con el agua a la cintura y más tarde con el agua en los hombros. A los veinte días todo se hundió. Quedó bajo agua incluso el cementerio, por lo que hubo que contratar buzos que rescataran a los muertos”.

Una vez que se comienza a leer El agua mala es imposible dejar la lectura. Es que Licitra cuenta de tal manera esta historia de un pequeño pueblo que de ser un próspero lugar balneario pasó a convertirse en ruinas que la narración adquiere un carácter hipnótico. Como Crónica de una muerte a anunciada de Gabriel García Márquez o la película de Robert Bresson Un condenado a muerte se escapa, el interés del lector o del espectador no consiste en el deseo de conocer el desenlace sino, por el contrario, en ir hasta el principio conociendo el final. Este efecto, por supuesto, es el resultado de una gran maestría narrativa. 

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Josefina Licitra

-Creo que es una muy buena noticia la reedición de El agua mala, porque es un libro fundamental de la crónica que no se conseguía. 

-Sí, estaba totalmente agotado desde hace años. Penguin no lo reimprimió supongo que más por un desarreglo o una desorganización, no mucho más que eso. Pero cuando vi que pasaba el tiempo y cada tanto alguien me escribía a Instagram preguntándome por el libro porque había visitado Epecuén y quería saber más del tema, me dije “bueno, listo, lo reedito”. Tenía muchas ganas de que estuviera asequible, porque  es un libro que quiero mucho y yo no escribo un libro por año, sino que tengo una cantidad bastante limitada. De modo que para mí también es una muy buena noticia.

Por estos días se reeditó también Los suicidas del fin del mundo, de Leila  Guerriero. Más allá de los valores de cada libro, me pregunté si habría tenido algo que ver la gran vigencia de cada uno. El otro día un analista me comentaba sobre el aumento del suicidio adolescente y las catástrofes naturales y la desidia gubernamental frente a ellas están a la orden del día.

-No, insisto en que tenía ganas de que ese libro que es un trabajo que intenté hacer del modo más serio que me fue posible y al que le dediqué mucho tiempo porque creo que el tiempo invertido en un libro es profundidad, estuviera otra vez en las librerías en un momento en el que todo, incluso en las investigaciones, a veces se prioriza más la condición circulable del material, el hecho de que llegue rápido a mucha gente. No digo que eso esté mal, sino que son criterios distintos. Hoy terminás un libro y te preguntan «¿y para cuándo el próximo?». Todo toma una velocidad que es la velocidad que necesita el capitalismo y esa velocidad te arrasa.

El agua mala es un libro que, como pasa en muchos otros, hubo mucho tiempo dedicado al tema y quiero hacer una defensa de ese trabajo que toma tiempo porque eso es algo que cuesta cada vez más. No estoy diciendo que haya una presión editorial para que uno trabaje rápido, sino que la época te empuja a trabajar así. Por ese lado me cerraba que estuviera disponible. Y sí, es cierto que la actualidad que tiene el tema es tristemente real, tenemos una Patagonia que se está prendiendo a fuego y ya sabemos que, por supuesto, eso nada tiene nada de natural. Lo mismo sucede con las inundaciones que se consideran  un desastre climático natural que, como todo en nuestra sociedad en este momento, de natural tiene muy poco.

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-Detrás de estos desastres hay un tema político.

-Lo que uno ve en Epecuén es una mecánica que se activa ante cualquier otro fenómeno «natural», que es que las condiciones naturales  tienen catalizadores que las vuelven más virulentas,  más irreparables, más irreversibles en el sistema político y también en nosotros como ciudadanos,  que lo que podemos hacer, que tampoco es tanto: estar en alerta y no comernos el discurso oficial, que suele ser un discurso encubridor. Eso, a veces quizás por agotamiento y por pensamiento mágico. No lo hacemos. Eso fue es lo que pasó en Epecuén.

Claramente, había un sistema político que no estaba tomando las medidas necesarias y que construía discursos falsamente tranquilizadores y hubo una población que necesitó creer en esos discursos. Entonces, no es sólo un problema de la política, sino también de inmadurez ciudadana  de no poder poner en jaque las propuestas o los discursos políticos. En el caso de Epecuén, creo que esa inmadurez ciudadana tenía que ver también con que era una época de posdictadura y todavía había mucho miedo a poner en jaque el sistema político. Con el diario del lunes todos decimos que es democracia y ya, pero en el ’85 no se sabía cuántos años iba a durar esa democracia.

-Entonces, todo eso jugó para que la gente se callara la boca.

-Ahí sí hay una nota un diferencial respecto de este momento en el que todos salimos a protestar, en general, virtualmente. Este de tipo de protesta tiene sus asteriscos. Lo que uno ve con El agua mala es que el croquis del problema se puede replicar con bastante similitud en cualquier otro problema “natural” que haya en el presente.

El agua mala me hizo recordar a Un enemigo del pueblo de Ibsen porque la plata, tanto en 1882 cuando se publicó esa obra como ahora, resulta más importante que la gente. Lo que plantea la obra es que se va a construir un balneario que va significar el ingreso de mucho dinero. El médico que analiza las aguas las encuentra contaminadas lo que desaconseja la construcción del balneario. Entonces,  lejos de ser la voz de la verdad,  el médico se convierte en el enemigo del pueblo. En tu libro no hay un personaje tan marcado como el de Ibsen, pero ante la prosperidad que significaban las aguas del lago, la mayoría prefirió cerrar los ojos.

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-Totalmente. Está buena la analogía. Yo leí la obra de Ibsen hace unos 15 años, que no es demasiado tiempo, pero no me acordaba del tema del balneario, lo había olvidado por completo. De hecho, hay en el tema de Especuén un personaje muy chiquito sobre el que no tenía mucha documentación, por eso tampoco lo amplié, que empezó a presionar al poder político y un día fueron a buscarlo  en un Falcon y volvió manso y diciendo, «bueno, tranquilicémonos».

Ése sería como el enemigo del pueblo. Hubo un sistema, una estructura de la vieja política, por llamarlo de alguna manera, que lo se lo tragó y lo escupió amansado.  Lo que más me interesa de esto que decís es que en Epecuén había una división entre  los microenemigos considerados alarmistas que podían  ser los vecinos que decían “el terraplén se derrumba y esto se inunda” y los que preferían meter la cabeza bajo la tierra y mandarse para adelante, a ver si con ese pensamiento mágico de que lo que no se ve no existe, el problema se resolvía.

“Alarmista” es una palabra que habla de toda una valoración del  tipo de mirada más crítica. A los «alarmistas» se los entendía como enemigos del progreso de ese pueblo que necesitaba de la temporada de verano para poder subsistir.

-¿A qué atribuís la mirada negadora?

-No se me ocurre una hipótesis de tipo sociológico de por qué somos así. Me parece que los países hambreados no tienen la elegancia en la construcción de un pensamiento crítico que puede tener un país con toda su economía resuelta. Entonces, estamos más movidos por esa sensación de que el dinero que no ganamos hoy, mañana posiblemente no podamos ganarlo. Las decisiones se toman con es esa cabeza.

Creo que es muy injusto pensar que somos unos cabezas de termo que no vemos la realidad cuando estamos tan atravesados por el virus de la miseria y la falta de recursos. Por supuesto que en ese estado, las decisiones que se toman no son las mejores. En el caso de Epecuén,  como en tantos otros, se pensó mal y así nos fue y les fue. Creo que nunca vamos a sentir en la ciudad el nivel de ultraje que sintieron en  Epecuén. Ni siquiera creo que lo sentimos con el diluvio que hubo en 2013  en que muchas casas de Buenos Aires se inundaron un poco.  Cuando se te inunda tu casa te das cuenta de cuán vejatorio, cuán irreversible, cuán imparable es el agua, porque no hay nada con lo que puedas frenar su avance. 

Cementerio y agua

“El cementerio quedó bajo el agua –cuenta Licitra en el transcurso de la entrevista-, los féretros rompieron las puertitas de cristal que los separaban del exterior y se fueron flotando. Los bomberos los enlazaban como si fueran caballos salvajes  en el agua para traerlos de regreso. Había  gente pagada por izquierda, buzos informales que iban por un dinero a buscarles los muertos a las familia.

Por supuesto, bajo el agua quedaron sin  identificación. Entonces, el primer féretro que manoteaban era el féretro que tenían que llevar y se lo mandaban a la familia que enterraban a un NN, pero con la necesidad de sentir que esa persona era miembro de la familia que podrían recordar en tierra. Fue un escándalo que no estuvo lo suficientemente amplificado en su momento porque los medios de comunicación eran poquitos. Hoy sospecho que la situación se hablaría bastante más. De todos modos, también sospecho que la actitud de las autoridades no sería diferente, porque si tuviéramos un lugar tan próspero como lo fue Epecuén, me parece que se priorizaría eso, los intereses empresarios”.

Elegir qué salvar y qué perder

-¿Qué fue lo más te atrajo de esta historia tan terrible?

-El nivel de operaciones concretas y simbólicas que tuvo que hacer la gente de Epecuén. No puedo ni imaginar lo que vivió, cómo es que te digan que en tres horas o en tres días te vas a quedar sin casa y que elijas lo que querés salvar. Los más afortunados tuvieron tres semanas, pero tener que hacer esa lista de cosas imprescindibles, armar en horas tu sistema de prioridades, qué es lo más importante de tu vida, qué es lo no tan importante, qué estás dispuesto a perder es terrible. ¿Cómo vas a hacer para duelar lo que no estabas dispuesto a perder y de todas maneras vas a perder? El poder visual del lugar es avasallador, pero yo necesitaba tomarme de algo más por fuera de esa imagen y de lo que tomé para poder sostener el tiempo de trabajo y de escritura que es mucho y no está lo suficientemente bien pago: cómo hicieron para armar en tan poco tiempo el sistema de prioridades de sus vidas.