Electrónica, metal, esplendor… y Justice para todos

Por: Nadia Díaz

El dúo francés brindó una fiesta soberbia de música electrónica pesada y luces para más de 10 mil personas en el Movistar Arena.

«ALERTA: El siguiente show contiene luces intermitentes brillantes y/o imágenes que pueden causar incomodidad y/o convulsiones a personas con epilepsia fotosensible». El que avisa no traiciona. Así se prepara el recital de Justice, el dúo de música electrónica pesada de los franceses Xavier de Rosnay y Gaspard Augé, para las más de 10 mil personas que desbordan el campo del Movistar Arena en la noche del jueves.

A 13 años de su última visita, Justice llega por tercera vez a la Argentina para presentar Hyperdrama, su cuarto y último álbum, esta vez de electro-funk, lanzado en 2024, que amalgaman durante hora y media en una fiesta y show de luces inolvidable con los temas más grandes de su discografía. En el marco de su Latin America Tour 2025, vienen de presentarse en México y Colombia, y llegan a Chile el lunes 7 de abril.

Pasadas las 21 caen las luces y todo comienza. Una cruz blanca, insignia de la banda, se enciende detrás de los músicos y recorta sus siluetas a contraluz, imponentes: el Movistar Arena retumba con las primeras notas densas de “Genesis”, mítico primer tema de † (Cross), el álbum debut de 2007 que puso a los Justice instantáneamente a la vanguardia de la escena electrónica y hoy llevan como indiscutible legado. 

La tensión se acumula fuerte y “Genesis” deviene en la gran “Phantom”. Una luz que gira como un púlsar marca el camino del agite y bajan estructuras metálicas flotantes como ovnis en un despliegue lumínico soberbio. Luces blancas ametrallan directo a la platea alta en un show simétrico y estroboscópico que justifica el aviso del principio mientras golpea duro y saturado “Generator”, que se mezcla con “Love S.O.S.” y “Alakazam!”.

Brilla en la pantalla el plano cenital que muestra las cuatro manos detrás de la magia. Se materializan cruces brillantes desde el piso y se elevan hasta formar columnas panteónicas que envuelven a Justice en un espacio arquitectónico surreal. El movistar Arena se enfiesta a pleno con “Tthhee Ppaarrttyy” y el hitazo “Safe and Sound” se mezcla con “DVNO” en un despliegue de las raíces disco y house del dúo.

Desde imágenes galácticas y celestiales hasta objetos tridimensionales, pasando por rojos naranjas y amarillos brillantes y momentos de relámpagos violentos, el show de luces impresiona. La rave electrónica se fusiona con el pogo rockero y vuelan abrigos a pesar de los 11 grados de la noche otoñal porteña. Hace presencia el nuevo single “Neverender”, que cuenta con la colaboración de la banda australiana Tame Impala, y revienta saturado al final en mezcla con “Canon”. El show de luces rojas del irrefrenable y metalero “Stress (WWW)” deja al público extasiado y golpeado en partes iguales. Cierra el ampuloso “Audio, Video, Disco”, caen las luces y el sonido, y como en el oscuro “Afterimage” justo antes, se termina de absorber el impacto residual a oscuras y en silencio mientras llega el esperado encore.

…Y Justice para todos

La vuelta al escenario arranca pesada. De la mano del denso y lento “Planisphere”, se cuela “Heavy Metal” y las luces flotantes color oro se evaporan en polvo de estrellas ante miles de ojos todavía incrédulos. El estadio recibe la explosión de “Phantom, Pt. II” y sin que termine el celebratorio “We Are Your Friends” llega por fin el tan esperado “D.A.N.C.E.”, primer single de la historia de Justice y temazo disco que los llevó sin escalas a las grandes ligas. “Safe and Sound” se toma una vez más de la mano con “Neverender” en un final fulguroso. 

Al final, despliegan una bandera argentina, la luz blanca baña el estadio y los magos desaparecen del escenario y se ven en las pantallas con los pies en el campo firmando autógrafos y saludando a los fans acérrimos agolpados contra la valla. 

Durante la ovación eterna y de pie, la luz revela el truco detrás de la ilusión visual. Desnudan la verdad, kilos de equipos y pantallas. Y como al final de una película, corren los créditos físicos: las luces del escenario atraviesan el mar oleante de personas para señalar los arquitectos lumínicos de tamaña hazaña. Al fondo del campo, desde los controles, el diseñador de luces Vincent Lerisson y un segundo operador disparan rayos de luz blanca reflejados en cascos totalmente cubiertos de pequeños espejos, hermosas cabezas de shiny disco ball.

Los hermanos menores de Daft Punk, emancipados en su propia ley, se retiran con la frente bien alta tras un show imponente –artefacto perfecto, preciso– que deja a miles y miles de personas en éxtasis y sedientas de Justicia.

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