La era del vacío y su reflejo en las ultraderechas latinoamericanas

Por: Alí Mustafá

A cuatro década de la publicación en castellano del libro de Lipovetsky, su pensamiento sigue iluminando el presente.

«Nos hemos vuelto más sensibles a la miseria expuesta en la pequeña pantalla que a la inmediatamente tangible. Es una moral sentimental-mediática; y por todas partes la emoción prevalece sobre la ley.» (Gilles Lipovetsky – La era del vacío)

En septiembre se cumplirán 40 años de la publicación en castellano del libro La era del vacío del sociólogo y filósofo francés Gilles Lipovetsky.  Este acontecimiento editorial fue clave para entender las mutaciones del individualismo contemporáneo de mediado de los ’80 y que hoy parecen repetirse con más vigor. La obra que analiza la disolución de los grandes relatos y la caída de las utopías revolucionarias del siglo XX, tiene una vigencia inusual al observar el mapa político de América Latina.

Lo que el filósofo francés describió como «era del vacío», caracterizada por la pérdida de sentido en las instituciones tradicionales como partidos y sindicatos, encontró en los comienzos del siglo XXI en la región un terreno fértil para el ascenso de liderazgos que capitalizan el mal humor social.

La caída de los relatos ideológicos y el auge de un individualismo narcisista creó un espacio que esos mismo líderes, apoyados por estructuras mediáticas, pudieron explotar con éxito. La política y la democracia se fueron transformado en un espectáculo de consumo donde los ciudadanos, movilizados por la saturación y la búsqueda de resultados inmediatos, priorizan su autonomía personal sobre los compromisos colectivos. A través de conceptos, como la híper-personalización, se puede argumentar que estos movimientos no son una vuelta al pasado, sino una expresión genuina de la híper-modernidad. Así, también vemos como la ultraderecha latinoamericana utiliza el vacío simbólico de la sociedad actual para consolidar un modelo que combina el neoliberalismo radical con una fuerte reacción cultural.

En el escenario actual, este vacío, producto de la híper-modernidad, se traduce en indiferencia pura que la ultraderecha transformó en motor electoral. La crisis de legitimidad de la política tradicional, los partidos políticos, los sindicatos y organizaciones sociales, sumado al descrédito del poder judicial dejaron un espacio que figuras como Javier Milei en Argentina o Nayib Bukele en El Salvador ocupan bajo la bandera de la antipolítica. Estos auténticos outsiders  canalizan la desmovilización de lo público para arremeter contra la denominada casta, convirtiendo el vacío de representación en un espectáculo de consumo.

Según el análisis de Lipovetsky, nos encontramos ante una sociedad organizada sobre la indiferencia y un individualismo donde el sujeto busca una autorrealización centrada exclusivamente en el «yo» o narcisismo posmoderno. Este proceso se traduce en una híper-personalización de los liderazgos. Ya no son necesarias las estructuras partidarias sólidas cuando la batalla cultural se libra en redes sociales como X o TikTok. En estos nichos digitales, los seguidores no se agrupan en torno a programas de gobierno ideológicos sino por una identidad de sentimientos y, fundamentalmente, resentimientos compartidos.

El votante narcisista, que Lipovetsky define como un homo psicológicus, busca una autonomía radical y ve en el Estado un obstáculo para su expansión personal. Para este sujeto, la libertad no es un proyecto de solidaridad social, sino una herramienta de gestión individual apoyada en un capital afectivo y económico. En este contexto, la política se reduce a un fenómeno estético y de espectáculo. La puesta en escena de Milei con la motosierra o el lenguaje directo y vulgar de Jair Bolsonaro en Brasil no son exabruptos aleatorios, sino búsquedas de una autenticidad que resuene en el hedonismo de una población que sustituyó la conciencia de clase por el impacto de la imagen inmediata.

Para Lipovetsky, el «presentismo» también es otra de las categorías que permite diseccionar la crisis sociopolítica. Esta noción describe una sociedad atrapada en una existencia precaria y confinada en el presente, impulsada por un hedonismo que ha fracturado tanto su anclaje histórico como su capacidad de proyectar futuros habitables. Esta angustia ante la falta de horizontes genera una demanda social de respuestas inmediatas. En América Latina, esto se traduce en la urgencia por resolver crisis económicas o problemas de seguridad social sin reparar en los procesos institucionales del Estado de derecho. Líderes como Bukele satisfacen este deseo de resultados instantáneos mediante la militarización y políticas de mano dura que, aunque atentan contra las garantías democráticas, son consumidas masivamente como una solución rápida al vacío de orden.

Frente al vacío simbólico que deja el colapso de los relatos tradicionales, las derechas contemporáneas construyeron la batalla cultural como un nuevo anclaje identitario. Al señalar a la ideología de género o los avances en derechos sociales como el enemigo común, figuras como J. A. Kast en Chile o el propio Bolsonaro logran, junto a las iglesias neo-evangélicas, movilizar a sectores que se sienten amenazados por la pérdida de las jerarquías tradicionales de familia, religión y nación. El odio, en este marco, funciona como un afecto político que otorga cohesión allí donde los vínculos emocionales estables desaparecieron.

Desde la perspectiva económica, se puede observar una conexión intrínseca entre el híper-consumo analizado por Lipovetsky y el proyecto neoliberal de estas derechas. A diferencia de sus pares europeos, estos sectores en América Latina son abiertamente partidarios de una desregulación radical que busca desmantelar la función redistributiva del Estado. Esto configura lo que el sociólogo Loïc Wacquant definió como el Estado centauro, una estructura que es en su torso y cabeza liberal y permisiva para las élites y el gran capital, pero que con el resto de su musculatura se torna una bestia punitiva para los sectores populares desestructurados por el mismo sistema.

La ultraderecha latinoamericana no solo habita como presagio futurista el vacío descrito en el libro, sino que lo utiliza como una herramienta de poder para debilitar la democracia liberal desde su interior. Al sustituir el debate racional por el impacto emocional, estos movimientos confirman la fragilidad de un tiempo donde lo único sagrado parece ser el individuo y su derecho a gestionar su propia vida, incluso si en ese proceso consume su propia libertad democrática.

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