La única verdad es la lucha: los gritos de una Plaza de Mayo contra el ajuste libertario

Por: Nicolás G. Recoaro

Sin nada para festejar, miles de trabajadores, de frente a la Casa Rosada, dejaron en claro una vez más que el gran desafío sigue siendo estar de pie, para que la dignidad se imponga ante tanto desamparo.

Silvia sostiene el cartón como si fuera un escudo. Las manos de la maestra jubilada tiemblan de rabia. “Entreguistas y hambreadores go home”, dice el tatuaje a mano alzada que levanta frente a las vallas de la Casa Rosada. Toda una vida de docencia para terminar pidiendo descuento en la verdulería, mientras del otro lado del muro, el banquete libertario se sirve con cubiertos de plata. “Me achiqué y me endeudé, no me quedó otra”, mastica bronca Silvia con la vista fija en el búnker donde Manuel Adorni y Javier Milei celebran el ajuste como si fuera una fiesta privada.

La Plaza de Mayo es un hormiguero de dignidad herida. Las columnas fluyen como ríos de lava desde la 9 de Julio, Diagonal Norte, Diagonal Sur y la Avenida de Mayo rumbo al acto convocado por al CGT. Es el último jueves de abril con sol peronista, pero el aire está viciado por el humo espeso de las parrillitas que ofrecen chorizos y bondiolas como último refugio calórico antes de la tormenta. No hay nada que festejar en esta previa del 1° de Mayo; lo que hay es una batalla de sonidos donde el estruendo de los bombos intenta tapar los tres tiros que estallan en un cielo nacarado, casi indiferente a la miseria de un gobierno que desprecia el sudor ajeno.

Foto: Antonio Becerra
Foto: Antonio Becerra

En este barro de la política se estrena Andrea. Viene de Merlo con Débora, su compañera de grado, y juntas cargan con la derrota cotidiana de la escuela pública: esa trinchera que ya no es para estudiar, sino para que los pibes manoteen un plato de comida. Pusieron los últimos pesos de la SUBE para estar presentes, gritando lo que el protocolo antiprotesta no permite. “Adorni anda con su esposa en avión privado y a nosotros nos piden un esfuerzo”, dispara Andrea. Débora asiente, amargada, mirando el vallado que separa la suerte del Jefe de Gabinete de la realidad de una maestra que tiene que trabajar dos turnos y vender productos naturales para no llegar siquiera a las 800 lucas.

Foto: Antonio Becerra
Foto: Damian Dopacio / NA

Cerca de la calle Hipólito Yrigoyen, el pulso lo marcan los muchachos de Smata. Marcelo, un veterano de la ANSES, recibe el impacto de los redoblantes como si fueran las trompadas que su sueldo recibe cada mes frente a la inflación. Todo sube -la luz, el gas, el bondi- menos su dignidad salarial. Le pregunto por la justicia, por esos jueces de la Sala IV, Vincenti y Duffy, que firmaron que los laburantes ya no son «personas vulnerables». Marcelo sonríe con amargura: “Nos quieren en la lona. En la Argentina de Milei, los únicos privilegiados son los ricos”. Para Marcelo, la historia de Adorni ya tiene título: Robo para la corona.

Desde Zárate bajó Verónica con la UOCRA, el gremio de los que levantaron este país y ahora ven cómo no queda plata ni para cemento y arena. El día a día es un calvario de obras paralizadas y bolsas de trabajo que devuelven nada más que silencio. “Se la agarran con los discapacitados, con los jubilados, con los enfermos de cáncer”, dice Vero, madre soltera de cuatro pibes que intenta parar la olla con 700 lucas mensuales, lo que la piba calcula que gasta Karina Milei en peluquería por semana.

Foto: Antonio Becerra
Foto: Antonio Becerra

A pasitos de la Pirámide, Emanuel, obrero textil de San Martín, se siente a la intemperie: «Los libertarios nos dejan en pelotas». Con 39 años y dos décadas de laburo, nunca vio algo igual: importaciones que asfixian y royos de tela que duermen la siesta en galpones vacíos. “En el gobierno de Milei no se vive, apenas sobrevivimos”, dice con la mirada puesta en un horizonte donde el fantasma del despido es la única certeza.

Sobre el final de la tarde, aparece José. Viene en su silla de ruedas, combativo, como cada miércoles al Congreso. Es un jubilado disca que no baja los brazos aunque el régimen le quite la piedad. Agita una bandera que es un grito: “La patria no se vende”. José conoce la gramática de la calle mejor que cualquier burócrata de Olivos: sabe que la única verdad es la lucha y que la única batalla que se pierde es la que se abandona. Se pierde entre la multitud, mientras el sol de abril empieza a escaparse dejando a la Plaza de Mayo como el último refugio de los que todavía se atreven a pelear frente al ajuste libertario. Los que saben que la patria se defiende.

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