Corría 1931. En Argentina, el gobierno del general Agustín Pedro Justo transitaba los inicios de lo que la historia llamaría la Década Infame. En esos años, el geólogo estadounidense Charles Edwin Weaver recorrió la Cuenca Neuquina y reunió observaciones sobre las formaciones rocosas de la región. Ese trabajo terminaría publicado en 1931, cuando describió con rigor una unidad geológica a la que dio el nombre de “Vaca Muerta”, en referencia a la Sierra de la Vaca Muerta. Su potencial energético sería reconocido recién décadas más tarde. Pero ese sitio que es el futuro de la Argentina, también tiene su pasado.

Estamos en 2026. Investigadores del Museo de La Plata, perteneciente a la Universidad Nacional de La Plata y al CONICET, siguen trabajando sobre esa misma formación desde perspectivas tan distintas como complementarias, a pesar del desfinanciamiento sistemático que atraviesa la ciencia pública argentina y que impacta en sus labores.

Cuando la mayoría de las personas escucha el nombre Vaca Muerta, piensa en petróleo, gas y dólares. Pero la historia de esa formación comienza hace unos 150 millones de años, en el Jurásico Tardío, cuando en el lugar que hoy ocupan parte de Neuquén y Mendoza no había estepa ni cordillera: había un mar.

En aquella época, la fragmentación del supercontinente Pangea había dado lugar a grandes cuencas sedimentarias. La Cuenca Neuquina recibía aguas del océano Pacífico en épocas en las que la Cordillera de los Andes todavía no existía y albergaba un mar interior profundo, tranquilo con muy poco oxígeno en el fondo. Esas condiciones resultaron ser la clave de todo.

Lo que Vaca Muerta guarda desde hace 150 millones de años: mares, rocas y cocodrilos únicos

«El fitoplancton es la materia orgánica más productiva que tiene el planeta –explica Georgina Erra–. Como son millones de partículas microscópicas, tienen mayor biomasa que todos los bosques». Esas algas unicelulares y microorganismos realizaban fotosíntesis en la columna de agua, morían y se depositaban en el fondo junto con sedimentos muy finos arrastrados por las corrientes. La baja oxigenación del fondo impidió que la materia orgánica se degradara: capas y capas de ese material se fueron acumulando durante millones de años.

«Como una lluvia continua de fitoplancton muerto y sedimento muy fino, mezclados, que caen al mismo tiempo y forman una roca», aclara Javier Echevarría. Esa roca oscura, compacta e impermeable es la Formación Vaca Muerta.

Con el paso del tiempo, los movimientos tectónicos fueron enterrando esas capas a grandes profundidades. La presión y la temperatura hicieron el resto. Georgina dice que «es como una torta: tiempo, presión y temperatura justos. No podés apurarla subiendo el fuego porque se quema; si falta queda cruda. En el horno de tu cocina son 40 minutos. En el horno geológico son millones de años». Según la materia orgánica original y el grado de esa cocción, el resultado es petróleo, gas, o ambos.

Lo que Vaca Muerta guarda desde hace 150 millones de años: mares, rocas y cocodrilos únicos

Atrapado entre las rocas

En los yacimientos convencionales, el petróleo migra hacia rocas más porosas, donde queda atrapado y puede extraerse con métodos relativamente simples. En Vaca Muerta, en cambio,  parte de los hidrocarburos quedaron contenidos dentro de la propia roca generadora, casi impermeable, convirtiéndolo en un yacimiento «no convencional». Y hace necesaria la fracturación hidráulica (el fracking) para crear artificialmente la porosidad para extracción.

«La roca generadora no expulsó el petróleo; quedó atrapado ahí», sintetiza Erra. La misma roca que lo generó lo retiene. Una paradoja geológica que, traducida en términos económicos, equivale a millones de dólares en reservas, pero con los riesgos ambientales del fracking: desde 2018 el Observatorio de Sismicidad registró más de 500 sismos de diversas magnitudes.

Lo que Vaca Muerta guarda desde hace 150 millones de años: mares, rocas y cocodrilos únicos

En ese mar jurásico no solo habitaba fitoplancton. También había invertebrados, peces, reptiles marinos y organismos que hoy solo conocemos a través de sus fósiles. Yanina Herrera trabaja con uno de los grupos más extraordinarios: los thalattosuchios, cocodrilos marinos que existieron únicamente durante el Mesozoico y cuyo registro en Argentina proviene casi exclusivamente de Vaca Muerta.

Son animales que desafían cualquier imagen que se tenga de un cocodrilo. No tienen los miembros anteriores como los cocodrilos actuales, sino que tienen aletas y una cola pisciforme. Vivieron toda su vida en el mar abierto. «No hay nada parecido hoy para comparar –dice Herrera–. Cuando querés estudiar cómo podría haber nadado o comido, no tenés un equivalente vivo».

Uno de los fósiles de estos cocodrilos que hoy se conserva en Neuquén ofrece una imagen que sintetiza como pocas la historia geológica de la formación. Cuando fue encontrado, le salía petróleo por el hocico. El animal había quedado encerrado, millones de años atrás, en la misma roca que cocinaría su materia orgánica junto a la del fitoplancton. La imagen vale para ilustrar lo que pasa cuando abrís una roca de Vaca Muerta, ese yacimiento que suena a salvación y que tiene un enorme pasado. Así grafica Echevarría el accionar con la piedra: «Las rompés y tienen olor a nafta».

Vaca Muerta y los yacimientos asociados

El conocimiento científico sobre Vaca Muerta no fue construido de una vez ni por una sola institución. Es el resultado de más de un siglo de trabajos de geólogos, paleontólogos, sedimentólogos y especialistas en tectónica que fueron aportando cada uno desde su disciplina, sin que ninguno supiera, necesariamente, que estaba construyendo el mapa de un yacimiento estratégico.

«Los fósiles son muy útiles para datar las rocas», explica Echevarría. «Si yo sé que en determinada edad geológica, en la Cuenca Neuquina, se estaba generando petróleo, y encuentro ese fósil en otro lugar, hay altas chances de que también haya un yacimiento asociado«. Lo que parece una investigación puramente académica sobre la evolución de un grupo de bivalvos se convierte, sin proponérselo, en una herramienta de exploración.

Lo que Vaca Muerta guarda desde hace 150 millones de años: mares, rocas y cocodrilos únicos

Georgina Erra recuerda el caso de su primer becario doctoral que estudiaba petrología orgánica en otra formación muy anterior en el tiempo a Vaca Muerta. «Nos dimos cuenta estudiando que esto es igual a Vaca Muerta. A pesar de que hay millones de años de diferencia, el ambiente era el mismo, la materia orgánica era muy similar. Lo que hacía falta era un poco más de presión y temperatura para que largara el petróleo». Este hallazgo abre preguntas sobre otros sitios donde podrían repetirse condiciones similares.

Para graficar cómo funciona la ciencia básica, Erra usa la analogía de las ondas de radio. Las descubrieron mucho antes de que existiera la radio. Marconi vio el potencial comercial después. Primero el conocimiento, después la aplicación.

Lo que el pasado le dice al presente: cambio climático y extinciones

El estudio de Vaca Muerta no tiene únicamente valor energético ni paleontológico. El registro geológico preservado en esa formación funciona también como un archivo climático. Las condiciones que generaron la acumulación de materia orgánica, aguas cálidas, baja oxigenación y aumento de temperatura, tienen paralelos inquietantes con procesos que los científicos observan en los océanos actuales.

«El registro fósil nos da millones de años preservados, que es lo que nos falta en los aspectos históricos recientes», explica Echevarría. «Hay trabajos que comparan extinciones del pasado para ver si estamos yendo en un camino similar a una extinción en masa«.

Lo que Vaca Muerta guarda desde hace 150 millones de años: mares, rocas y cocodrilos únicos

Durante el Mesozoico, los aumentos de temperatura estuvieron asociados a la expansión de zonas sin oxígeno que provocaron extinciones masivas de fauna marina. «Si el calentamiento global aumenta, es factible que se empiecen a generar esos eventos. Las recuperaciones faunísticas llevan tiempo. Una extinción en masa puede afectarnos más de lo que pensamos«.

La paleopalinología también permite trazar ciclos climáticos. «Podés ver curvas de momentos de más calor, de menos calor, de mayor humedad, de mayor sequía –describe Erra–. Y podés compararlos con los actuales. Podés marcar una tendencia».

Sin ciencia básica no hay futuro

«La ciencia básica, más allá de que no tiene un objetivo comercial, nunca sabés cómo se va a poder aplicar después«, dice Echevarría. El conocimiento acumulado sobre Vaca Muerta durante más de un siglo y que hoy sostiene uno de los yacimientos no convencionales más grandes del mundo es, en gran medida, el resultado de investigaciones que en su momento no tenían ningún propósito extractivo.

«Todo el conocimiento es una herramienta que queda disponible», sintetiza Georgina Erra. «Alguien hoy lo puede usar y quizás no nos damos cuenta, pero el futuro lo puede usar. Generar conocimiento es algo que hay que promover. No importa si son ciencias exactas, naturales o sociales».

Lo que Vaca Muerta guarda desde hace 150 millones de años: mares, rocas y cocodrilos únicos

Yanina Herrera lo lleva al plano cotidiano: «Todos los chicos pasan por una etapa en la que les gustan los dinosaurios. Para que haya un museo, para que haya fósiles que cuenten una historia, no alcanza con sacarlos y ponerlos en una vitrina. Tiene que haber alguien que los estudie. Eso lo hacemos nosotros«.

Mientras tanto, en algún lugar de la Cuenca Neuquina, un cráneo de un metro de largo que perteneció a un ictiosaurio (gigante reptil marino), aún espera tapado bajo tierra a que haya presupuesto para sacarlo, frente al recorte del Gobierno que afectó a este y a otros miles de trabajos científicos. El horno geológico «cocinó» esos huesos durante 150 millones de años. A La Libertad Avanza le llevó apenas un par de años quitar los fondos para desenterrarlo.«