Murió David Hockney. El maestro británico de los anteojitos redondos, el pequeño gran hombre que mejor entendió el artificio pop de la Costa Oeste estadounidense, dejó este mundo texturado ayer viernes para mudarse definitivamente a sus lienzos. Tenía 88 años.
En sus pinturas, Hockney inventó un paisaje que no existía, un erotismo de acrílico y geometría que transformó a Los Ángeles en el gran fetiche del siglo XX. Desde hace varios meses, esa misma ciudad que pintó como un oasis de líneas limpias amanece blindada por los camiones de los marines, herida por la xenofobia institucional y sitiada por el espanto de la ICE. Y ahora también inundada por el turismo mundialista que devora todo a su paso.

El año pasado pude perderme en el museo LACMA californiano. Fue quedar cara a cara con la cartografía mental de Hockney y ese cuadro descomunal que funciona como el verdadero sistema nervioso de la ciudad desangelada: Mulholland Drive: The Road to the Studio. Seis metros de ancho de color angelino que no son una postal estática, sino una experiencia kinética, un viaje sinuoso por las entrañas de las colinas de Hollywood.
En ese mapa de acrílico conviven los verdes eléctricos de los cañones, los naranjas rabiosos del desierto, las cuadrículas azules de las barriadas y las líneas curvas que muerden las calles. Una radiografía emocional de LA que Hockney pintó de memoria, sin bocetos, recreando el camino diario desde su casa hasta su taller. Esa lona monumental opera en el museo como un manifiesto de resistencia estética: frente a la uniformidad grisácea y marcial que la ICE quiere imponer en California, Hockney deja un manifiesto hipercolorido de una city que se niega a ser domesticada por los Robocops trumpistas.
Hay otros cuadros de Hockney que también salpican, como El gran splash, donde capturó la paradoja definitiva del paisaje californiano: el instante exacto en que un cuerpo rompe la superficie del agua quieta de una pileta. Dejate caer: el trampolín amarillo rabioso, la arquitectura de líneas limpias de una casa modernista, las palmeras recortadas contra un cielo de un azul plano, absoluto, y de golpe, ese torbellino blanco en el centro, ese desparramo de espuma que quiebra la monotonía del cristal líquido. El splash es el rastro de una presencia que ya no está, el estallido de la vida humana que altera el orden perfecto, higiénico y artificial del suburbio.
Salí del museo y me fui para Koreatown. Con los helicópteros patrullando el cielo de la barriada y las piletas de Beverly Hills blindadas por el pánico de los ricos, ese splash se resignifica con la fuerza de un piedrazo. Ya no es solo el juego de un burgués aburrido bajo el sol; es el eco de una irrupción plebeya, la imagen de las barriadas latinas rompiendo la calma mentirosa de la opulencia WASP a fuerza de dignidad y organización comunitaria. El agua salpica el lienzo de la historia y avisa que la quietud siempre puede ser explotada por un salto.
“Lo más importante es saber atravesar el fuego”, decía Charles Bukowski, pluma filosa de esta ciudad desangelada: Los Ángeles del infierno. Los ejércitos de la noche trumpista están hambrientos, quieren sangre y van a morder. Sus escopetas escupen balas de odio antimigrante. Protestas vi el año pasado y la fortaleza de la ICE grafiteada. En la fachada, alguien tatuó con aerosol duras verdades: “Cuando la tiranía se convierte en ley, la rebelión se convierte en deber”.

De otras tragedias angelinas aprendí en el LACMA, donde además de Hockney brilla la memoria de las periferias de LA. A pasitos de la obra de la bestia pop Hockney pude ver el cuadro Burn Baby Burn del chileno Roberto Matta, una obra gigante que retrata los disturbios raciales de Watts del ’65. La pintura dialoga en secreto con el legado de Hockney: mientras el británico pintaba el deseo de la superficie y la luz refractada, Matta ponía el cuerpo en el incendio del subsuelo. Dos caras de la misma moneda angelina.
Queda flotando en el aire denso de California la última gran lección del viejo pintor. Hockney demostró que el verdadero arte nunca es cómplice de la parálisis ni de la gris uniformidad de los reaccionarios. Una barricada de luz contra el fascismo.
