Maltratados por la vida. En el fondo. Arrastrándose como un globo pinchado y pretendiendo que alguien los entienda. Así están los personajes de Miembro fantasma (editorial Páginas de espuma), el tan esperado libro de cuentos de la reconocida autora uruguaya Fernanda Trías. Ganadora dos veces del Premio Sor Juana por las novelas El monte de las furias (2025) y Mugre Rosa (2020), la también traductora y docente discípula de Mario Levrero demuestra nuevamente su habilidad para concebir historias cortas —No soñarás flores (2016) fue su primer y último libro de narrativa breve— a partir del foco central en el personaje y el mundo que traen y eligen mostrar. Un personaje es un mundo.
Ninguno de los protagonistas de estos diez cuentos está definido del todo. De hecho, el primero de ellos se titula “Personaje en construcción”. Allí un escritor escribe sobre un personaje escritor (“Señor escritor”) y sus identidades se confunden y se mezclan. Al final ni uno ni otro se dan por terminados. No tienen fin. En palabras del poeta Walt Whitman, se puede decir que son personajes “inmensos,” contienen multitudes.

En ellos habitan quienes fueron y ya no son; quienes se creyeron ser; lo que otros se inventaron de ellos; lo que dejaron atrás; lo que la vida por inercia los llevó a ser; los otros personajes que se cruzaron y sirvieron de espejos; lo que dejaron en otra ciudad o en un amor; lo que una enfermedad hizo con ellos. Estas identidades deambulan, presentes o ausentes, como miembros fantasmas detrás de la conciencia de los personajes o en su vida diaria.
Los cuentos de Miembro fantasma
En el cuento que le da nombre a este volumen la voz de un superviviente y exiliado de la dictadura en Montevideo narra el recuerdo de su historia en monólogo a un oyente que al principio se mantiene en secreto —una incógnita que da suspenso y al final su revelación lo cambia todo— y le explica el síndrome de miembro fantasma:
“¿Le cuento un dato curioso? Mi madre puede sentir el pie amputado igual que antes en la operación. Al menos eso dice ella. Puede moverlo, dice, y hasta siente agujas invisibles. Le duele. Le duele horriblemente. ¡Dígame si la vida no es miserable! Le sacaron el pie, pero no pudieron amputarle el dolor. Los médicos tienen un nombre para eso, ¿sabe? Miembro fantasma. Es como un engaño del cerebro, imagínese, una red de nervios que siguen enviando señales de algo que ya no existe”.
Lo que explica también es su propio dolor y la metáfora que se despliega de todas las formas posibles en los otros cuentos, un hilo de sentido perfecto que los recorre. ¿Quién fue antes, cuando estaban los “lagartos”? ¿Quién es ahora, que no se siente en ningún lado? ¿Por qué no puede volver del todo?

“Miembro fantasma” está hilvanado a “Ciclón”, otro de los mejores cuentos del libro. Los dos parecen espejados, como si los protagonistas se miraran, en su dolor y odio, desde sus universos totalmente opuestos. El ejercicio tortuoso de la memoria y la consecuente ficcionalización de aquello que deja afuera el olvido también se replican en la historia de Myriam y su amiga de la infancia Ana María Andrade, ahora famosa novelista. La muerte inminente de esta última y la posible pérdida hacen que se proponga un reencuentro después de muchos años de distancia, luego de que el libro en el que la autora supuestamente tergiversó los hechos creando un romance entre las dos las haya separado.
Ana María también es Úrsula, su nombre artístico. “Todos somos creación de alguien más”, sentencia el cuento. Úrsula fue matando a Ana María. Myriam también se desdobla. Es Cristina en la ficción de la autora y en su propia vida no sabe quién es realmente: “Siempre fingiendo ser la persona que acomodara al otro, como una gelatina sin molde”. Es muchas, pero no es ninguna.
“No eres lo que hiciste, sino lo que hagas de ahora en más”, enseña el Jefe del centro de tratamiento contra la adicción al alcohol en “Si el mundo dejara de hacer lo que hace”, el quinto cuento. En ese espacio están Emilia y Julio, que también se llama a sí mismo el “Anónimo”: entre el personaje sobrio futuro que deben construir de ellos mismos, el olvido de quienes fueron y la presencia del doloroso pasado en los recién llegados al centro.

El alcoholismo también es otro tema que se replica en varios cuentos de Miembro fantasma. Es otra forma de dolor y pérdida. Una anestesia de la cual los personajes dependen para sentir, aunque en realidad no la haya, que hay salida. Esa ficción es la huída. La falta de salida y la claustrofobia, que también aparecen en los primeros cuentos como un calor insoportable, recuerda a la primera novela de Trías, La azotea (2001), que transcurre en el interior de un departamento asfixiante donde la terraza funciona como bocanada de aire.
La gris y melancólica Montevideo también es la causante de esta asfixia, como lo fue en la obra de Juan Carlos Onetti —la ficticia,alienante y sórdida Santa María—y Mario Levrero.
Será que con un pedazo de Montevideo nacen los personajes vastos de Miembro fantasma, arrastrando sus multitudes, pérdidas, dolores y todas las capas que llevan dentro. No terminan los personajes de Trías: se replican en otros y otros personajes. Tampoco terminan sus cuentos, de finales abiertos, de mecanismos narrativos infinitos. Tampoco termina la prolífica obra de Fernanda Trías. “El límite es. El cielo. El límite es. El cielo”, dice el final del primer cuento de Miembro fantasma.