El mundo de las ideas perdió a su detective más agudo y libre. Carlo Ginzburg, el gran maestro de la microhistoria, falleció a los 87 años en Bolonia. Innovatore precoce, studioso profondo ed eclettico, sus investigaciones sobre la brujería y las creencias populares dejaron una huella imborrable mucho antes de que la disciplina fuera teorizada como el análisis experimental de casos diminutos. Traducido a más de 30 lenguas, Ginzburg demostró que los fragmentos olvidados del pasado podían iluminar las estructuras más complejas de la macrohistoria.
Su biografía estuvo marcada por los traumas del por demás corto y demasiado sangriente siglo XX. Nacido en Turín en 1939, fue hijo de Leone Ginzburg, intelectual y prócer del antifascismo asesinado por los nazis en 1944, y de la inmensa escritora Natalia Ginzburg. Su condición de judío perseguido funcionó como un motor invisible. Como declaró en sus visitas a Buenos Aires: “Mi identificación con las víctimas era emocional, pero me interesaba contar el proceso desde las clases subalternas”.
A los 20 años, frente a una librería, tomó la decisión espontánea de investigar el sabbat de las brujas desde el lado de las víctimas. A los 27 publicó I benandanti (1966). Investigando actas de la Inquisición en el Friuli, desentrañó cómo los jueces forzaron los testimonios de cultos agrarios populares hasta encajarlos en sus propios esquemas de pactos demoníacos. Nacía su faro metodológico: “leer los documentos contra las intenciones de quien los ha producido”. La Historia a contrapelo.

Su hito definitivo fue El queso y los gusanos (1976) -si no lo leyeron, vayan volando a la librería amiga-. En este clásico de clásicos de la Historia, Ginzburg rescató del anonimato a Menocchio, un molinero condenado a la hoguera en 1599. Menocchio desafió a los teólogos postulando que el universo nació de un caos primordial, como el queso se hace con la leche, y del cual surgieron gusanos que terminaron siendo los ángeles. Ese «big bang lácteo» respondía a un filón autónomo de radicalismo agrario y cultura oral. Don Ginzburg nos demuestra que la Historia vista a pequeña escala puede explicar una historia mayor.
El padre de la microhistoria cruzó fronteras y enseñó en la gringa UCLA y en la Normal de Pisa. Progresista de carne y hueso, abandonó la editorial Einaudi cuando el derechoso Silvio Berlusconi asumió su control. En sus últimos años de producción intelectual, reflejados en libros como Una historia sin final (publicado en la Argentina por Ampersand), exploró con minuciosidad los diálogos potenciales entre las imágenes y las palabras.

En sus visitas a la Argentina, recibió el doctorado Honoris Causa por la UBA y la UNSAM. Rechazó el escepticismo posmoderno que reduce la Historia a un mero relato de ficción, insistiendo en que el historiador debe someterse siempre a las pruebas de la realidad y al criterio de lo verdadero y lo falso. También advirtió sobre los peligros de los discursos de odio del oscuro presente inquisidor: “Decir que es siempre lo mismo no sirve, hay que estudiar por qué un país identifica a un enemigo con los inmigrantes”.
A Ginzburg le gustaba decir que la Historia no es una fortaleza, sino un aeropuerto desde el cual despegar hacia rumbos imprevistos. Sus libros seguirán siendo una trinchera contra el olvido y una pista de despegue siempre abierta. Ciao, Carlo. Buen viaje.
