Año 1988. Villa La Jabonera. Laferrere, Partido de La Matanza.

–Allá… los penales se patean allá, en aquel arco.

Los dos grupos se ponen de acuerdo y el pequeño con la diez en la espalda se acerca a su primo y capitán de su equipo.

–Dejame el último a mí que yo lo cocino.

Garrafa Sánchez es flaquito y despeinado, tiene 14 años y juega contra los de 18.

Pide el penal más caliente porque sabe que le sobra cuero. Se para frente a un muchacho que defiende el arco de Villa Diamante y lo mira, pone sus manos en la cintura, gesto que copió de su padre y carnet de calidad que sólo tienen los que saben con la pelota. Define al otro palo de donde se arroja de cabeza el arquero. La gente que rodea en semicírculo el punto del penal salta y lo abraza. Villa La Jabonera se quedará con la final interbarrial y el lechón de premio.

Nacido en La Matanza, Laferrere, en 1974, este pibito delgado y brazos fornidos apareció por la zona para sembrar magia.

El camión de garrafas de su viejo lo ubica en el asiento de acompañante.

–Algún día, este camión va a ser tuyo, José, no llegues más tarde, la gente necesita cocinar hoy y el reparto se tiene que hacer puntual–. Garrafa mira a su padre que lo reta como a un niño. 

Él sabe que ese camión no es su destino. Él sabe que si hay un camino por seguir será donde lo lleve el fútbol.

Los torneos de barrio lo aplauden, los contrarios le quieren arrancar la cabeza. Equilibrista de lo áspero. Los gambetea de más, en exceso, y algunos partidos terminan cuando se desenfunda algún fierro.

Es 1993 y debuta con 19 años. La descose y la hinchada de Laferrere al final de la temporada se enamora profundamente y lo hace bandera: “Garrafa y vino”.

Él juega para la tribuna. Sin ellos se aburre. Espera el “Ooole” que nace de los tablones. Diálogo sin palabras, solo sonidos y un hombrecito moviéndose detrás de una pelota.

Mago de barrio, magia de barro.

–Mientras todos juegan al fútbol, Él juega a la pelota–, sintetiza un vecino en patas, que en cualquier universidad si existiera la materia «potreros» podría dar cátedra.

En el año 97 lo despiden de Laferrere con abrazos y una cena cargada de emoción.

Garrafa, en el umbral de la puerta del club, promete volver algún día.

–»Lafe» es tu casa–, gritan y lagrimean los hinchas más fieros del conurbano al final de un arroz con pollo para 800 personas.

El Porvenir le da para que luzca la 10. Lo llenan de afecto y él les paga ascendiéndolos al Nacional B y siendo el jugador revelación del torneo.

Otra vez su nombre es bandera, pegada al Edipo de algún barra: «El Porve, mi vieja y Garrafa».

Llega el año 2000 y desembarca en Banfield, el club en el que más brilló.

El populoso barrio de Lomas de Zamora, al sur del gran Buenos Aires, se entusiasma.

La gente copa la cancha para verlo jugar. El boca en boca habla de un pelado habilidoso y guapo dentro de la cancha.

Garrafa confirma esos rumores en 90 minutos y como no entiende de presiones, a cancha llena, vuelve a ser figura. Les regala para ellos solos piruetas y gambetas que escasean en Primera.

La pide y la tiene cuando nadie la quiere. Bajo la suela, usando los brazos, la guarda, la esconde. No respeta camisetas históricas ni a equipos de renombre, caños para todos y la gente del Taladro se venga de los grandes mediante él.

Pero a Garrafa le tira el barrio, la moto y los asados después del torneo intervillas. El Garrafa nació para el fútbol. A él le gusta jugar a la pelota.

En el año 2005 vuelve a su primer amor.

La cancha de Laferrere lo recibe con bombas de estruendo y decenas de banderas con su cara y su apodo en potente ceremonia ritual. La gente humilde de Lafe le reconoce que pudiendo elegir clubes de Primera A como River, Boca o Independiente los haya elegido a ellos. Como esa piba que en el baile creyéndose más fea, es sacada a bailar por el más guapo.

Arroz con pollo. Animal sin domesticar.

¿Garrafa volvió para despedirse? Quién sabe.

Un año más tarde se oscurece su mundo y el de la gente que lo quiere.

A las 16:30 del 6 de enero de 2006 agarra la moto. Va hasta la esquina y gira en círculo de cara a su casa. Aprieta el acelerador y hace una pirueta conocida por él. La pone en una rueda y nadie sabe cómo pierde el control. Enfrente de su casa se va para atrás. Pega con la cabeza en el asfalto. El grito de los vecinos avisa a su madre. Ella sale, se tapa la cara con las dos manos y sin tocarlo se arrodilla a su lado.

El 8 de enero, luego de dos días de terapia intensiva, el Garrafa se va de su cuerpo.

Miles de personas, sí, miles, desfilan frente al cajón para ofrendarle flores y el agua de sus ojos.

Lo lloran los de abajo.

El oeste del conurbano bonaerense se entristece.Todos los kioscos de Villa La Jabonera se quedan sin velas. Esa noche en cada rancho se las enciende para ayudar a que su alma descanse en paz.

El poeta y escritor Alejandro Dolina, con un nudo en la garganta, arranca esa madrugada su programa radial con estas palabras:

–Garrafa fue el jugador que elegimos para querer, hoy nos duele el corazón.

La banda de Lafe, al partido siguiente, entra sonando más de 20 bombos y estos monos que nunca lloran, llorando atan las banderas. Y en la esquina de la cancha aparece un mural con su imagen y las siguientes palabras:

GARRAFA, TE LO JURO, NO TE VAMOS A OLVIDAR.

La Matanza. Laferrere. Villa La Jabonera.

Amor, con amor se paga.