Es una obra especial. Sutil. La trama es simple, pero deja volar la imaginación: hay un mago que se está muriendo. Debe operarse de urgencia. Tras la anestesia total surgen sueños de todo tipo, que van desde la intimidad de su oficio y la lucha por librarse de los trucos hasta aquellos momentos que le negaron la posibilidad de creer en la magia. Tiene ahora una oportunidad: su propia muerte puede ser el único momento mágico de su existencia. A 15 años de su estreno, la obra, creación de Osqui Guzmán, El centésimo mono, vuelve. La semana pasada arrancó su undécima temporada. Esta vez en Timbre 4, en Boedo.
“Estamos muy emocionados. No pensamos en principio que iba a durar tanto tiempo y que el público la iba a acompañar con tanta devoción. Hay gente que vino a ver la obra más de siete veces. Me han pasado cosas extraordinarias en todo este tiempo. Hasta vinieron de la televisión china a hacer un documental sobre la obra”, comenta Osqui Guzmán, dramaturgo y director de esta pieza. “Pasaron cosas insólitas. La revista Genii, la revista de magia más importante de Estados Unidos, le dedicó cuatro páginas a la obra, cosa que no hace ni con un espectáculo de David Copperfield. O una pareja española que vio la obra estando de viaje, mientras ella estaba embarazada, y cuando volvieron le pusieron a su hija el nombre de uno de los personajes de la obra. También una vez uno de los mejores magos del mundo, Juan Tamariz, llamó para decir que venía a ver la obra. Y junto a él vinieron magos del resto de Latinoamérica. Estábamos muy confiados en todo el trabajo que hicimos, pero nunca pensamos que iba a ser seguida con tanta devoción”.
Muchas veces las sorpresas llegan en el mundo del teatro y este fue uno de esos casos. “Nunca pensamos que el público iba a llenar la sala tantas veces durante tanto tiempo y con giras por el país. Estamos muy felices de poder decir que la obra sigue viva, sigue en pie y sigue dejando en el público esa especie de conmoción extraña que genera la mezcla entre ambas artes: el teatro y la magia”.
Destacada por la crítica especializada por su búsqueda experimental y el riesgo que eso conlleva, es una pieza que muestra que, tras un largo proceso de creación e investigación, al margen de cualquier especulación comercial, es posible proponerle al espectador una poética innovadora, que invita al descubrimiento de una zona no frecuentada por el teatro de estas características. “Es una obra que tiene algo en el planteo dramático que atrae. Es como un truco que busca sorprender. Hay algo que está ligado al misterio, a lo desconocido. También, al tratarse de alguien entre la vida y la muerte, uno está mirando al que hace aparecer y desaparecer, al que desaparece y al que aparece por otro lado, todo eso que sucede en la acción. Y todo habla de la muerte”.

Como director buscó darle fuerza a las actuaciones. Exigió como le gusta que le exijan. “Me gusta la frase que dice: ‘De esta vida no nos vamos a llevar nada’. Entonces hay que dejarlo todo. Eso es lo que hacen los magos. Lo dejan todo. Los espectadores se sienten tocados y la historia los invita a reflexionar acerca de este tema”, admite Guzmán.
Una vez, después de una función, vino una señora grande y le dijo con una sonrisa que ya sabía cómo quería irse de este mundo. “Me encantó. La obra tiene que ver con eso. Tiene que ver con la importancia de dejarlo todo en esta vida. Hasta el último minuto, hasta el último segundo”. El autor les pide a los espectadores que se vuelvan tan crédulos como cuando eran niños.
Osqui y El Bululú
Este espectáculo es, según Guzmán, una continuidad de El Bululú, su exitoso unipersonal. “En El Bululú hablo de mi padre, de cómo me dejó de hablar durante tres años cuando empecé a hacer teatro. Pero después, cuando me vio en el conservatorio, se convenció y estaba siempre al pie del escenario, aplaudiendo de pie y sonriendo. Cuando murió sentí el impulso de reflexionar sobre la muerte. Él nunca iba al médico y siempre decía que cuando tuviera que ir a un hospital ya no saldría. Y así fue”, recuerda el también actor.
De hecho, uno de los textos de la obra es algo que le dijo el doctor de su padre. “Me dijo: ‘Si no operamos, puede que no viva. Aunque si operamos también puede que no viva’. O sea, era una especie de mago diciendo ‘puede fallar’. Es un truco mortal, puede fallar. Y se me dio por ponerme a reflexionar sobre la muerte y la magia. Y así fue. El arte nos permite enfrentarnos a las preguntas que la vida nos somete, exponerlas y transformarlas de manera creativa en un mensaje y una experiencia compartida”.

El teatro es para Osqui Guzmán, en estos tiempos, un acto de resistencia y lucha. “Resistencia al decir ‘vamos a seguir haciendo teatro’, y es lucha cuando nos ponemos activos para que nos vaya bien, dando lo mejor y hablando de teatro todo el tiempo. La falta de financiamiento de la cultura y de la educación es algo horrible. Sobre todo cuando también te das cuenta de que es un plan de acción: no aportar a la educación, a la salud y a la cultura va en desmedro de la población. No es solo crueldad, deja de ser solo maldad. Ya no es tan infantil. Es un plan de acción que no permite el crecimiento de nuestro pueblo y lo quiere sumir en la ignorancia y en la desdicha”.
Tuvo el año pasado un episodio muy feo con un policía que lo atacó en la vía pública, insultándolo en un claro acto racista, algo que denunció. Pero entiende que hay un clima represivo que impone el gobierno actual. “En estos planes de sumir al pueblo en la ignorancia y en la desidia, no se puede sostener nada sin represión y sin violencia. Entonces, para este plan es necesario instalar un clima de violencia de arriba hacia abajo. Desde las instituciones gobernantes y de la policía se mete en las escuelas. O sea, lo que llaman teoría del derrame, bueno, en realidad derrama violencia, no riqueza. No derrama bienestar ni beneficio económico, solo control de los de arriba hacia los de abajo. Entonces por eso tenemos este clima, que llamamos clima de época, donde la gente se trata mal, a nadie le interesa el otro, donde todos creen que está habilitado decir lo que piensan sin medir las consecuencias, sin importar que pueden herir al otro. Represión para un pueblo ignorante, sin salud, sin teatro, sin cine, sin universidad”.
Pero la creatividad es nuestro fuerte, según Osqui. “Hay ejemplos sobrados. El teatro independiente es el que genera la variedad en la cartelera porteña. El teatro comercial más o menos se mueve por los mismos carriles de siempre. Pero el teatro independiente es el que marca el rumbo de crecimiento de nuestra cultura, porque es el que interpela a nuestro pueblo, interviene en su comunidad y lo hace representándola estéticamente, pero al mismo tiempo deconstruyéndola. Por eso la gente sigue yendo y llena la sala: son obras de absoluta deconstrucción estética. Y siempre proponiendo, siempre hay algo en contra de lo establecido. Siempre hay algo diferente. Ese es nuestro valor, elementos que comulgan con el espectador inquieto que nos sigue. Si hay muchos artistas, es porque hay mucho público”, opina.
Le esperan dos meses con esta pieza. Es la temporada de despedida. “Estamos armando una nueva obra. Porque ahí está la clave: seguir creando ante la destrucción”.
El centésimo mono
Escrito y dirigido por Osqui Guzmán. Con Marcelo Goobar, Pablo Kusnetzoff y Emanuel Zaldúa. Viernes a las 20.30 en Timbre 4, México 3554 (CABA).