Hay artistas que llegan a una edad en la que cada disco nuevo parece justificar su existencia antes incluso de sonar. No alcanza con grabar canciones: hace falta una idea, una razón para volver a ocupar un lugar en una conversación que ellos mismos ayudaron a fundar décadas atrás. Bob Dylan encontró esa razón en las meditaciones históricas y mortuorias de Rough and Rowdy Ways. Bruce Springsteen la buscó en la relectura amorosa del soul y el rhythm and blues que moldearon su formación. Paul McCartney, a los 83 años, la encontró en Liverpool.
Desde el título mismo, The Boys of Dungeon Lane se presenta como un regreso a los años previos a la beatlemanía. Dungeon Lane es la calle donde transcurrió parte de la infancia de McCartney, y la promoción del álbum insistió en esa dirección: el primer adelanto se estrenó en la radio local de Merseyside antes que en las plataformas globales, como si el músico más famoso del planeta quisiera volver a hablarle primero a su barrio.
La idea llega además en un momento particular de su trayectoria. En los últimos años McCartney pareció decidido a ordenar su propia memoria. Participó activamente en la revisión de Let It Be, completó aquella canción inconclusa que sobrevivía de las sesiones de reunión de los Beatles en los años noventa y reivindicó la historia de Wings mediante un documental que buscó corregir viejos prejuicios críticos. En ese contexto, un disco atravesado por recuerdos personales podría interpretarse como una nueva estación de ese viaje retrospectivo.

Sin embargo, The Boys of Dungeon Lane está lejos de ser un álbum conceptual. La evocación autobiográfica funciona más como punto de partida que como programa estético. McCartney nunca fue un compositor disciplinado en el sentido temático: incluso en sus trabajos más cohesionados siempre aparece la tentación de desviarse hacia territorios inesperados.
Así ocurre aquí. «Mountain Top», por ejemplo, abandona cualquier intención memorialista para narrar la experiencia psicodélica de una joven en Glastonbury. La canción combina clavecines, efectos vocales y un espíritu juguetón que remite a las aventuras más coloridas del pop británico de los años sesenta. El productor Andrew Watt aprovecha la ocasión para poblar el arreglo de texturas y trucos de estudio que dialogan abiertamente con el legado beatle.
Tampoco faltan las inclinaciones más tradicionales de McCartney. «Life Can Be Hard» recupera esa veta melódica asociada al viejo cancionero popular estadounidense, la misma que en otros tiempos provocó las burlas de John Lennon y que hoy suena menos anticuada que entrañable. Hay ecos de music hall, de Tin Pan Alley y hasta de jazz de Nueva Orleans, integrados con una naturalidad que solo parece posible en alguien que lleva más de seis décadas escribiendo canciones.

Pero el verdadero centro de gravedad del álbum aparece cuando McCartney vuelve sobre su propia historia. No porque revele secretos ni porque pretenda corregir la versión oficial de los hechos, sino porque observa el pasado con una mezcla de distancia y afecto. Su voz, más frágil y áspera que en otros tiempos, juega a favor de esas canciones. Allí donde alguna vez pudo verse una limitación física, surge ahora una herramienta expresiva. Cada frase recuerda que quien canta atravesó una vida extraordinaria y que los recuerdos que describe pertenecen a un mundo cada vez más lejano.
«As You Lie There» reconstruye un viejo amor no correspondido sobre una estructura que parece dialogar con el sonido de Wings. «Salesman Saint» recupera las dificultades económicas de sus padres y desemboca en un inesperado pasaje de swing. «Down South» recuerda viajes compartidos con George Harrison antes de que la historia los transformara en figuras míticas. El tono es siempre sobrio. No hay monumentos ni épica retrospectiva. Apenas escenas mínimas que adquieren valor porque quien las cuenta es consciente de la distancia temporal que las separa del presente.
Entre los momentos más logrados aparece «Home to Us», el dueto con Ringo Starr. Más que una reunión histórica, la canción transmite el placer evidente de dos viejos compañeros disfrutando todavía del acto de tocar juntos. Ese entusiasmo resulta contagioso.

Como ocurre en casi todos los discos tardíos de McCartney, hay canciones menos inspiradas y algunas ideas que no terminan de desarrollarse. Pero el conjunto posee una cohesión y una determinación poco frecuentes en buena parte de su producción reciente. Quizás la conciencia del tiempo haya tenido algo que ver. Quizás, a los 83 años, cada nuevo álbum se convierta inevitablemente en una declaración de principios.
Sea como fuere, The Boys of Dungeon Lane encuentra a McCartney haciendo algo que pocos artistas de su generación consiguen: mirar hacia atrás sin quedar atrapado en la nostalgia. Más que un ejercicio de memoria, el disco funciona como una confirmación. La de un compositor que sigue encontrando melodías memorables allí donde otros apenas encuentran recuerdos.
Paul McCartney – The Boys of Dungeon Lane
- «As You Lie There»
- «Lost Horizon»
- «Days We Left Behind»
- «Ripples in a Pond»
- «Mountain Top»
- «Down South»
- «We Two»
- «Come Inside»
- «Never Know»
- «Home to Us»
- «Life Can Be Hard»
- «First Star of the Night»
- «Salesman Saint»
- «Momma Gets By»