Ni el entonces presidente Eduardo Duhalde, ni su secretario general de la Presidencia Aníbal Fernández, ni el entonces ministro de Justicia radical Jorge Vanossi, ni su Secretario de Seguridad Juan José Álvarez, ni el ex gobernador Felipe Solá ni su ministro de Seguridad radical Luis Genoud, pagaron jamás por el criminal operativo represivo que el 26 de junio de 2002 finalizó con el asesinato político de los dirigentes piqueteros Darío Santillán y Maxi Kosteki. Los autores materiales, el comisario de la bonaerense Alfredo Fanchiotti, condenado a cadena perpetua, pide su libertad condicional. El cabo Alejandro Acosta ya goza, aunque parezca mentira, de ese beneficio.
El plan represivo de Duhalde y Solá se propuso clausurar el proceso abierto por la rebelión popular de 2001. Principal protagonista de las jornadas que habían volteado al gobierno de De la Rua, el sector combativo del movimiento piquetero apostaba a una salida de fondo a la crisis del país y se proponía cambiar de raiz a la sociedad argentina. Contra la prohibición del gobierno de Duhalde, esa franja del movimiento piquetero es la que llamó a cruzar el puente Pueyrredón y marchar a Plaza de Mayo aquel 26 de junio.
Contra esa manifestación popular no sólo se montó el salvaje operativo de represión que involucró a la bonaerense, la federal y la Prefectura, sino un operativo discursivo y comunicacional que tenía como propósito justificar la masacre. Apenas conocidos los asesinatos de Darío y Maxi la explicación oficial fue la del “asesinato entre piqueteros”, un guión que siguieron en sus declaraciones públicas Duhalde, Solá, Fernández y los demás funcionarios. La farsesca tapa de Clarín que ha quedado en los anales de la tergiversación y la mentira, “La crisis causó dos nuevas muertes”, fue otra de las piezas clave del operativo comunicacional que buscaba engañar a la población.
Todavía el 30 de junio Solá, en declaraciones reproducidas por La Nación, afirmaba que «la policía fue brutalmente agredida y respondió con mayor poder técnico», y que entre los manifestantes «no venían chicos ni ancianos y había pocas mujeres. Sabíamos que iba a ser más fuerte que lo común y que iba a haber menos gente, pero mucho más dura». Es decir: aunque las fotos de Sergio Kowalewski habían probado los asesinatos a manos del comisario Fanchiotti y del cabo Acosta, miembros ambos de la bonaerense a su cargo, Solá pretendía seguir justificando los crímenes políticos detrás de cuya planificación se encontraba su gobierno y el de Duhalde.
El movimiento piquetero hoy
Aquella represión salvaje que dejó escritos con letras de sangre los nombres heróicos de Dario y Maxi no podía sin embargo liquidar al movimiento piquetero. Aunque su protagonismo en la rebelión del 2001 marcó el pico de su influencia política, la persistencia en más de tres décadas de la organización de los desocupados habla de un fenómeno estructural. Es que la razón de ser del movimiento piquetero se hunde en las raíces más profundas del funcionamiento catastrófico del capitalismo contemporáneo: en su carácter de expresión de la desocupación masiva y crónica.
Efectivamente, en las condiciones actuales de la producción capitalista, el ciclo económico del capital ya no es capaz de reabsorber a la totalidad de la población sobrante durante el auge y asegurar, ni siquiera provisoriamente, el pleno empleo. Por eso, cuando se renueva la discusión acerca de la existencia de “una nueva clase trabajadora”, vale la pena destacar que el piqueterismo es la principal innovación que ha producido el movimiento obrero en las últimas décadas.
Surgido justamente de la eclosión en nuestro país de la desocupación masiva y crónica bajo el menemismo, no por casualidad encontró en la sustantivación del piquete, un método de lucha hasta entonces subordinado a la huelga, su fundamental instrumento de combate. Por eso, aunque se redujo su importancia y su capacidad de movilización durante el período de la limitada reactivación económica kirchnerista post 2001, que se prolongó hasta que la crisis mundial de 2008 abrió el camino del estancamiento económico, el movimiento piquetero se recuperó y se reorganizó especialmente a partir del desastre económico macrista.
Tal recuperación que se produjo de la mano de la franja de las organizaciones que mantuvieron su independencia política y organizativa del kirchnerismo, del macrismo y finalmente del gobierno de Alberto. Desde entonces, “organizaciones piqueteras” y “organizaciones sociales” pasaron a significar definitivamente dos cosas distintas. Y a pesar de haber sido elegido por el gobierno libertario como enemigo número uno, de haber sufrido la represión salvaje de Bullrich, el ataque y procesamiento de sus dirigentes, con la simbólica amenaza de muerte de Milei a Chiquito Belliboni incluida, el movimiento piquetero sigue de pie y se recupera y fortalecerse nuevamente.
En un contexto político caracterizado por el colaboracionismo o la impotencia de la “oposición” política y de las direcciones sindicales tradicionales frente a Milei, que lo ha relegado al más completo aislamiento político, el movimiento piquetero sin embargo ha sido, junto a las organizacionesde jubilados y discapacitados, los trabajadores del Garrahan y del neumático, los docentes y estudiantes universitarios, uno de los que ha salvado el honor de la clase obrera argentina.
Si efectivamente, como parecen reflejar las encuestas, la crisis del gobierno libertario y la desilusión popular con la oposición peronista abren el camino a una alternativa de izquierda, está claro que, el movimiento piquetero jugará un papel decisivo en la lucha por abrir el camino de la transformación social del país en beneficio del pueblo trabajador. El camino que trazaron heróicamente Darío y Maxi, que viven en cada marcha y en cada piquete.
