En un artículo publicado en el diario Clarín en 1999, Carlos “Indio” Solari definía a su público como “chicos de barrios desangelados, que no saben de discotecas para modelos y estrellas de rock, ni de autos locos ni de navidades artificiales. Pibitas embarazadas que lloran su dolor en una esquina, chicos bombardeados, sin padres ni esperanza».
Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota (o sencillamente, Los Redondos) se constituyeron en un protagonista central en la transformación de la relación entre el rock nacional y los sectores populares en la década de 1990, aunque sus seguidores trascendían a estos sectores. Este aspecto es central para comprender cómo la banda articuló una vertiente diferencial dentro del rock nacional. Para explorarla, más que indagar en el legado de los Redondos sobre los sectores populares, cabe desplazar la mirada hacia quienes los escuchaban: qué hicieron con esa música y qué construyeron con ella, en el marco de las desigualdades que los atraviesan.

Desde sus inicios, el rock nacional argentino ha estado atravesado por la tensión entre los “independientes” – en relación a los mecanismos comerciales dominantes – y quienes “se venden”, es decir, se guían por las necesidades comerciales y no por otros valores, ya sea estéticos, políticos, identitarios, afectivos.
Si bien esta división ha perdurado a lo largo de los años, sería difícil establecer para cada categoría una definición fija. Las formas de producción y difusión musical se han transformado profundamente en el tiempo, a la vez que las propuestas construyen su lugar a un lado u otro de esta línea apelando a diversos parámetros: la propuesta político-ideológica, la estética, la relación con la industria rockera, con los medios de comunicación, con sus consumidores.
Más que trazar una línea entre lo auténtico y lo comercial, lo central es que esa tensión es constitutiva del rock nacional: define a las propuestas musicales tanto como el sonido o las letras.
Del rock comercial a la independencia
En Argentina, el circuito comercial del rock se consolidó entre las décadas de 1980 y 1990, representado por compañías discográficas, programas de radio y televisión, productoras, managers y auspiciantes. En este contexto, las dos posturas mencionadas anteriormente se expresaban en la contraposición entre Soda Stereo y Los Redondos.
Mientras los primeros eran asociados a la música promovida por los grandes aparatos comerciales y referidos a los sectores sociales medios-altos, se consideraba que Los Redondos expresaban la independencia de la industria cultural, la disconformidad política y el vínculo con los sectores populares. A través de una forma de producción artística que eludía los contratos con las grandes compañías y que no apoyaba su difusión en los mecanismos habituales de la industria cultural, la banda logró consolidar un público masivo que implicó una forma específica de producir eventos musicales: trascendiendo el underground, pero sin caer en ciertos códigos del show comercial a gran escala.

De este modo, Los Redondos sentaron las bases de una corriente que en los 90 continuaron La Renga y Los Piojos, bandas que se presentaban a partir de haber crecido “desde abajo”, alcanzando una convocatoria de magnitud sin apoyarse centralmente en los medios de comunicación tradicionales. Esta forma de profesionalización que no seguía los caminos habituales del circuito comercial mainstream se consolidó en una vertiente que Tete, el bajista de La Renga, definía así en una entrevista en Página 12 de 1996: “La Renga, Los Piojos, Viejas Locas, Los Redondos, y otras bandas existirían aunque no hubiera existido la Rock and Pop, y esa es una diferencia grande”.
Este fenómeno no fue solo el resultado de bandas como Los Redondos y otras. Quienes asistían a los recitales fueron parte activa en darle forma. En su participación en los recitales, estos sectores fueron generando prácticas y valores que en la década de 1990 se cristalizarían en la categoría nativa del “seguidor”.
Banderas en tu corazón
Ser seguidor no consistía sólo en ir a todos los recitales de una banda – aunque implicara largos viajes y otras dificultades – sino también sostener un espacio de identificación desde donde afrontar los tiempos neoliberales, que no podía construirse siguiendo las pautas de la industria cultural. Los seguidores no pertenecían necesariamente a los sectores populares, pero eran identificados como tales. Las formas de ser seguidor eran variadas, pero bastaba con que esa figura existiera para darle a ciertas bandas un carácter diferencial, un tipo de vínculo que abría algo más allá de la lógica de la industria cultural.
En torno a estas bandas, el público participaba en los recitales con recursos expresivos propios, contribuyendo activamente a construir esta vertiente del rock nacional. Entre esos recursos, las banderas ocupaban un lugar central, presentes en los espacios donde ocurría el recital, pero también en sus alrededores antes de que los shows comenzaran.

Las banderas presentaban generalmente algunas frases, la mayoría provenientes de canciones de las bandas, junto a dibujos, los nombres de los dueños o el barrio de pertenencia. Por ejemplo, esta bandera colgada en un recital de La Renga a fines de la década de 1990 condensaba los referentes que unían a este universo: Esquivando charcos en este infierno encantador la mentira es la verdad y la ciudad dormida y sin sueño La Renga Diego Divididos Los Piojos Esto sí es Argentina.
La bandera construye una frase a partir de fragmentos de canciones de distintas bandas de rock nacional: La Renga, Los Redondos, Divididos, Los Piojos y finaliza con la frase sobre Argentina de Sumo; junto a la mención a Diego Maradona. Forma una declaración sobre lo nacional, entendido como una forma de vivir entre las dificultades y los engaños del sistema, esquivando lo que se puede.
Un refugio en un mundo cada vez más precario
Estas formas de expresión del público, junto a otras como los “cantitos”, modelaron a esta vertiente como instancia de participación y de construcción de identificaciones colectivas. Por otro lado, el seguidor le dio forma al rock nacional a partir de sus propias formas de habitar el recital, disputando las normas y formas instituidas de los recitales, a través de prácticas como ingresar sin pagar la entrada o eludir controles.
Esta corriente iniciada por los Redondos habilitó algo que no está al alcance de cualquier propuesta cultural: que los sectores populares puedan armarse un refugio en un entorno hostil, un espacio de pertenencia en un mundo cada vez más precario. La estigmatización de estos sectores, a menudo caracterizados como vulgares, ignorantes o peligrosos, invisibilizó la riqueza de los procesos de sociabilidad y la construcción de ideas y valores compartidos que ocurren en estos espacios.
En su libro Cuidar lo común, publicado en 2025 por Ned Ediciones, George Yudice propone reflexionar sobre prácticas culturales que sostienen y reparan la vida colectiva, que permiten el cuidado de lo común y la construcción de comunidad. Así podemos pensar en que lo que los sectores populares han hecho con Los Redondos es justamente esto: una forma de construcción de comunidad –con contradicciones, límites, inconsistencias- frente a la fragmentación social y la exclusión, una forma de cuidar lo común frente a los modelos neoliberales.

*Esta nota forma parte de un acuerdo entre Tiempo y el Instituto de Ciencias Antropológicas de la UBA.