“¡A la lata / al latero / La Plata está bailando / al compás del tintorero!”, canta la tribuna del Club San Luis, mientras la Primera se luce ante La Plata Rugby, rival clásico. Es 1976. El “tintorero” es el medio scrum, el estratega de San Luis. Un año antes ascendieron a la división superior y realizaron una gira por Europa. Bajito –no pasa el metro sesenta– y delgado, Ricardo Dakuyaku, “el tintorero”, hijo de japoneses, salva un try con un tackle contra los 80 kilos de Carlone Scarpinelli. Lidera. La tintorería –aún hoy en la calle 44 esquina 8– es atendida por papá Chokei, nacido en la isla de Okinawa en 1931, y mamá Yoghi, cuyo primer marido había desaparecido en la Segunda Guerra Mundial, igual que una hija pequeña (sus cadáveres nunca fueron encontrados). Y también por Ricardo en sus horas libres, ya que estudia en la Facultad de Arquitectura y Urbanismo de la Universidad de La Plata, trabaja como dibujante en un estudio de arquitectura y milita en el Partido Comunista Marxista-Leninista.
Hasta que Daku, el primero de los tres hijos de la pareja, es secuestrado en la madrugada del 6 de diciembre de 1977 por un grupo de tareas en la casa familiar, en pleno casco urbano de La Plata. Ricardo Luis Dakuyaku Kaneshiro tenía 23 años. Es uno de los 17 nikkeis (primera generación de inmigrantes japoneses nacidos fuera de Japón) desaparecidos durante la dictadura. Somos mucho más que deporte, pero el deporte –como a Daku– nos constituye como seres humanos.
Más de un entrenador le había aconsejado que dejara el rugby y eligiera otro deporte. Pero Ricardo era duro como un roble, coinciden los testimonios de compañeros y de adversarios. En Arquitectura, donde también había militado en la Juventud Universitaria Peronista, tenía pensado, junto a Ricardo Lois –también víctima de la dictadura–, crear el equipo de rugby de la facultad. “Por los relatos que tengo, era un jugador muy inteligente. Para jugar al rugby con esa estatura tenía que serlo”, dice Marcelo Dakuyaku, hermano menor de Ricardo, profesor de tenis en El Pasillo de La Plata en marzo de 2026. “(Gonzalo) ‘Nicha’ Albarracín, entrenador que sacó por primera vez campeón a La Plata Rugby, estudiaba con Ricardo en el Colegio San Luis, de la Congregación de los Hermanos Maristas, y después se pasó a jugar a La Plata Rugby. El hijo de Nicha Albarracín jugaba de medio scrum en La Plata. Un día fui a ver un partido y hablábamos en la cancha con Nicha, y pasa el hijo, lo agarra y le dice: ‘Mirá, el hermano de él jugaba muy parecido a vos, incluso no sé si mejor’. (Francisco) ‘Panchito’ Albarracín, su hijo, fue Puma. Es decir, a Ricardo lo ponderaban. Por las fotos que vi, jugaba con las medias bajas como (Agustín) Pichot, medio scrum. Me hacía acordar a él”.
Cuando lo secuestraron, Ricardo dormía en la habitación del altillo, la pieza de Elena, su hermana. En un ropero de la casa quedó un bolso con los botines de tapones intercambiables y la camiseta de San Luis con el 22 en cuero negro cosido en la espalda. Daku –o “el Japo”, como también lo llamaban– es uno de los tres rugbiers del Club San Luis desaparecidos durante la dictadura, junto a Atilio Martínez Lagrava y Carlos Ishikawa, también él nikkei. “Recuerdo la mañana del viernes 12 de octubre de 2018 en la que fui al Club San Luis para hablar con su presidente, Alejandro Mamblona. Solo fui con la mochila que contenía lo más sentido, la bandera azul de los rugbiers desaparecidos. El celador me informó que Mamblona no se encontraba y le respondí que había ido para invitarlos al 3° Torneo Nacional Homenaje a los Rugbiers Desaparecidos-Rosario 2018. Salí y vi tres árboles muy juntos, inmensos y en el centro de la entrada del club. Pensé que era un presagio: que eran ellos. Que una parte de sus almas quisieron pertenecer al club de sus amores y convertirse en esos tres árboles tan nobles y fuertes, con raíces muy profundas. Me quedé 20 minutos mirándolos como si quisieran darme aliento para seguir. Ellos jamás se fueron del club, jamás se irán. Así será”, cuenta, ahora, Carola Ochoa, autora del libro Los desaparecidos en el rugby (2022) y militante de derechos humanos.

Dakuyaku era futbolero, hincha y socio de Estudiantes de La Plata. Había viajado a Montevideo a ver al Pincha a una de las tres finales ganadas de Copa Libertadores (1968-69-70). En partidos entre amigos, Daku era arquero. “Tenía 11 años cumplidos cuatro días antes del secuestro –recuerda Marcelo, su hermano–. Lo acompañaba cuando iba a jugar pero era chiquito y mucha atención no le prestaba. Al usar las manos en el rugby, habrá sido buen arquero. Recuerdo, sí, que cuando volvía del trabajo y yo de la escuela, los martes al mediodía él compraba El Gráfico y lo leía mientras almorzaba en lugar de mirar la tele. Yo espiaba cuánto le faltaba para que terminara y así poder leerla”. Marcelo –tan futbolero como sus hijos Pablo y María Florencia, sobrinos pincharratas de Ricardo– le pedía a su hermano mayor ir a ver a Estudiantes. Lo llevó a la cancha de Racing en el Fiat 125 familiar beige con amigos de él. Marcelo viajó en la parte trasera. Última fecha del octogonal final del Torneo Nacional 1975, con River a punto de ser campeón. En la noche del 28 de diciembre, Estudiantes, dirigido por Carlos Bilardo, le ganó 2-0 a Temperley. Goles de Miguel Ángel “El Fantasma” Benito. No le alcanzó al Pincha, porque River ganó su partido y fue caméon. Pero los hermanos Dakuyaku estuvieron en la popular.
En 2025, a 49 años del golpe de Estado de la dictadura de la desaparición de personas y en el marco del aniversario 120 de la fundación de Estudiantes, la agrupación “Identidad Pincharrata” homanejeó en el Estadio UNO a hinchas y socios víctimas del terrorismo de Estado (entre ellos, a Daniel Omar Favero, jugador de las inferiores; a Miguel Ángel Lombardi Montesanoa, voleibolista; a Rodolfo Walsh y a Horacio Ungaro, ajedrecistas, y a Pablo Díaz, sobreviviente de “La Noche de los Lápices”). El lema: “Los tablones nunca los olvidarán”.
Tiempo antes de su secuestro y desaparición, Daku le había transmitido a su madre el miedo porque habían secuestrado a amigos rugbiers en Mar del Plata. Eran Santiago Sánchez Viamonte, Otilio Pascua y Pablo Balut, de La Plata Rugby. Dakuyaku fue visto por última vez en el centro clandestino de detención “La Cacha”. Su historia aparece en el documental “Silencio roto, 16 nikkeis” (2014), de Pablo Moyano. También en el libro “No sabían que somos semillas” (2016), del periodista Andrés Asato, sobre los desaparecidos de la colectividad japonesa. En 2007, la muestra de pinturas “Flores-Estigmas”, de Roxana Mayeyoshimoto, había sido dedicada a Ricardo Dakuyaku y a Carlos Ishikawa, los rugbiers nikkeis desaparecidos del Club San Luis. Los familiares y amigos de Ricardo le abrieron una página en Facebook. “痕跡を残す者は決して消えない。”. “No desaparece quien deja huella”. Y en Lazo musical –publicado en 2001, año en que se sumó la bandera con las caras de los nikkeis a las marchas del 24 de marzo–, la poeta Susana Dakuyaku dedica el libro “a mi hermano muerto, y a mi primo desaparecido”. Es Daku. En el poema “Sakura en flor”, escribe: “¿Qué haré / con mis muertos aquí y allá, / con mis preguntas ardiendo en los inciensos? Oh mudez, / de tus tripas quiero un corazón. / No el rehén / de la culpa afilada en la katana”.