Este Primero de Mayo no es uno más en la Argentina. No lo es porque no hay movilización, porque durante esta semana se desarrollaron múltiples actos fragmentados, y porque ser trabajador o trabajadora en nuestro país hoy implica, además de sostener el trabajo cotidiano, encontrar estrategias para sobrevivir a un contexto de pérdida constante de derechos.

Estamos frente a un momento atípico. Un escenario donde el poder hegemónico del gobierno, en articulación con sectores del poder judicial y político, avanza contra la clase trabajadora, contra los sindicatos y contra las conquistas históricas que supieron garantizar dignidad en la vida de millones.

No se trata solo de salarios que pierden contra la inflación. Se trata de un intento más profundo: disciplinar, fragmentar y debilitar la organización colectiva. Se busca instalar la idea de que cada trabajador debe arreglarse solo, rompiendo la solidaridad que siempre fue la base de nuestras luchas.

Por eso este Primero de Mayo nos interpela de otra manera. Nos obliga a resignificar nuestras peleas. A entender que ya no alcanza con defender lo que tenemos: hay que reconstruir, reimaginar y fortalecer las herramientas de organización para sostener derechos en un contexto que los niega.

La historia del movimiento obrero argentino está marcada por momentos difíciles. Y siempre fue en esos momentos donde apareció lo mejor de nuestra tradición, la unidad, la organización y la capacidad de resistir. En ese sentido hoy no es diferente.Tenemos la responsabilidad de estar a la altura. De no naturalizar el ajuste ni la pérdida de derechos. De seguir construyendo un proyecto colectivo que vuelva a poner en el centro el trabajo, la producción y la justicia social. De volver a convocar a la militancia que se cayó en el camino.