Ignacio Bogino, exfutbolista devenido en escritor e ilustrador, recuerda a uno de sus compañeros de equipo, Martín Ríos, que en el vestuario y en los penales le enseñó que el equilibrio y la armonía son el principio de la filosofía.

Se podría hacer, o por lo menos siempre fantaseé con la idea de hacer, un decálogo, o algo parecido, que describa ciertas características necesarias para ocupar determinado puesto en la cancha. A ejemplo simple, el arquero, dicen que si no son locos son boludos. Y así con los centrales, los nueves. Cada puesto tiene sus requerimientos. ¿Por qué alguien elige ser defensor y no delantero? Porque el puesto no se elige, lo llevamos marcado, casi desde nuestro origen. Se podría teorizar. Hay excepciones en las reglas, como en todo, existen arqueros que no son locos ni boludos, muy pocos conocí, pero los hay. Los antisistema. La mayoría: personas tranquilas, metidas en su mundo, nunca se entiende si están sufriendo o disfrutando, poco look de jugador de fútbol, pero si sobreviven, si mantienen su condición de arquero pese a la hostilidad del entorno, los mejores. Barovero me parece que fue uno de esos. Arqueros que en silencio construyen su camino a raspadas, reconocidos casi siempre a edad adulta, por la hinchada que jamás olvida el respeto y la no vendida de humo. Otro que me parece del estilo, pero actual, el de Lanús, Losada, lo vi en la tanda de penales por la Copa Sudamericana que ganaron: concentrado, ubicado en tiempo y espacio, haciendo simplemente su trabajo. Esas cosas dan miedo, se transmiten, no hace falta señalar el palo —aunque no me parece una mala táctica—, saltar mil veces tocando el travesaño, etc. El aura seguro del que no te baja la mirada. Qué son los penales sino una lucha mental entre pateador y arquero. Respeto a todo tipo de arquero. No tener a nadie detrás que te salve, cómo no se va a necesitar de un carácter especial. Sos la última esperanza. Uno aprende del rival, del compañero, del técnico, del utilero. Aunque sea difícil darse cuenta del aprendizaje. El tiempo llega para señalar. Yo tuve un ejemplo claro, casi al final de mi carrera, justamente, con un arquero.
El primer día que llegué a Brown de Adrogué, ofuscado por la vida —no quiero entrar en detalles de cómo llegué a esa mañana—, era temprano, entré al vestuario y había una sola persona. Se para, me abraza, me le siento al lado. Qué utilero más amable, pensé. Cosía un pantalón de arquero, hecho mierda, a la altura de las rodillas. Metía y sacaba la aguja concentrado, mientras me contaba cómo era el club, me preguntaba cómo me sentía, dónde estaba viviendo, y cómo estaba compuesta mi familia. Tardé en darme cuenta que ese hombre de cuarenta y pico no era el utilero, era el arquero, Martín Ríos, al que apenas, en mi ignorancia, había escuchado nombrar. Jamás había visto a un arquero profesional —esto era Nacional B—, ni a ningún otro jugador de cualquier puesto, coserse su propia ropa. Me quedé sentado al lado de él y de ahí no me moví en todo el año y medio que compartimos. En una charla me enteré que había hecho inferiores en Boca, que fue parte del plantel cuando Maradona pegó la vuelta con la franja amarilla en la cabeza, y que el Diego le pedía que se quedara, después del entrenamiento, a atajarle penales, y que le pateaba no menos de cincuenta por día. Boludo, le dije, qué loco, le atajabas penales a Maradona. Es muy groso eso. ¿Y le atajaste alguno? No me contestó, solo se río, y se fue a las duchas. Cuando Vicó me dio la cinta de capitán, es para Martín pensé yo, y se lo dije, Martín, es tuya. No, vos estás más cerca del árbitro, qué voy a hacer yo, allá lejos de todo, levantando los brazos. La cinta, no siempre, pero es ante todo alimento al ego. Hay muy pocos grandes capitanes. En cada charla técnica pos partido, cualquier error que marcaba el DT, Martín justificaba al compañero metiendo alguna excusa para echarse la culpa él. Ya daba bronca lo exagerado. Y él lo decía serio. Porque prefería quedar en ridículo que dejar solo a un compañero. El equilibrio y la armonía son el principio de la filosofía, no sé quién lo dijo, pero me gusta. Y por allá volaba Martín, medio petiso, de manos largas. Leía, siempre bien ubicado, cada jugada, y las resolvía anticipándose —volaba incluso antes de que patearan—. Ordenaba bien a los defensores, concreto —te van, atrás, perfilado—, y jamás, después de sacar una bocha, abría la boca.
El primer partido que nos tocó jugar juntos fue por Copa Argentina, contra Independiente. Uno a uno. Penales. Siempre odié los penales. Vicó dice en la ronda, el quinto lo patea el capitán, y me señala. La puta madre. Era la única situación en la que me sentía vulnerable. Los penales. Siempre indeciso. Muy piscis hubiese dicho la flaca. Y puedo asegurar que en los entrenamientos era de los mejores. Pero esa caminata en soledad desde la mitad de cancha no se puede entrenar. La última vez que me había tocado patear, jugando para Temperley, contra Defensa y Justicia, en cancha de Racing, perdimos cinco a cuatro, yo pateé segundo, fui el único de los dos equipos —diez penales— que erró. Creo que el arquero era Arias. Abrí el pie y salió rozando el ángulo. Ahora tenía el quinto contra Independiente. Pero Martín se atajó un par, tranquilo, entre ellos, el cuarto. Chau Independiente. Y yo no tuve que caminar solo desde la mitad de la cancha. Todos a festejar. Al vestuario. Pasaban los minutos y no llegaban las camisetas que habíamos mandado a cambiar, excepto la mía, que le mostraba a Martín, comparando la calidad de la tela con la nuestra. Para Independiente jugaba Burdisso, Guillermo, habíamos sido compañeros en Central, pactamos en el partido. Pero el resto de los de Independiente, molestos por el resultado, no habían querido cambiar. Qué linda es, me decía Martín, estirando la camiseta, probando las costuras. Y me cuenta que es hincha de Independiente y que había querido cambiar una camiseta para su hijo. Llevate ésta, boludo, le digo, sos loco, Burdisso no se va enojar, tengo un par de Independiente. La Ocho de Pusineri, que es viejo como vos. De ninguna manera, me dice Martín. Y entendí que iba a ser imposible convencerlo. Entonces, le dije, te la cambio por la tuya, me salvaste. Se rió, yo no puedo salvar a nadie, me dijo, y se fue a las duchas. No sé si conservo la remera de Martín, pero lo conservo a él, cociéndose la ropa en un vestuario humilde del ascenso. ¿Por dónde andará ahora? Seguro que atajando. No se va a retirar jamás. Los buenos compañeros nunca se retiran. ¿Qué titulo llevaría el poema dedicado a Martín Ríos?
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