Luego de su prolífica incursión en el cuento y la poesía, la escritora publicó su primera novela. Se tata de La vida privada y recorre desde el relato de aventuras al thriller. Una historia en la que abundan las peripecias y las reflexiones sobre la lectura.

Esta deuda consistía en escribir una novela, género con el que había hecho algunos intentos, según ella, fallidos. Por fin lo logró con La vida privada, publicada recientemente por Seix Barral. En esta novela las cartas, un género hoy casi en extinción, tienen un papel protagónico. La receptora de ellas es Virginia Mountweazel, fotógrafa, piloto y autora de un libro de viajes, el único que escribió en su vida, pero cuya perfección fue tal que la convirtió leyenda. En el último tramo de su vida, vive recluida en una isla que no figura en ningún mapa y dedicada a contestar las cartas que sus muchos lectores le escriben desde distintos puntos del mundo.
Una de sus lectoras, una joven con afán de aventura, decide cumplir el sueño que tiene la mayoría de los seguidores de Virginia Mountweazel que es visitarla. No está segura de que haya entendido bien el anuncio de su visita que le hacía en una carta e incluso duda de que la haya recibido en el momento en que ella decide emprender el viaje. Teme su reacción, pero decide correr el riesgo. Este personaje es la narradora de la novela. Todo lo que el lector sabe, lo sabe a través de ella. Sin embargo, pese a su protagonismo, en toda la novela no se menciona su nombre. Sólo se la conoce por lo que narra, como si hubiera nacido con el destino de ser una voz.
-Tu novela es extraña e imprevisible porque es un relato de aventuras que se va transformando hasta convertirse casi en un trhiller. ¿Qué tenías antes de ponerte a escribir? Me refiero al material del libro. ¿Cómo nació? Es tu primera novela y creo que debe de haber sido toda una aventura escribirla.
-Sí, una aventura extraordinaria y muy dura también, pero una aventura que agradezco haber podido completar mal o bien. En realidad surgió como un cuento, que apareció en simultáneo con la escritura de El l color favorito, un libro de cuentos sobre el periodismo cultural, sobre la entrevista periodística en el que todas las entrevistas eran falsas. Lo que tenía era la escena del encuentro entre la narradora y Virginia Mountweazel. Después llevé ese cuento junto a los demás a una clínica de obra con Federico Falco y fue Federico quien me sugirió que avanzara, que eso podía crecer todavía mucho y me quedé con esa idea, Llegó la pandemia y fue en ese momento que decidí ver hasta dónde podía llevar esa historia. Además, me interesaba mucho investigar la idea de la novela de aventuras, que la narradora, el personaje que encarna la historia tuviese aventuras, que hubiese peripecia, que hubiese acción.
-Sí, es cierto, es una novela de peripecias.
-Sí, un poco la escribí en ese tren, disfrutando mucho durante la escritura de ese ejercicio imaginativo tan disparatado y tan desaforado por momentos. Disfrutaba también de escribir ese paisaje de isla, de selva, disfrutaba de escribir el descontrol de la naturaleza y de tironear de los dos personajes que tienen actitudes un poco fuera de eje y me gustó jugar con las intensidades. Mi idea era diseñar una conversación post mortem también entre ellas a partir de flashbacks, sostener esa conversación de un modo más fantasmático, que no solamente fuera fantasmático el bibliotecario. No es una historia de fantasmas, pero también podría serlo, depende cómo se lo mire.
-Sí, creo que la novela juega todo el tiempo justamente con eso, con el límite entre la realidad y la ficción,
-Sí, y también con la vida que los libros les llevan a quienes los leen, esas vidas que hay en el mundo que se está leyendo, simultáneas a las vidas del en el mundo que se está “viviendo”. Esas vidas se superponen en capas. En otros libros intenté explorar mucho lo fantasioso o lo inconsciente, la fantasía positiva y la negativa, porque también la fantasía oscura es parte de la realidad. En La vida privada quise explorar la densidad que propone un libro hasta alcanzar casi la materialidad. El otro día escuché en la voz de Cristina Banegas ese poema tan hermoso de Quevedo que habla sobre leer, sobre recuperar la voz, escuchar con los ojos. A mí me importa eso, lo poderosa que es la lectura.
-Me quedó muy grabado algo sobre la cartografía que decía Virginia: que a veces se ponían en los mapas elementos que no existían como un río o una montaña. De esa forma, el cartógrafo sabía si el mapa de otro cartógrafo era genuino o se lo había copiado a él. Pero, al mismo tiempo de esta forma se daban por existentes geografías que en realidad no existían. Eso pone en duda el estatus de lo que se considera real y tiene mucho que ver con La vida privada.
-Sí, y de hecho me parece que esa pregunta por la verdad aparece ya en mis primeros libros, en cuentos que escribí que no se reeditaron. Son cuentos que quizás se podrían mejorar, pero tendría que trabajarlos. Me refiero al libro El sistema del silencio. El sistema del silencio en realidad es un concepto que tomé del Derecho, cuando estudiaba y es una de las fantasías que el Derecho pone a rodar para mover los procesos judiciales y los reclamos. Por eso creo que son preguntas que quizás arrastro desde mis años de estudiante de Derecho y que fui articulando de distintas maneras. La literatura me parece que es una especie de binoculares para mirar la verdad también de cerca y de lejos y para pensar alrededor de eso. La cartografía fue una excelente excusa para meterme con el tema de qué es verdad y qué no. La verdad es como un acuerdo en común.
-¿Qué fue lo primero que tuviste de los personajes?
-La primera escena que escribí fue la de la lectora ella llegando al pueblo. Es un pueblo que está frente a un río y en ese río está esta isla donde vive Virginia. Entonces, los primeros personajes son los del almacén, pueblerinos. Durante la pandemia viví en un pueblo muy chiquito de la provincia, entonces tenía muy fresca la vida de pueblo y quería trabajar con esa escala, con la escala del pueblo. Máxime porque la narradora viene desde la ciudad, entonces quería jugar con ese contraste. Así fueron apareciendo el lanchero, luego el bibliotecario al que quería incorporarlo porque me importaba trabajar también con el imaginario de la biblioteca.
-¿Cómo amante de los libros de aventuras creés que en la era de la comunicación hemos perdido muchas en ese campo?
-Sí, creo que hemos perdido el derecho a la aventura. La idea de la aventura, la vocación de la aventura desaparecen poco a poco. ¿Qué aventura es posible hoy? Ni siquiera podemos perdernos en la calle, estamos con el Google Maps todo el día. No hay espacio para perderse.
-Yo leí La vida privada tambiéncomo una especie de requiem a un modo de comunicación y a un género literario que está en extinción, el género epistolar. Lo mismo sucede con la vieja máquina de escribir Underwood que aparece en tu novela.
-Sí, la pensé así, como una especie de réquiem, homenaje o rescate de una época que hoy se considera superada. A la vez, las bibliotecas siguen ahí funcionando como si el tiempo no hubiese pasado, sobre todo las bibliotecas populares que para mí son maravillosas. Pero también es cierto que cada vez son menos visitadas y eso es triste porque los libros, al igual que las cartas, tienen una materialidad para mí muy necesaria. Su falta me hace sentir que se ha deshumanizado la comunicación. En medio de la pandemia escribir sobre esos mundos era como un refugio.
-¿Y cómo te sentiste al terminarla?
-Muy triste de estar fuera de la novela porque me encantaba estar dentro. No se puede volver el tiempo atrás, pero el mundo que perdimos era un mundo que tenía muchos tenía muchos tesoros que ahora no son valorados. Recibir una carta era una maravilla.
Me acuerdo de la sensación de recibir una y de entrar a la biblioteca a buscar libros. Sí, creo que sí, que réquiem es una buena manera de pensar la novela. Porque además permite juntar muchas cosas diferentes,
-El final es muy inesperado, ¿lo tenías pensado de antes o fue surgiendo en la escritura?
-El final fue cambiando y creo que al final terminaron apareciendo los dos finales que podría haber elegido. Me parecía importante que la narradora en algún momento tomase el lugar de la escritura, que entrase en contacto con eso, pero tampoco quería cerrarla redonda con un reemplazo de un personaje por otro, para seguir pensando en ese juego de cajas chinas, de espirales que nunca se detienen, en esa continuidad espiralada que es la de la escritura. Todo ya ha sido escrito, pero todo puede volver a ser escrito de otra manera. Quise diseñar una lectora activa en todo sentido, una lectora que se apropia del libro quizás más que su autora. También de alguna manera intenté, no sé si lo logré, escribir una carta de amor a los lectores. Creo que la heroína de la novela, si es que hubiese alguna, es la lectora de la novela aunque en realidad tampoco es una heroína, pero me importaba celebrar ese lugar y darle más protagonismo a lectora que a la escritora.
«Me interesaba trabajar -dice Tentoni- el mundo epistolar, con el mundo recientemente convertido en «antiguo», con nuestra antigüedad inmediata que es la era pre internet en la que están los personajes. Todo lo que sucede no habría sido posible para mí, si lo hubiese situado en 2026. Me interesaba trabajar con ese viejo mundo que habilita en la trama muchas posibilidades que no se hubieran dado de haber situado la acción en tiempo rabiosamente presente. En ese viejo mundo, por ejemplo, la narradora va a Virginia sin haber sido del todo invitada . Creo que hoy en día nadie haría eso, pero antes era totalmente posible que alguien lo hiciera. La aventura era algo mucho más presente en la vida de las personas de ese momento que ahora, cuando se multiplicaron las posibilidades de comunicación.
-¿Qué tipo de actividad es para vos la lectura?
-Creo que la lectura es una actividad rabiosamente autoral, quien lee pone en el libro mucho de sí mismo, mucho de su imaginario, de sus prejuicios, de sus simpatías, de su cosmovisión, de su estado de ánimo, de su educación.
Todo eso va al libro que está propuesto humildemente en papel, y que una vez publicado, es un objeto que tomó ya distancia física de quien lo escribió, Cuando el lector, lo tiene en las manos toma el comando, porque quien lee puede frenarlo, puede activarlo, puede condimentarlo con otros estímulos puede compartirlo, puede comentarlo, puede interpretarlo. Es muy poderoso el lugar de quien lee. Por eso en La vida privada es la lectora quien lleva la historia. El lector de alguna forma es también un escritor, aunque no se dedique a la escritura y no sea socialmente como escritor. Los lectores de Virginia son escritores de cartas y ella misma lo es luego de publicar su único libro de viajes. Su tarea es escribirles a sus muchos lectores de diferentes partes del mundo.
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