El latir compartido entre Zaragoza y Buenos Aires palpita con fuerza en las horas previas al duelo definitivo entre Argentina y España. Una mirada íntima sobre la superstición, el ritual del bar y el tierno conflicto de un lazo filial dividido por la misma pasión.

Segundo latir: Argentina-Inglaterra
Escribí en mis redes la semana pasada: Los partidos son en el verde césped y se ganan ahí. Si tenés ganas de pelear con los ingleses, bienvenido. Empezá por no votar a quienes admiran a la Thatcher y se defecan en los pibes de Malvinas desde afuera. ¡Oí, ratón otario! (diría mi amigo Pablo Nemirovsky). Ya hoy, semifinal frente a los ingleses, pintó otra sensación, más allá de cuestionamientos personales. Si Argentina gana, vamos contra España y entonces, ¿cómo lo vería este domingo junto a mi hija?
Dejo estas reflexiones para otro momento, Holdering escribió «El hombre es un rey cuando sueña, pero un mendigo cuando reflexiona». Punto pelota, nunca mejor dicho.
Me dirigí al Bar Moneva, en la Calle Bretón. Un bar donde se suelen ver todos los partidos de Liga, más allá de los del Mundial. Obviamente, el Zaragoza, hoy en horas bajas, se lleva los laureles. Nuevamente me pasaron de sitio, esta vez de la barra a una mesa, porque un grupete de habituales estaban ocupando mi sitio… Superstición satisfecha, primera y única de la noche.
El de la barra, muy enrollado, que resultó hincha de Lío, me facilitó el lugar con onda. En esta oportunidad no hubo rollos con el Garnacha. Medido fui, sólo tres. Albóndigas con tomate, la ración exquisita. En cuanto empieza el partido, la peña comienza con sus habituales parloteos ajenos al partido, aunque tengan esos artilugios verbales al fútbol como temática. Los programas «deportivos» de la TV hacen mella en sus juicios y dicen a viva voz tonterías que en un caso en el primer tiempo, requiere de que uno avise de que «ahí está sentado un argentino», para silenciar alusiones conspirativas.
Los relatores españoles son la viva imagen y semejanza oratoria de la gran mayoría del pueblo futbolero español. Siempre aferrados a una birra, ya saben con su oráculo de cadorna, lo que va a ocurrir más tarde. No les salió esta vez. Se dispersaron los efluvios conspiranoides y cerraron la puerta de atrás antes de irse cantando una jota, bajito. Uno de por ahí dice algo gracioso entre todo: «La próxima final será en Marruecos, por cojones!». En los primeros 70 minutos, hidrataciones mediante, me siento como ese meme que leí en las redes: «Tengo más nervios que milanesas de oferta». En medio de todo esto, aparece un tío desde la calle que me mira fijo y pregunta si estuvo conmigo este mediodía. Lo conocían ya, por eso no hubo conflicto con el muchacho en desvarío, tal vez preso de la doctrina Porro, nuevo héroe español que no es puro humo.
Después llegará lo que nunca tuve en duda, la reacción y el embate indestructible de la armada Scaloni. Grité los goles saltando y mirando en secuencia vital a cada uno de los piedras. No sé qué intentaron demostrar, tal vez el terror a jugar contra nosotros. Una parejita de León (Nicaragua), desde atrás gritó conmigo y brindamos con alegría latinoamericana, que los argentinos lo somos, ¿o no recuerdan?
Llega el domingo, se viene la final tan temida. Ya lo comenté: hace casi cuatro años, nos abrazábamos con Vera, emocionados, por el Mundial ganado, ambos con las camisetas argentas, en Zaragoza. Hoy la cosa es distinta. A prueba mi paternidad en conflicto con la argentinidad futbolera. La sangre no es agua, reza un refrán del sur italiano, parte de nuestra sangre viene de ahí. Una de las dos Españas ha de helarte el corazón, mentaba Machado. Mi hija lo mantiene vivo y caliente, más allá de colores que transfieren sentimiento desde el verde césped y de algún modo construyen un sentido de vida que a ella le quedará aún cuando yo ya no esté de mensajero emocional. Que gane quien merezca, ya estoy hecho.
Besos de esquina y abrazos de cancha.
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