Noé Jitrik es, quizá, una de las figuras que ha enfocado la literatura desde mayor cantidad de ángulos. Desde la teoría, desde la poesía y la ficción, desde la historia y la crítica, desde la enseñanza universitaria y desde la charla informal en cualquier ámbito, desde una feria del libro hasta el bar de la esquina con un periodista. También desde la dirección de una obra monumental como lo es la Historia Crítica de la Literatura Argentina.

No solo ejerció la docencia en la Universidad de Buenos Aires a cargo de la cátedra de Literatura Hispanoamericana de la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA, sino también en Francia, Colombia, Estados Unidos, Puerto Rico, Uruguay, Chile y México.

En los años 50 fue cofundador de la revista Contorno integrada por  un grupo de jóvenes universitarios que proponían una nueva lectura de la literatura argentina.

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Su residencia en Francia entre los años 1967 y 1970 lo puso en contacto directo con el pensamiento de Barthes, Derrida y Foucault. Allí, dijo en una entrevista, encontró la poesía.  “Pude acercarme –contó-  a la obra de Apollinaire que me marcó mucho. Por supuesto también el surrealismo, Mallarmé, Valery. En Francia la curiosidad se puede satisfacer con los libros usados que se venden a orillas del Sena. En la facultad, los cursos de literatura extranjera eran en castellano y allí encontraba los originales. Mi interés era en ese momento sobre todo la lingüística. Me interesaba también la cultura popular francesa. Fue inolvidable para mí el momento en que vi en la puerta de un local del barrio latino un papelito que decía: «Hoy canta George Brassens» igual que ver en escena a Yves Montand o a Gerard Philippe en una mesa de café.” Fue también en Francia donde quedó marcado para siempre por una clase de Émile Benveniste. “Escuchar a Benveniste era como acercarse a un papiro.”, afirmó. 

En 1973 logró el interés multitudinario de los estudiantes de Letras como profesor que traía teorías renovadoras de la literatura. Pero solo pudo estar poco más de un año al frente de esa cátedra que significó un giro copernicano en la forma de encarar la literatura en el ámbito universitario.

Entre 1974, amenazado por la Triple A, marchó al exilio que se prolongó hasta 1986. México fue la tierra que lo cobijó calurosamente y a la que siempre le estuvo agradecido. Recién en 1987 retomó la actividad docente.

Entre sus libros de ficción se cuentan, entre otros,  «La fisura mayor», «Llamar antes de entrar», «Citas de un día», «Long Beach», «El río de las terneras atadas», «Terminal»  y «Tercera fuente».

En 2017 publicó Fantasmas del saber (lo que queda de la lectura) (Ampersand), un libro en el que señaló las lecturas que marcaron su vida.  En un 25 de mayo gris y lluvioso Tiempo Argentino lo entrevistó en el desaparecido e icónico bar La Paz para referirse a él. Era palpable su dolor por un país devastado en el que la escritura funcionaba para él no sólo como un refugio sino también como un espacio de resistencia.

“La mejor lectura  -dijo entonces- es aquella que no deja tal cual era a quien ha pasado por la experiencia de leer, aquella que lo modifica. Dicho así parece una hipótesis o un deseo, pero si lo vemos históricamente, los grandes episodios de cambios en la humanidad salieron de un libro. La Biblia es un libro y de ella salió nada menos que el cristianismo. El Corán es un libro. El Capital de Marx es un libro. La interpretación de los sueños de Freud es un libro y todos produjeron grandes cambios. Creo que tenemos que propugnar que en el plano individual esto también suceda. Comenzar a leer de niño, que es lo que cuento en este libro, me generó una cantidad de cambios. Si no hubiera leído, hoy seguiría siendo un campesino olvidado.”

Jitrik había nacido en Rivera, un pueblo fundado por inmigrantes a principios del siglo XX, sobre todo judíos colonos. Su padre era de Bielorrusia y su madre, de Ucrania.

Según declaró, leía unos cuatro libros por semana porque la lectura y la escritura eran la razón de ser de su vida. Desconfiaba de los “fenómenos literarios” que imponía la moda, por eso jamás se acercaba a los autores en boga hasta pasado un cierto tiempo.

Hasta que tuvo el ACV que le costó la vida se mantuvo lúcido y en un envidiable estado físico. Era un hombre cálido, bien predispuesto a la conversación, apasionado en sus juicios siempre bien fundamentados. Hablar con él era un verdadero acontecimiento, una experiencia transformadora equiparable a leerlo.

Era, además, un referente insoslayable a la hora de hablar de literatura y un enorme ser humano. Su partida es una pérdida enorme. Se ha apagado un faro.