La de Quino, dueño de una obra exquisita dentro de la historieta y el humor gráfico, no es una muerte cualquiera, sino una pérdida invaluable para un país al que casi no le queda más patrimonio que el de sus hombres y su cultura. Con el tiempo su ausencia se irá volviendo más profunda y nos recordará que ya no contamos con la mirada perspicaz de quien fue capaz de crear a Mafalda, un símbolo que tiene el mérito de habernos unido a casi todos. Algo muy raro entre argentinos, una especie de gente que siempre parece más dispuesta a rascar sobre la herida que a buscar una curita. Por suerte, como ocurre con otros grandes artistas, su obra se queda acá, haciendo que nuestro paso por el mundo sea un poco menos ingrato. Como las canciones de Gardel, los cuentos de Borges o las historietas de Oesterheld, Caloi y Fontanarrosa, la obra de Quino ahora es parte de un patrimonio cultural que debe enorgullecer a este país de paradojas.

Antes de convertirse en el nuevo director de la Biblioteca Nacional, Juan Sasturain ya era uno de los especialistas que más tiempo le dedicó a la tarea de divulgar el enorme tesoro que la Argentina tiene en la literatura, la historieta y el humor gráfico. Es periodista y escritor, pero también guionista, creador junto al gran Alberto Breccia de una de las historietas argentinas más importantes de los últimos 40 años, Perramus. También dirigió revistas clásicas como Humor o la mítica Fierro y por todo eso quizá no haya una persona con más autoridad que él para analizar la figura de Quino y su obra, y el enorme peso específico que ambos tuvieron y seguirán teniendo en la cultura nacional de los últimos 70 años.

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“La verdad, no llegué a ser su amigo, pero la imagen que siempre he tenido de él es la de un tipo muy tímido y reservado, poco dado a las manifestaciones públicas, poco expansivo y muy reticente”, dice Sasturain, tratando de reconstruir su vínculo con Quino. “Tampoco fue un hombre de hacer muestras públicas de adhesión a grandes causas y siempre se expresó a través de su trabajo. Pero no solo no tenía un carácter dicharachero ni era particularmente simpático, sino que, además, su mirada fue haciéndose cada vez más oscura. Sus últimas publicaciones son tremendamente sombrías, aunque esa particularidad siempre estuvo presente en él, que no se caracterizaba por su alegría de vivir sino que tenía un profundo escepticismo”, recuerda el director de la Biblioteca Nacional.

-Todo el mundo conoce de sobra lo que Quino hizo con Mafalda o su trabajo con el humor gráfico, pero casi nadie sabe cómo empezó su carrera en la historieta y el humor.

-El primer dibujo que Quino publicó apareció en la revista Dibujantes, que salía en los años ’50 dedicada al dibujo, y entre los nuevos valores de 1954 aparece un joven Joaquín Lavado con unos dibujos simplísimos. El primero de todos fue una tirita de cuatro cuadritos donde se ve un preso que está a las puteadas, picando piedras. En el segundo cuadrito se lo ve salir de la cárcel contento, con un papelito en la mano que dice “indulto”. En el tercero entra en una oficina de empleos y en el último cuadrito se lo ve con un mameluco de trabajo, picando piedras y otra vez a las puteadas. En esos primeros cuatro cuadritos mudos publicados por él también están sintetizados todos los elementos que después desarrollaría en el resto de su obra. Y no sólo el humor o la mirada social, sino la idea de la no realización, de las esperanzas frustradas, pero siempre contadas desde un lugar nada dramático ni existencial.

-Es decir que ya desde la primera publicación su trabajo de algún modo lo reflejaba.

-Fijate que a aquella tira se la puede confrontar con uno de sus autorretratos, que siempre son tremendos, prácticamente partidas de defunción. Hay uno muy lindo, muy revelador, en el que se lo ve a él sentado en la silla de dibujo pero vestido con un traje de presidiario que en lugar de tener rayas negras tiene tiras de historieta. ¡Y con una melancolía en la cara! Ahí se ve que, de algún modo y aunque lo disfrutaba, siempre padeció el trabajo. Siempre sufrió el laburo, la inspiración. El trabajo para Quino siempre tuvo ese resto de melancolía.

-¿Puede decirse que Mafalda no solo representó un hito en la carrera de Quino, sino que la decisión de dejarla también significó casi un cambio de género en su obra?

-Claro, porque a partir de ahí empezó con las páginas integrales qué hacía una vez por semana para la revista de Clarín. Ahí dibuja cada vez más, en el sentido de que sus dibujos se vuelven mucho más detallistas.

-Más barrocos.

-Pero siempre con el don de la simplicidad. Porque lo extraordinario de Quino es su maravillosa claridad.

-Sus dibujos siempre muestran una línea muy pura.

-Sí, pero ojo, porque con línea pura también se pueden dibujar boludeces. Y dibujar situaciones complejas con una línea tan pura como la de él no es algo fácil. Creo que la obra maestra de Quino es aquella secuencia de la mucama gallega a la que una señora paqueta le pide, con gesto displicente, que ordene el living de la casa después de una fiesta. Y la tipa termina ordenando hasta el Guernica de Picasso que está colgado en la pared de la sala. Y para hacer una cosa así tenés que saber dibujar muy bien, porque no cualquiera es capaz de ordenar un cuadro de Picasso. Andá a fijarte como ordenó Quino el Guernica… En esa secuencia simple, hecha en un par de cuadritos, está todo Quino. Tenés información cultural; aparece ese costado de observación políticamente incorrecto del contexto social; en el gesto de la señora oligarca tenés su mirada sobre las clases altas, pero también hay cierta impiedad en su mirada sobre la mucama.


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(Foto: Edgardo Gómez)

-Aunque no muchas, Quino también recibió críticas.

-La discusión política con Quino es que nunca fue Nac&Pop, nunca fue peronista ni estuvo alineado con él. Tampoco fue un militante del bando opuesto, pero no fue alguien que tuviera simpatía por las alternativas políticas vinculadas al peronismo.

-Sus padres eran españoles y tal vez haya heredado el espíritu republicano.

-De eso no cabe ninguna duda: era un antifascista que estaba en contra de todas las formas de la derecha. Pero también de la izquierda totalitaria. Es evidente que participaba de un pensamiento saludablemente antitotalitario y le hinchaban las pelotas tanto una cosa como la otra. Eso aparece siempre en él. Su crítica es siempre más social y humanista que partidaria. Alguna vez alguien criticó a Mafalda como portadora de ese pensamiento de clase media un poco gorila, pero esa es una mirada estrecha. Es como descubrir que Walt Disney era norteamericano, como pasa con el libro Para leer al Pato Donald. Las virtudes de Quino, las de Disney o las de Fontanarrosa no aparecen al desmenuzar la ideología que está en ellos, sino en su condición de artistas extraordinarios. A mí qué me importa si John Ford es un hombre de derecha: a mí me gustan sus películas. Después, si vota a los republicanos o no, a mí qué carajo me importa. O si Ezra Pound simpatizó con Mussolini en sus momentos de locura: andá vos a escribir sus Cantos. No es el caso de Quino, claro: solamente estoy dando un ejemplo extremo. Pero está lleno de grandes artistas a los que admiramos y con los cuales podemos tener afinidades o no en algunos momentos, o que hicieron algunas concesiones, pero que no definen absolutamente nada en cuanto a la excelencia de su obra. Quino es susceptible de ser observado de esa manera, pero cualquier otra crítica que se le haga es mezquina, menor y no merece consideración.

-¿Cuál es el lugar que ocupará a partir de ahora dentro de una tradición con la riqueza de la historieta y el humor gráfico argentinos?

-Quino se ubica entre los mejores historietistas que tuvimos y no cabe duda de que es quien creó al personaje más poderoso. Pero en el campo del humor gráfico, el de los chistes unitarios como los de Divito, Calé, Medrano o Lino Palacio, también ocupa un lugar central. Es decir que Quino es importante tanto en el humor gráfico como en el campo de la historieta. Y si tenés que nombrar a cinco, uno de ellos siempre va a ser Quino. Y es justo que sea así, porque consiguió lo que consiguen los grandes: una obra muy arraigada en el lugar donde le tocó vivir y trabajar, pero que, sin buscarlo, también se volvió universal.


En el planeta Mafalda

¿No te parece que el trabajo con Mafalda, que es sobre todo dialéctico, dejó un poco oculta gran parte de la obra de Quino que trabaja con el silencio y con la potencia expresiva de la imagen más que con la palabra?

-En términos formales y estéticos se puede decir que Mafalda es una excepción. Entre el año ’54, cuando Quino comenzó a ser profesional, hasta diez años después, cuando empezó con Mafalda, se desarrolla su período mudo inicial. Después, durante 10 años hace lo que nunca había hecho, que es una tira autoconclusiva basada en el diálogo [Mafalda]. Y a partir de 1973 hasta que deja de dibujar, volvió a trabajar otros 30 años de humor sin personaje, con poco diálogo y sin desarrollo argumental. Lo que se ve en ese último período es un crecimiento paulatino del escepticismo. Mafalda era todavía la posibilidad: Quino era un hombre de unos 30 años que participa de la posibilidad de realizar modificaciones sociopolíticas en el mundo. Por entonces la posibilidad del cambio del sistema, del mundo y de todo era una realidad que hoy no se vislumbra.

-Para nada.

-Pero el clima de entonces era un clima de cambio social. De algún modo, Quino encarna en el humor gráfico argentino esa posición de clase media que veía una posibilidad de cambio. La revolución sexual, el psicoanálisis, los cambios políticos, una sociedad que avanzase hacia el socialismo y la justicia social…Todos esos eran ideales de las mayorías. Si mirás, por ejemplo, el programa político con que ganó Cámpora en el ’73 te caés de culo. Y Allende subió al poder con un programa socialista. Y todo eso lo votó la clase media, no solo los trabajadores. Y Quino, con todo su escepticismo, con su mirada humanista pero, al mismo tiempo, muy crítica, muy poco creyente en las consignas políticas, estuvo a la altura de su época.

-Los fanáticos siempre lamentan su decisión de terminar con Mafalda, porque fantasean con la idea de hasta dónde podía haber llegado el personaje.

-Cuando Quino dejó a Mafalda, allá por 1973, fue justamente porque le pareció que en el fondo ya no tenía razón de ser, que ya no podía seguir diciendo siempre lo mismo. Y eso a mí me parece muy inteligente y muy revelador. Quino en general no se copió a sí mismo, aunque es cierto que podría haber seguido 50 años con Mafalda. Fue consciente de los riesgos de la repetición y uno de los rasgos de los talentosos es que se resisten a repetir las fórmulas.