Al igual que la literatura para adultos, las obras literarias destinadas a niños, niñas y adolescentes tuvieron desde siempre un vínculo necesario, a veces un tanto controvertido con el mercado. En muchos casos, la industria editorial especializada en este tipo de literatura puso el acento en hacer de las distintas infancias un único consumidor, homogéneo, generalizado y desprovisto de toda capacidad crítica. Es evidente cómo ese mercado va acompañado por otros discursos que lo refuerzan como la publicidad, la industria del juguete o de la moda. Historias endulzadas y alejadas del entorno social suelen ser las que mejor encajan dentro de ese mercado idealizador.

Dice Sandra Carli: “La pregunta por la infancia interroga acerca de las formas de reproducción humana en una sociedad, en cuanto la educación y la política intervienen en la construcción de formas de filiación entre las generaciones, en ciclos históricos que, en el caso argentino, oscilaron entre el reconocimiento de derechos, las políticas de genocidio y las luchas por la ampliación del acceso a la escuela, la salud y la cultura.”

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Aquello que se conoce actualmente como literatura infantil y juvenil no existe desde siempre, dado que la infancia como concepto y como sujeto histórico tampoco existió desde siempre. De hecho, muchos de los relatos que ahora se conocen como “relatos infantiles tradicionales” o “clásicos” surgieron durante los entornos de guerra o posguerra y luego fueron edulcorándose con el paso de los años. Hansel y Gretel, por ejemplo, era originariamente un testimonio del hambre y la sobrepoblación que azotaba a la Europa de ese momento.

Por lo menos hasta mediados del siglo XX, y a raíz de la altísima mortalidad infantil y el paso directo del niño al mundo del trabajo, no era posible pensar en la infancia como sujeto histórico y social sobre el cual reflexionar y generar, entre otras cosas, políticas de Estado o bienes culturales. Actualmente, la infancia constituye esa franja etaria sobre la cual es posible pensar los sujetos habitantes del futuro. Así lo entienden los diferentes Estados y así lo entiende y lo interpreta mejor que nadie el mercado. Disney constituye el gran exponente de ese mercado que funciona como generador de conciencia y como correa de transmisión de ideología basada en estereotipos que orientan la manera de pensar, sentir y consumir. El fenómeno Harry Potter tiene algo de eso también.  Pero fuera de Disney, y de todo un mundo editorial que responde a su lógica, hay quienes conciben la literatura infantil como una zona de tensión y de cuestionamientos a partir del cual puede pensarse una noción de infancia capaz de disentir y no sólo de reproducir.

La escritora argentina Liliana Bodoc sostenía que se puede escribir parado frente a un espejo o frente a una ventana. Aquel que escriba frente a un espejo se verá sólo a sí mismo. Sin embargo, aquel que lo haga frente a una venta, podrá ver el mundo y escribir sobre él. Así podríamos decir que pasa en la literatura infantil y juvenil: hay dos tipos de escritores, los del espejo y los de la ventana. Quizá en consonancia con lo que plantea Graciela Montes podremos diferenciar la literatura que encierra y aquella que abre el corral, la que muestra el mundo y la que lo oculta, la que acepta sumisa y la que cuestiona y pone en crisis lo establecido para revolucionar.

Dentro de esta otra literatura infantil y juvenil, es posible pensar aquellas obras para niños y niñas que abordan temáticas vinculadas a problemáticas sociales, históricas o relacionadas con la memoria. En relación a esta última, se han venido produciendo y publicando novelas que plantean la problemática de la memoria y que supieron plantarse frente al mercado y sus historias del yo como única opción. El mar y la serpiente,de Paula Bombara,  Los que volvieron o El año de la vaca, ambas novelas de Márgara Áverbach, El que no salta es un holandés, de Mario Méndez,  Nadar de pie, de Sandra Comino o Manuela en el umbral de Mercedes Perez Sabbi,  representan algunas de las novelas destinadas a niños, niñas y adolescentes en las que se que retoma la cuestión de los desaparecidos durante la última dictadura cívico militar ocurrida en nuestro país y en las que se plantean historias vinculadas a  la recuperación de la identidad o la problemática de la guerra de Malvinas.

María Teresa Andruetto se pregunta “¿Para qué sirve la ficción? ¿Tiene alguna utilidad, alguna funcionalidad en la formación de una persona, en nuestro caso de un niño, es decir justamente de una persona en formación? Vamos los hombres y mujeres al diccionario para saber acerca de las palabras y a los libros de ciencia para saber de ciencia y a los diarios y periódicos para leer las noticias de último momento y a las carteleras de cine para saber qué películas pasan. Pero, ¿a qué sitio vamos para saber acerca de nosotros mismos? Los lectores vamos a la ficción para intentar comprendernos, para conocer algo más acerca de nuestras contradicciones, miserias y grandezas, es decir acerca de lo más profundamente humano. Es por esa razón, creo yo, que el relato de ficción sigue existiendo como producto de la cultura, porque viene a decirnos acerca de nosotros de un modo que aún no pueden decir las ciencias ni las estadísticas.”

Frente a la posibilidad de escribir frente al espejo o frente a la ventana, tal como lo plantea Bodoc, estas novelas se proponen la posibilidad de hacerlo para contar el mundo o abrir el corral del que habla Graciela Montes y así darle al pequeño lector  la información necesaria para pensar los distintos procesos históricos, sociales y políticos de los que también él es parte fundamental.

Siempre se pensó que la narrativa histórica, puntualmente lo que se denomina “novela histórica”, era un género destinado al lector adulto.  Junto con las obras que plantean la problemática de la memoria, pueden situarse aquellos libros que retoman los procesos históricos y los ficcionalizan pensando en un destinatario infantil o juvenil. Laura Ávila es una de las pocas autoras argentinas que escribe novela histórica para niños y niñas parada desde un lugar desde el que rescata los personajes que se hallan al margen de los distintos procesos históricos de conformación de la Nación.  

En Historia de tres banderas (editada por Loqueleo, cuenta con ilustraciones de Gerardo Baró), por ejemplo, la protagonista es Flora, una niña de doce años, que trabaja de cocinera en una casa en Tucumán donde se hospedan unos porteños que han llegado desde Jujuy con un pueblo entero. Los conduce el general Manuel Belgrano. La vida de Flora dará un vuelco se cruce con ese general que, junto al pueblo, lleva adelante una verdadera revolución. En Los músicos del 8 (editada por Planeta lector con ilustraciones de Julieta Farfala) se narra la historia de unos chicos de ascendencia africana reclutado para cruzar los Andes junto con San Martín. En torno a la figura de Belgrano, acompañan también El hombre que no podía mentir de Ana María Shúa o Mi amigo Manuel de Mario Méndez (también de Loqueleo).

Juana Azurduy. La fuerza escondida de Paula Bombara (Editorial Norma) que narra la vida y la lucha de esta mujer que se unió al ejército de los patriotas constituye otro ejemplo de cómo leer e interpretar la historia desde los márgenes y desde una mirada no hegemónica.

Sabemos que el mediador, docente, bibliotecario o cualquier adulto que cumpla ese rol, constituye una figura central y decisiva al momento de seleccionar qué dar a leer a niños, niñas y adolescentes. En este sentido, es fundamental que tenga una formación tal que le permita elegir al margen de lo que rige el mercado para las infancias, sabiendo que hay toda una producción literaria que plantea algo por fuera de los índices de venta. En este sentido, resulta fundamental, al momento de decidir qué dar de leer, no perder de vista que el mercado homogeniza y vacía de sentido al concepto de infancia sin prever que hay casi tantas infancias (cada una atravesada por sus realidades y problemáticas) como niñas, niños y niñes hay. Y para cada uno de ellos, hay posibles lecturas.