Kaidú

Paula Pérez Alonso

Sumate y apoyá el periodismo autogestivo

ASOCIATE

Tusquets

Sin duda, Kaidú, fue uno de las novelas de mayor repercusión del año. Se trata de una historia solo sencilla en apariencia: la profunda relación que una mujer establece con el perro de su pareja, Kaidú. Pero bajo esta engañosa sencillez superficial, hay planteos cruciales. El fundamental, sin duda, es hasta dónde puede llegar el amor y el entendimiento con un animal, cómo las barreras impuestas por la cultura se revelan en toda su artificiosa arbitrariedad cuando es posible poner el foco sobre un animal y entregarse a una relación con él que esté libre de los prejuicios que pesan sobre la distinción humano/animal. No se trata, por supuesto, de una historia de zoofilia en su sentido más burdo, es decir, el que está ligado a lo sexual, como quizá podría deducirse erróneamente de estas palabras, sino de una relación de amor y comprensión que hace volar por el aire ciertas categorías instituidas. En  un momento en que se abre paso con contundencia de liberarnos de las categorías binarias de la sexualidad, no podemos, según parece, liberarnos de las categorías mismas.

“Lo que me disparó la novela –le dijo a Tiempo Argentino la autora en una entrevista referida al libro, fue la relación con un perro, sentir que ese perro era un par, un igual. El dueño del perro lo trataba como a un par. El perro caminaba a su lado sin correa, cada uno en su territorio, pero no existía la cuestión del amo, del dominio. Soy muy sensible a eso y siempre me llama la atención el discurso del dominio y los actos de dominación. Tengo un rechazo muy visceral a  eso. Con la forma de estar en el mundo de este perro sentí que me abría a otra esfera, a otro grado de percepción. Me preguntaba cómo era posible que me sucediera esto. A veces uno está tan galvanizado, tan abroquelado, que las cosas no le llegan pero, por suerte, yo me dejé afectar por eso y respondí a la afectación, y en ese doble movimiento mi vida cambió.”

Esta novela, que sacude nuestros prejuicios más arraigados sobre lo humano o lo animal, podría leerse en tándem con otra novela extraordinaria, El amigo, de Sigrid Nunez, en la que una mujer se queda a cargo del perro de su amigo y amante suicida.  Ambos, mujer y perro, están unidos por un duelo común, el del amigo-amante y el del “dueño” del perro, una palabra que da cuenta de que a los seres humanos nos resulta difícil o imposible establecer con los animales una relación de paridad.

Aunque muy diferentes desde lo formal, las novelas de la autora neoyorkina y de Paula Pérez apuntan a patear el tablero de las ideas preconcebidas, aquellas que llevan a una gran mayoría a pensar que la relación intensa con un animal es una falencia afectiva, el reflejo de la imposibilidad de tener relaciones satisfactorias con los humanos, una debilidad de la vejez solitaria que pone en un perro o en un gato atributos que estos no tienen, una manifestación, en fin, de una carencia, no de una riqueza.

Seguramente, la coincidencia en los enfoques no es casual. En un momento de profundos replanteos de la relación entre el humano y la naturaleza, la excelente novela de Paula Pérez Alonso quizá ponga desde la literatura una de las piedras fundamentales de un una nueva forma de pensar lo humano y lo animal.

Cuentos completos

Leonora Carrington

Fondo de Cultura Económica

Dijo Octavio Paz: “Leonora Carrington no era una poeta sino un poema que camina, que sonríe, que de repente abre una sonrisa que se convierte en un pájaro, después en pescado y desaparece”. A esta mujer singular se la puede encontrar en la pintura, donde se manifestó como una “surrealista esencial”, es decir que no abrazó el surrealismo como una escuela pictórica, sino como una manera de entender el mundo.  Del mismo modo, se la puede encontrar en la literatura, donde hace de lo onírico la materia misma de sus narraciones.

Aunque proveniente de una familia de clase alta, nacer en la abundancia no le hizo más fácil la vida, algo que ocurre con cierta frecuencia con los seres que tienen una sensibilidad extrema. Conoció muy joven a Max Ernst que la doblaba en la edad y estaba casado por segunda vez. Esto no impidió que su amor se consumara.

Pero la relación amorosa llegó al final cuando los alemanes cruzaron la línea Maginot en 1940 y Max fue apresado, juzgado y sentenciado por ser un “artista degenerado” y enviado a un campo de concentración. Eleonora enloqueció y decidió viajar a España para buscar una salida para Max. Allí hace pública su opinión sobre el nazismo y el fascismo. Las autoridades atribuyeron sus declaraciones a una enfermedad mental. Su padre movió sus influencias y contra su voluntad terminó internada, atada de pies y manos en un manicomio de Santander. Era medicada con cardiazol, una droga que tenía efectos similares al electroshock.

Historia como estas muchas veces se ponen al servicio de la creación de un mito que, como todos los mitos, no se corresponde con la realidad. Leonora Carrington, la mujer que decía entender la lengua de los caballos, no escribió desde la locura, sino desde la lucidez de la sensibilidad y la creación.

Sus Cuentos Completos son la prueba fehaciente de que Carrington tenía un mundo coherente con lo onírico, un universo regido por leyes propias y que, dentro de la unidad entre los relatos, hay matices, texturas diferentes, modulaciones dentro de una misma clave. Estos cuentos son una forma de adentrarse en el “universo Carrington”, una suerte de fascinante mundo paralelo. En 2017 el Fondo de Cultura Económica también publicó la novela La trompetilla acústica en una hermosa edición con ilustraciones de ella misma. Asimismo en su catálogo figura Leche del sueño en dos versiones,  una es un álbum ilustrado para chicos y la otra, una edición facsimilar para adultos.  

Que la publique un sello de origen mexicano no es casual. También en México tiene  un museo que lleva su nombre. Aunque  nació  el 6 de abril de 1917 en Lancashire, Inglaterra, vivió y murió, a los 94 años, en ese país el 26 de mayo de 2011.  Viajó a tierras mexicanas con su primer esposo, el intelectual y torero Renato Leduc del que se divorció para casarse, también en México, con Chiqui Weitz, amigo de  André Breton.

Sus Cuentos Completos son una celebración de su fantasía, pero también de la construcción rigurosa de relatos tan eficaces que logran sumergir al lector en  un mundo diferente.

Aurora Venturini

Cuentos secretos

Tusquets

Aurora Venturini fue una escritora casi secreta hasta que en 2007, bajo el seudónimo Beatriz Portinari,  ganó el concurso Nueva Novela organizado por Página 12. Por entonces hubo algunas críticas a que le otorgaran el premio a una persona de edad tan avanzada que era difícil vislumbrar que tuviera un futuro en la escritura. La crítica, por supuesto, era absolutamente injusta, en primer lugar porque sobreponía el concepto de “producción” al de calidad. Ya es un lugar repetir que Juan Rulfo dejó una obra más que exigua, lo que no le impidió figurar en los anales de la mejor literatura latinoamericana de trascendencia mundial. Pero además, Venturini tenía una profusa obra a sus espaldas que, por haber sido publicada en ediciones de autor, no había tenido prácticamente difusión. Es decir, tenía obra, pero carecía de aparato publicitario.

Sus Cuentos Secretos, publicados por Tusquets como el resto de su obra, son una prueba de la calidad y la rareza de su escritura. Es difícil, si no imposible, encontrarles parentescos literarios directos.

Como bien lo consigna Jorge Consiglio en el prólogo, la literatura de Venturini “arde. Sus textos conmocionan, provocan un verdadero shock estético. El lector, desprevenido, abre cualquiera de sus libros y se topa con un tembladeral formidable, vertiginoso; un fuego constante. Frente a semejante paisaje, bascular es la opción. Vibrar, marearse: testimonios, en este caso, que confirman que los textos desaforados fulguran y sobrepasan sus propios límites.”

Venturini tiene una voz propia y distinta en la que conviven lo escatológico, lo exquisito, la sintaxis quebrada que hace a veces caso omiso de la posición de los verbos como si escribieran en latín y no en castellano, las historias extrañas que se ramifican, el humor y la aspereza. Podría calificársela como una escritora “rara” en la medida en que no recorre caminos convencionales y se lanza con un desusado atrevimiento a narrar con leyes impuestas por ella misma.

Quizá el segundo cuento del libro, “Lo humano, la planta y el animal” sea, además de  una narración excelente, un manifiesto estético. Si en él derriba las barreras entre las especies, en sus cuentos (y también en sus novelas) se dedica precisamente a eso, a derribar barreras,  ideas preconcebidas sobre lo que debe ser un cuento tradicional:  mantener un lenguaje uniforme que no debe saltar de un registro a otro, hacer foco en una sola historia sin digresiones, cerrar con una frase redonda que reúna los hilos dispersos, hacer gala de concisión…Sus cuentos parecen no responder en absoluto a ninguna receta ni al mismísimo Decálogo del perfecto cuentista de Horacio Quiroga cuyo primer consejo es: “Cree en un maestro -Poe, Maupassant, Kipling, Chejov- como en Dios mismo.” La escritura de Aurora Venturini parece no reconocer dioses ni autoridades humanas. Su coherencia se encuentra dentro de un marco fijado más bien por el anarquismo, lo que no significa no respetar preceptos literarios, sino crear los propios.

Cuentos secretos no dejará de sorprender al lector desprevenido acerca de quién fue realmente–y sigue siendo en su escritura- Aurora Venturini