Comenzar esta nota por el diseño de tapa de Verso (Emecé), el libro de poesía de la cantante y compositora Paula Maffía, no es un capricho. En la urdimbre con florcitas bordadas que no sólo está dirigido a la mirada, sino también al tacto, se condensa gráficamente los que ella puso en palabras. La experiencia táctil que propone es un adelanto de la sensualidad que encontrará el lector a lo largo de un libro que parece dictado por el deseo. El carácter infantil de la trama bordada, que evoca viejas labores escolares, retrotrae a la niñez, ese momento de la vida en que nos formulamos todas las preguntas con hondura filosófica e indagamos el mundo con ojos nuevos. También esta exploración la encontrará el lector en Verso, un libro en que la autora parece haberse atrevido a echar al mar del mundo sus redes poéticas para captar por un momento lo efímero, lo que se resbala de los dedos como un pez, en definitiva el fluir inasible de la vida. 

-Leí una frase tuya que me quedó grabada: “me compongo encima”, refiriéndote al gusto por componer. ¿También te poetizás encima?

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-Que el libro sea de poesía es casi una decisión editorial. No escribí nada de lo que hay en él tratando de escribir poesía. Mucho del contenido del son frases que aparecen en mi mente y, como digo en el libro, las apoyo en una hoja.  No sé si hay una intención escritora, una misión más allá de declarar lo que pienso. Son pequeñas declaraciones. Algunas sí tienen una forma de texto vertical, algunas podrían ser letras de canciones y, de hecho, algunas lo son. Me gusta viajar por y con las palabras, pero nunca busqué desarrollarme en el quehacer poético. De hecho, no soy una consumidora ávida de poesía a diferencia de lo que me pasa con la narrativa, con el formato documental, ensayo, entrevista, teatro, un género que me apasiona leer indiscriminadamente, con la poesía soy un poco caprichosa.

Más allá de tus intenciones, se nota una visión poética de la realidad.

-Sí, de hecho la editorial lo encuadró así y me parece bien. Pero la misión no fue esa, fue el resultado. Para mí es muy interesante esa diferencia porque me lleva quizá a ir a la poesía, aunque no tenga una intención poética. Creo que puede haber poesía en un horóscopo o en la etiqueta de un detergente. También en muchas otras cosas porque las disciplinas artísticas están muy próximas. Una película muda puede ser poética, lo mismo que un juego de palabras. Incluso la combinación de dos cremas puede ser poética porque hace estallar signos. Es lugar protopoético a mí me parece tan fecundo que me estimula mucho a quedarme en él. Hay gente excelsa en el campo de la poesía, que la trabaja canónicamente dentro de la forma y el estilo. A mí, en cambio, las formas y los estilos me encarcelan.

– Pero te gusta mucho la poesía de Alejandra Pizarnik y la de María Walsh.

-Sí. Puedo sumar a la lista, a Sylvia Plath, a Anne Sexton, a Viel Temperley. Te digo los nombres que primero me vienen a la mente, pero también me parece poético leer a Wittgenstein.

Por los nombres que me mencionás no creo que no tengas una formación en la poesía. La lectura forma.

-Sí, forma y deforma (risas). O súper forma.

Verso es un libro muy lúdico. Tiene tres partes que se llaman Persona, Placer y Palabra. ¿Esas tres p son una forma de juego?

-Sí, el nombre mismo del libro propone un juego. Para mí la palabra es una cápsula llena de posibilidades. Encontrar en ella dobles, triples, múltiples intenciones, es decir, la polisemia, me parece increíble. Los juegos de palabras son los primeros juegos que hacemos. Allí aparece el primer acto de rebelión con la realidad y con lo obvio. Hay algo muy bueno en haber podido sacar este libro por cómo se dieron las cosas. No es que escribí un libro de poesía y fui a buscar editoriales. La editorial se acercó a mí y me dijo que había cosas que yo subía a Internet que le gustaban y que quería  que preparara un libro. Para mí, que me desarrollo dentro de la música,  es un acontecimiento que un sello fuerte de una disciplina bastante afín a lo que hago me diga que  me garantiza los medios de edición y escritura para un primer libro. Fue la posibilidad de poder jugar. Además, si no jugaba y me lo tomaba en serio, creo que no iba a poder hacerlo.

-Además, dibujaste algunas proyecciones tuyas como un autorretrato como varón, vos en un triángulo amoroso…¿Es una forma de jugar, como los chicos al “como si”: “dale que yo soy la maestra y vos sos…”

-Sí, la primera pregunta que me planteo es qué es “ser”, porque somos una multiplicidad de posibilidades. Jugar a que soy otra cosa es una posibilidad de explorar distintas formas de ser que quizá no me permití por miedo,

 ignorancia, orgullo o vanidad. También es volver a ser una después de haber probado lo otro y de reafirmar que quiero ser lo que soy. El “ser” es una corriente. Lo que puedo decir es que “estoy”. Creo que lo que nos delimita, lo que nos da forma, también es aquello que nos retiene, nos pone un límite. Y también creo que es algo muy de los tiempos que corren, con esta nueva ética que nos ofrece el feminismo para ver el mundo, que es romper con la imagen estanca del ser, del deber, del manifestarse y hasta del inmolarse.

¿Escribiste algo específicamente para el libro, además de lo que ya tenías?

-Sí, porque me generó una especie de lujuria. Allí reuní cositas escritas a los 17 o 18 años, descartes, extensiones de obras, entradas de mi diario. Cuando escribo una canción me obsesiono y descarto hasta llegar a una miniatura perfecta. Mucho de los textos de Verso son ese aserrín, esas esquirlas. También hay reflexiones, aforismos, tuits y varios textos que escribí haciéndome la poeta, actuando de poeta (risas).   

-La tapa simula una urdimbre sobre la que hay florcitas bordadas. Eso anuncia lo que vas a desarrollar en el libro. ¿Tuviste alguna intervención en ella?

-La tapa es plena obra mía. El diseñador, Juan Ventura, un hombre muy talentoso y paciente, tuvo la bondad de tomar casi como estaba el documento que le mandé con todos los textos. Algunos que eran cortos los fui separando con rayitas y él los puso de esa forma  porque así se los presenté. Lo que más odio de la poesía es que escriban dos renglones y que dejen la página vacía. Me parece un acto de terrorismo. Yo tengo horror vacui y necesito llenar todo. Probamos muchas tapas y finalmente me acorde de que tenía un cuadernito muy lindo hecho a mano que me había regalado  un amigo. Era chiquito, cabía en una mano como un pajarito o un gatito bebé. Mucho de los poemas que aparecen en Verso los escribí allí. En una de las pruebas le dije a Juan que tenía una cuadernito precioso que me hacía acordar a la ropita que me hacía mi abuela cuando era chica o a algún mantel de una casa de vacaciones en el conurbano. Le gustó mucho la idea y le dije que sería bueno que tuviera una textura que se asemejara a la tela. Como en el libro se pondera todo el tiempo el trabajo y la labor de las manos, sería injusto que no les diéramos a las manos algo para tocar.

Además, el título y tu nombre simulan estar puestos en  una etiqueta como las escolares.

– Sí, la idea era que fuera como mi cuadernito de tercer grado. Para mí el libro como objeto es algo que hay que militar. Entiendo que todo deviene digital, pero con el libro me niego. Soy una conservadora acérrima. Me gustan las texturas, los olores, que no puedas cambiar el tamaño de la tipografía, que no lo puedas leer si no hay luz, que sea portable. El libro es un manifiesto, un mundo sensorial muy grande. Los libros viejos tienen distintos olores, no es lo mismo un papel de arroz que uno de pulpa. Además, me parece espectacular poder posar los ojos en otro tipo de soporte que no sea una pantalla. El libro es un cuerpo y cada cuerpo me lleva a lugares distintos.

-La contratapa del libro es de Camila Sosa Villada. ¿Cómo se dio?

-Es un privilegio. Conocía a Camila porque soy muy consumidora de su obra. Siempre me tiró buena onda con las cositas que yo escribía. Cuando la editora me preguntó qué quería hacer con la contratapa, pensé en Camila, aunque quizá era aspirar a algo demasiado sublime, pero le escribí y se recopó.

-¿Los dibujos los pensaste para el libro?

-Sí y no. Tenía ya pensada una serie de manos y luego para cada uno de los tres ejes del libro pensé dibujos específicos que funcionaran como separadores. Igual que me pasa con la poesía, dibujo intuitivamente, a tientas, como un ciego. Me gusta que el ojo descanse. Es como cuando te toca el comodín en el chin-chon o el wasabi en el sushi.  Al dibujo se lo piensa solo para el libro infantil. Eso es una gran derrota de la adultez.

¿Tus capacidades creativas tan diversas son de familia?

-Mi familia no se dedicaba al arte, pero en mi casa había objetos bellos que estaban al alcance de mi mano. Mi abuela me introdujo en el conocimiento de la mitología, pero por placer, sin indicaciones. No fui a instituciones artísticas, pero tuve libertad. Creo que la libertad y la falta de guía hicieron que yo fuera chapoteando en el arte, pero sin una finalidad concreta. 

¿Cómo fue la realización del libro?

-Muy placentera. Hago música hace 20 años y en ese terreno sé lo que quiero. Tengo un contacto muy estrecho y me obsesiono para dar lo mejor. Con el libro, en cambio, no sabía nada. Entonces, busqué como  un rabdomante, completamente guiada por la intuición. Para escribirlo elegí desnudarme.  «
Una relación carnal

“Leer Verso es encontrarse con la poeta que a una le hubiera gustado ser. Paula Maffía realiza un asombroso gesto de economía, de acopio de fuerzas en la escritura, y entrega a sus criaturas una inteligencia particular. Una inteligencia sin solemnidad, y esto es muy importante aclararlo. Al contrario, en este acierto en lo escrito, lo que queda en los ojos que leen es perplejidad y picardía.

Sin duda, ella comprende. Quedo extenuada de su erotismo musical, de estas palabras mojadas desde el comienzo hasta el final. Verso manifiesta la relación carnal de su autora  con la palabra, que es, en definitiva, el deseo de cualquier persona que escribe: algo así como untar de saliva  el papel y esperar que la poesía se muestre, breve y poderosa. Pienso que un poema no es más que un lenguaje del erotismo, dicho al vacío y para nadie, del mismo modo en que la Maffía arroja sobre el papel sus haikus lésbicos, hasta el hueso preñados de ella misma. 

En el tiempo ominoso que nos toca vivir, siempre al borde de desaparecer, la poeta escribe con gracia felina y nos rescata de los lugares comunes en los que caemos habitualmente al leer poesía. En Verso se intuye la vida feliz de una artista, la intimidad con sus amantes, con las plantas y animales con que decidió convivir. Aquí encontramos alegría en la vida  de todos los días. Aquí están presentes hasta las cosas que salieron mal, aunque se las haya hecho bien. 

Para acercarse a este libro es preciso estar desnuda y en paz, body and soul, como dice la canción, porque hay poetas como Paula Maffía que escriben sobre el papel como si fuera nuestra propia carne.”

Camila Sosa Villada (contratapa de Verso)