El Río Nevá puede ser una trampa. Durante la revolución de 1905, la que condujo a Rusia hacia una monarquía constitucional, con la formación de la Duma, una asamblea consultiva, el río se convirtió en un lugar de muerte. En una de las revueltas, la que por cómo terminó se conoció como Domingo sangriento, las tropas cosacas y la infantería de Nicolás II dispararon contra los manifestantes que estaban frente al Palacio de Invierno, los persiguieron y los acorralaron, y una parte de la multitud, desesperada, tuvo que tirarse al río congelado. Ahí murieron, atrapados entre las grietas de hielo. Al Nevá también tiraron el cuerpo de Rasputín, el mago curandero en el que confiaba Nicolás II y sobre todo la zarina Alejandra, primero envenenado y rematado a tiros. Todo eso está en el museo, esa virtualidad del pasado, en el palacio de la bailarina Mathilda Kshesínskaya, frente al Nevá, donde al otro lado del puente, sobre las playitas del fuerte de Pedro y Pablo, está la vida real de San Petersburgo, como la podría llamar Jorge Sampaoli, y un grupo de chicas y chicos meten los pies en el agua, se refrescan de los 20 grados.

Esas polaroids del verano ruso, lo que sería una primavera para el clima de la Argentina, hacen del Mundial un Mundialazo, la mezcla entre los buenos partidos, la escenografía monumental de un país gigante, la idea de justicia que devuelve el VAR, la amabilidad de los rusos, y lo impensado del fútbol, las eliminaciones -o las clasificaciones- sorpresa, y la confirmación en el ahogo de que no será el Mundial en el que la Argentina se haya ido en la primera ronda. Y sin embargo, la Argentina, la dificultad de que todo sea acá, la imposibilidad de la desconexión.

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Faltan seis horas para que la selección juegue con Nigeria un partido para la taquicardia, y el wi fi del media center, la red FIFA_Media, hace que caigan los tuits sobre los despidos en Télam. Sigue con los mensajes de WhatsApp, los nombres que ya recibieron telegramas, periodistas con décadas de oficio, con demasiados años en la agencia, con los que compartimos historias, coberturas, a quienes leímos para informarnos, para nutrir nuestras notas. La angustia por un partido se transforma en la angustia por un oficio. En la sala de prensa, el enviado de Télam a Rusia, Héctor Laurada, cuenta que se levantó la cobertura. Lo dice en shock, pero muy consciente de que lo urgente, casi que lo noticioso, sucedía en Buenos Aires. Y era lo de menos, pero la agencia estatal de noticias de la Argentina dejaba de cubrir un Mundial de fútbol. En la misma sala, en cambio, seguían algunos de los enviados de la agencia española EFE, la francesa AFP, la alemana DPA, la cadena británica BBC, los espejos en los que alguna vez el gobierno dijo que miraba a los medios públicos. La que no está es DyN, la cerraron el año pasado. La Argentina juega el Mundial, pero el trending topic es #NoALosDespidosEnTélam.

¿Qué importa el partido cuando lo que empieza a reconstruirse es otro mapa, el mapa de los despedidos, de las que se quedan sin trabajo, de las historias personales y colectivas? Son 144 telegramas, pero Hernán Lombardi ya dijo que serán 354. Una masacre. Llega un mensaje: asamblea en Télam. Llega otro mensaje: se votó paro y una permanencia en el edificio. Faltan tres horas para el partido, para que juegue Lionel Messi. En la cancha, va a ganar la selección. “Muchos gritaron los goles como locos, y a mí no se me movió nada. Fue en medio de la llegada de los telegramas. ‘¿Cómo puede ser que festejen así?’, pensé. Pero también pensé que cada uno atraviesa este tipo de situaciones como puede, como le sale”, dice Ariel Bargach, uno de los delegados.

En las redes, amigos, amigas, periodistas, otros que no lo son, escriben sobre la contradicción que produce ganar, cerrar el puño, con lo que pasa alrededor. “Disculpen si no festejamos, nos están despidiendo”, escribe Rodolfo Luna en su muro de Facebook. “Mis hijos lloran con el gol de Rojo, yo porque no sé cómo decirles que hoy me echaron de la Agencia Télam después de 22 años”, escribió Carlos Nis en Twitter. Y en San Petersburgo, con esa noche que nunca oscurece, los colegas mandan mensajes para saber si tal amiga o tal amigo están en la lista de los despedidos. Están. Un grupo de periodistas acreditados en el Mundial empieza a moverse en la sala de prensa. Arman un cartel improvisado, escrito con una lapicera en la parte no impresa de los papeles que entrega la FIFA con los datos del partido: “No a los despidos en Télam”. Es una solidaridad que tiene la impotencia de la distancia. Pero es una forma de estar ahí.

Y no es sólo por Télam. Es por lo que dice un amigo en un audio de WhatsApp: “Parece que el Mundial se lo come todo. Este mes los alimentos duplicaron los precios desde que asumió Macri. Los sueldos no aumentaron. A los despidos en Télam le van a seguir más despidos en el Estado. El Mundial llega en un momento en el que el macrismo, con el acuerdo del Fondo, el recambio de ministros, el endeudamiento, la corrida y la devaluación, muestra su cara más dura”. Es todo lo que alimenta la concreción de un presagio: que el gobierno utiliza el Mundial para acelerar. Pero también está lo otro, lo que a veces se subestima, la calle: un día antes de la apertura del Mundial, la Argentina fue una madrugada de pañuelos verdes, la lucha por el aborto legal. Y el lunes la Argentina fue paro general. No hay partido de fútbol que detenga esa fuerza.

Aunque Rusia acá se sienta una nube, una dimensión paralela, nadie debería quitarnos la alegría del fútbol. Hay momentos en los que parece que es lo único que se tiene. Llega otro mensaje, un video del noticiero de Telefé. Es de Luna, una nena con gorrito celeste y blanco. Diego Pietrafesa le pregunta antes del partido si tiene un sueño. Luna responde: “Sí, que gane Argentina y que haya trabajo para todos”. Las dos cosas. Porque las dos cosas tienen que ser posible. No a los despidos en Télam. Que nadie se robe el trabajo. Que nadie se robe los goles de Messi. Rusia no tiene que ser una trampa.