Jorge Valdano dice que ser rosarino es una manera exagerada de ser argentino. O sea: de ser fanático del fútbol. A la ciudad de la bandera también se la puede conocer como la ciudad de la pelota. Messi y Di María, el ancho de espadas y el de bastos de la Selección. Bielsa y Menotti. Siempre el Negro Fontanarrosa. Rosario Central y Newell’s. Conceptos clave en la nube de palabras del fútbol argentino. En la última década, sin embargo, los episodios violentos coparon ese ecosistema: desde 2013 hay en la ciudad un promedio de entre 150 y 200 homicidios al año. Y esa violencia juega en la misma cancha. Dos episodios recientes lo demuestran.

Este domingo hay elecciones en Newell’s. Un padrón de 19.700 socios está habilitado para acercarse al Estadio Marcelo Bielsa y elegir entre tres candidatos: el actual vicepresidente Cristian D’Amico, el exmédico del club Ignacio Astore y el exsecretario Ariel Moresco. Dos de ellos fueron amenazados esta semana. A Astore le abollaron el techo del auto y le rompieron las ópticas cuando dejó su vehículo estacionado en las inmediaciones del Hospital Privado de Rosario, donde trabaja, además de colocarle un pasacalle intimidatorio frente a la clínica de su esposa, en Bulevar Oroño, pleno centro rosarino. En el caso de D’Amico, la agresión fue contra su hermano: sobre el frente de su casa situada en Funes se contaban once impactos de bala, y tres más en un auto cercano. El actual vice ya había sufrido un ataque a balazos en noviembre de 2016, cuando circulaba con su hijo en camioneta.

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Por repetido, no deja de sorprender. “A veces, desde Buenos Aires, pueden pensar que estamos en medio de una guerra. Es importante aclarar que no es así. Cada hecho genera zozobra. Esta es una ciudad que viene de una cultura obrera y que sigue siendo muy trabajadora. Vivimos nuestra vida. Pero hay una continuidad que marca que la disputa por el territorio de las bandas narcopoliciales tiene relación con las barras bravas, tanto la de Central como la de Newell’s. Y eso en una elección juega, porque casi una tercera parte del presupuesto de los clubes va a parar a las barras”, dice el diputado provincial Carlos del Frade, periodista, reconocido por sus libros e investigaciones sobre el narcotráfico en la provincia de Santa Fe.

Tras estos ataques, este jueves Del Frade presentó un pedido de acceso a todas las investigaciones judiciales vinculadas a la barra leprosa desde 2010, año en el que mataron a balazos al legendario “Pimpi” Caminos. Desde allí, se sucedieron media docena de asesinatos de jefes de la hinchada entre quienes fueron heredando el liderazgo. “Estamos hablando de barras de entre 400 y 600 personas que son capaces de cualquier cosa. Un verdadero ejército. Y que no trabajan sólo en la cancha chica del fútbol. Un día vivís de barrabrava, pero los otros seis de la semana, no. Y ahí aparece el narcomenudeo y la violencia. A eso, hay que sumarle que el fútbol es un fenomenal vehículo para el lavado de dinero. Y ahí es donde trabajan las bandas”, señala Del Frade. La relación entre las barras de Newell’s y Rosario Central va más allá de la rivalidad y el folclore. Hace 39 años, Sergio Robles fue el último jugador que pudo cruzar de vereda rosarina. En las barras, no existe ese problema: la semana pasada, en una audiencia por una causa de lavado de activos, la historia de una camioneta Toyota Hilux apareció como el hilo que une en el universo narcocriminal a las barras de Central y Newell’s.

Miguel Ángel Torrén es el capitán de Argentinos Juniors, donde juega hace 11 años. Rosarino, es el segundo jugador más joven en debutar en la historia de Newell’s, con 16 años. Pero la semana pasada fue noticia por otro motivo. Torrén rompió un silencio de años sin dar una entrevista: “Así está hoy la situación en Rosario. No se puede vivir, ya no es más como antes, hay mucha gente que hace maldades, no te podés sentar en la vereda a tomar mates con tu familia porque puede pasar cualquier cosa. Da mucha bronca la impunidad y así, lamentablemente, las cosas van a seguir pasando. Está a la vista que todos los días pasa algo nuevo”. Unos días antes le habían matado a un hermano. Por tercera vez.

El 25 de agosto, Atanasio Luis Torrén fue atacado a balazos en la puerta de su casa del barrio Toba. De 43 años, murió tras una larga agonía en el Hospital Clemente Álvarez. Los vecinos contaron al diario La Capital que dos personas en moto lo arrinconaron en la entrada de su casa y le dispararon. Y que el asesinato estaba vinculado con otro asesinato, en mayo de 2020, de Gabriel Francisco Torrén, quien apareció muerto a golpes. Tenía 36 años. En los dos hechos, las hipótesis giran en torno a la actuación policial del Comando Radioeléctrico. Once años antes, el 24 de abril de 2010, en una canchita del mismo barrio, Walter Torrén se había trenzado a golpes con otra persona que seguía uno de los partidos del torneo que organizaba la comunidad Toba. La pelea se terminó cuando se sumó un tercero, arma en mano, y disparó contra Torrén: la bala entró por el omóplato y le causó la muerte.

Acaso el mayor exponente de la liturgia futbolera de Rosario sea Tomás Felipe Carlovich. El Trinche. Con apenas tres partidos en Primera, hay quienes dicen que fue mejor que Maradona. Murió en mayo de 2020, a los 74 años, tras recibir un palazo en la cabeza para robarle su bicicleta. Ocurrió en Córdoba y Paraná, en la zona Oeste de Rosario. Ese fue su final. Al otro día, el diario cooperativo El Ciudadano llevó a la tapa una foto del Trinche en su bicicleta, con el titular prestado de una canción de Fito Páez: “En esta puta Ciudad”. El juego periodístico seguía en la portada del suplemento: “Matan a pobres corazones”.