Mariano Messera salió dos veces subcampeón con Gimnasia, en el Apertura 1998 y en el Clausura 2002. Criado en el barrio de Tolosa, en las afueras de La Plata, a los 43 años es hoy uno de los entrenadores de Gimnasia, junto con Leandro Martini. Pero también es un símbolo, que va del pibe que jugaba en las inferiores y hacía pogo con Vencedores vencidos en los recitales de los Redondos, hasta el futbolista que con la camiseta de otro equipo no pudo meterle un gol al Lobo en el Bosque. Ahora, Messera, a quien algunos aún llaman “Potrerito” en La Plata, habla del legado de Timoteo Griguol, de la capacidad de escuchar como DT, del oficio de los enganches, de la histeria en el fútbol argentino y, sí, de Diego Maradona.

–Gallardo dijo: “La pasión por el juego, por querer ser mejores técnicamente, se perdió un poquito. Y eso hace tal vez que no veamos jugadores de excepción”. Dirigiste inferiores en Gimnasia. ¿Coincidís?

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–Los tiempos cambiaron. Se han mejorado un montón de aspectos. El juego cambió mucho desde el ritmo y la dinámica. Hoy los chicos tienen un montón de herramientas que antes no teníamos. Pero estoy convencido de que todavía aparecen grandes jugadores. Si bien se perdió mucho el potrero, los campitos, las canchitas de las cuadras, siempre aparecen chicos. En el fútbol, más allá de todo, lo más importante es la inventiva del jugador, la técnica que trae por naturaleza, la capacidad de desequilibrar. Ante tanta táctica y estrategia, los únicos que rompen el molde de un partido son los diferentes, los que se animan a la gambeta y a tirar una pared. Aparecen, quizá no tanto como antes. Pero cuando aparecen, hay que dejarlos jugar. Corregirles conceptos, que entiendan el juego desde movimientos, pero sin quitarles la inventiva y lo que traen por naturaleza.

–¿Cómo te marcó Timoteo Griguol, que te hizo debutar en 1997?

–Fue un adelantado. Por algo es lo que es en la historia de Gimnasia. Pero no solo por los equipos que peleaban campeonatos, sino también por el crecimiento institucional, por la calidad de jugadores que mejoró para que el club los pueda transferir. Y sobre todo por la educación y el respeto. Era titular, tenía casi 40 partidos en Primera, y en el fin de año del 98 me agarró y me dijo: “Petiso, si no terminás el secundario y me traés el analítico, no hacés la pretemporada del 99”. Y tuve que ir corriendo al Carlos Vergara a rendir Inglés, Cívica y Literatura de quinto año. No lo iba a poner a prueba. Tenía 20 años. El Viejo se preocupaba por que todos los chicos estudiaran. Que con los primeros pesos que pudieras ganar con el fútbol no compraras un auto, sino un techo, o ayudaras a tu familia. A los más grandes les hacía comprar un cuaderno para que anotaran los ejercicios, por si querían ser entrenadores. Era un docente. Esos detalles te quedan para que después puedas transmitirlos.

–“Lo más importante en un entrenador es que esté abierto a escuchar”, dijiste antes de retirarte como futbolista. ¿Lo practicás?

–Más allá de respetar los roles, me parece que el diálogo y la buena comunicación, y principalmente ser frontal y honesto con el plantel y que el que tiene una duda pueda acercarse a charlar tranquilo, genera confianza, buen clima y ambiente. Me gustaban los técnicos que te daban espacio para que el jugador se sintiera querido y respetado. Incluso, más a los que no jugaban, porque el que juega siempre está contento y motivado. Siempre me gustó eso: que siempre se pueda hablar. A veces, al jugador de fútbol le molesta la verdad, no entiende algunas cuestiones, pero son decisiones de los técnicos, y ser claro es lo mejor.

–“Con el doble cinco, los enganches nos quedamos sin laburo”, dijiste en 2008. ¿Hoy tienen aun menos?

–En aquella época se había puesto de moda el 4-4-2, y a los que jugaban de enganche se los empezó a tirar a los costados. Sacarte de tu hábitat, donde te sentís más cómodo, de tu posición de conductor de equipo y llevarte a los costados era una situación incómoda. Pero después evolucionó y volvió en un 4-2-3-1, atrás del 9. En el 4-3-3 también, como un 8 o un 10. En definitiva, a los buenos jugadores, a los talentosos, a los que se ponen el equipo al hombro y te marcan una diferencia con la pelota en los pies, siempre hay que tenerlos adentro de una cancha.

–¿Cuánta histeria hay en el fútbol argentino?

–Hay. Es como vivimos un poco en sociedad, como está el país. El fútbol no le escapa a la histeria. Si no ganás, no servís y te saco. Muchas presiones, la exigencia de los resultados. Que si perdés tantos partidos seguidos, te saco. Estamos acostumbrados a vivir el fútbol así, con demasiada pasión, más allá de que la pasión está buenísima y nuestro fútbol tiene eso de lindo. Pero me parece que hay que desdramatizar un poco al fútbol, y disfrutar más, porque estamos en un deporte hermoso. Son otros tiempos, hay mucha más gente en el fútbol: representantes, periodistas, las redes sociales como termómetro. Está en nosotros también estar al margen de toda esa locura y vivir el día a día con más tranquilidad. Es fútbol y, si te agarrás de la locura, es muy probable que no te vaya bien.

-¿Tanto afectan las redes sociales?

-Desde el anonimato, cualquiera se anima a decir cualquier cosa. Afectan al protagonista, a un grupo de jugadores cuando es generalizado. Estaría buenísimo que no sucediera. Antes directamente había pocos medios de comunicación y nadie se atrevía a faltar el respeto, a insultar. Hoy las redes te dan esa posibilidad, y es peligroso. Lo único que nos queda es saber que eso existe y que cuando te toca, tenés que tratar de no darle importancia.

-“Odio los negocios turbios alrededor de la pelota”, dijiste en 2018.

-Trato de ser honesto y de rodearme de personas transparentes. El fútbol mueve millones, pero más allá de estar inmerso, no se puede meter a todo el mundo en la misma bolsa cuando aparecen casos de corrupción. Somos muchos y seguro somos más la gente honesta que le gusta laburar, enseñar, hacer docencia. Seguro hay una minoría que mancha al fútbol. Lo importante es que cada vez haya más de “los buenos”.

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(Foto: Eva Pardo – Prensa Gimnasia)

–Fuiste al primero que llamó Maradona cuando llegó a Gimnasia.

–Al principio parecía una noticia falsa. Todo el mundo decía que no iba a ir a Gimnasia porque nunca había tenido relación con el club. El día que lo contratan a Diego, me avisan que quería hablar conmigo. Después nos vimos en su presentación, un día inolvidable para todos los hinchas de Gimnasia. Nunca lo había visto. Era mi ídolo máximo de la infancia. En la canchita de la otra cuadra de mi casa quería ser Diego. Veía los partidos del Napoli los domingos a la mañana por Canal 9. A los 15 segundos me hizo sentir que era el mejor amigo de toda la vida. “Hola, Marianito”, me dijo cuando me llamó, porque quería ver cómo estaban los jugadores. Y yo no sabía si tratarlo de vos, de usted. Es la magia de Diego.

–¿Cómo está presente en Gimnasia?

–Será por siempre una parte gigante de nuestro club, de nuestra historia. Sobre todo, por el vínculo, por ese ida y vuelta con la gente, que lloraba de felicidad. Diego está siempre presente. Todos los días alguien habla de él en Gimnasia. Nos queda ese orgullo de que el más grande de todos los tiempos pasó su último año y pico de vida con el escudo de Gimnasia, que es pueblo, pasión, barrio. No hay nada más lindo que ser de Gimnasia.

–¿En la vuelta de la Promoción 2011, jugando en San Martín de San Juan, no le quisiste hacer un gol a Gimnasia, que al final descendió?

–Sí, sí, me costó… Me quedó una última pelota, faltando poco para el final… Hay que estar en esa situación, se te cruzan en segundos un montón de imágenes, tu club, tu gente, tu familia. Encaré, encaré, me salió Monetti, y se la toqué a un compañero que la terminó tirando afuera…