El nombre de Rubén Magnano estará en el Salón de la Fama de la Federación Internacional de Básquet (FIBA). Será en un acto virtual, el 18 de junio, cuando otros once nombres de distintos países ingresen al mismo lugar, tan característico para el básquetbol internacional. Será el séptimo argentino, aunque solo el segundo entrenador después de la inclusión de Jorge Hugo Canevasi en 2016. A los 66 años, como director deportivo de Uruguay y a unos días de haber conocido la nueva distinción, Magnano explica su fórmula con simpleza: “‘Qué suerte’, me dicen muchas veces. ‘Cuanto más trabajo, más suerte tengo’, les respondo”. 

–¿Cuáles son las claves para pararse frente a un grupo? 

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–Indudablemente, hay distintas variables. Los pilares fundamentales son la preparación, la equidad y el respeto de las normas. La formación no solo tiene que ver con el conocimiento, sino con la manera de transmitirlo para que realmente se interprete el mensaje. Nunca nadie me lo dijo, pero estoy convencido de que el equipo valora mucho cuando el entrenador se hace responsable de algunas situaciones que estamos acostumbrados a mirar para el costado y no hacia adentro. La equidad tiene que ver con que ningún nombre propio está por encima del equipo, club o selección, llámese como se llame. El respeto de las normas es importante, hace que el equipo encuentre un cómo se pretende llegar a un determinado lugar. Pueden ser reglas de comportamiento o también de juego. 

–¿En qué cosas se mira para el costado?

–A veces son miedos. No digo temores, sino algo más. Miedo de afrontar la situación o crear una situación de conflicto. Pero en definitiva, si no atacás equis situación, vas a terminar teniendo conflictos porque no fue discutido ni conversado. Por instinto de conservación, muchas veces responsabilizamos al arbitraje o al jugador. No hay que buscar justificativos. Los entrenadores que buscan excusas son como la mentira: tienen patas cortas, no trascienden.

–¿A qué llamás humildad inteligente, un concepto que usás varias veces? 

–El término surgió al pensar por qué logramos la medalla olímpica en Atenas 2004. Fue unos años después del hecho. Uno de los porqué es la humildad inteligente que tuvo la Generación Dorada. Todos venían de multifranquicias y eran campeones. Pero cuando llegaban a la selección, bajaban un peldaño para situarse a nivel equipo con la curiosidad de no dejar de producir lo que estaban acostumbrados a producir. Había una concepción muy clara de que el equipo estaba por encima de los nombres propios. El concepto tiene que ver con adecuarse sin dejar de perder productividad. 

–¿Escuchar es otro aspecto clave?

–Ojo, que un entrenamiento no es un confesionario ni un diálogo abierto a todo. Sí hay temas puntuales. Se construye a través del hacer, no del hablar. La escucha es fundamental en todos los aspectos, pero sobre todo en la interpretación. Si no hay interpretación de lo que uno dice o escucha, no hay aprendizaje. En ese sentido la escucha es importante tanto en un jugador de básquet profesional como en un chico que se inicia. 

–¿Cómo te formás a los 66 años? 

–El entrenador es un acompañante de las personas que nos ponen a cargo y la obligación es mejorar a ese personal. No hay mejor manera que estar preparado. En mi caso, soy un profesor devenido en entrenador. Jamás me he sentado arriba de algún logro. Si llega algún logro o distinción, como el ingreso al Salón de la Fama de la Fiba, lo tomo como algo desafiante para el futuro, que me obliga a seguir preparándome. Pienso que ya voy a tener tiempo de sentarme y valorar el real significado de evaluar logros y la medalla. Hoy todo eso me desafía a prepararme y tener respuestas coherentes para cada situación.

–¿Cómo te llevás con el éxito? 

–A todos nos gusta ser exitosos. Pero es una palabra peligrosa por cómo la venden y empaquetan. Con videos de 30 segundos te hacen exitoso. Es increíble. Hoy nos están educando en que el éxito es para ayer y no para mañana. El grado de inversión que existe es escaso y sobre todo en el deporte, donde se quieren apresurar procesos o hacer grandes valores en épocas de formación. Hay que tener cuidado y no confundirse, y sobre todo ser muy cauto cuando tenés ataques de prosperidad. Es una frase que me ha ayudado mucho. También la cautela me ha permitido absorber las situaciones adversas, frustraciones y todas esas cosas que también tuve en mi carrera. 

–¿Y con los recuerdos?

–Mi mirada está puesta más al futuro que hacia atrás. Cuando cambiás los recuerdos por los desafíos, estás envejeciendo y es hora de colgar los guantes. Por más pequeño que sea, el desafío es estimulante.

–¿Qué te pasa cuando llega un reconocimiento como el ingreso al Salón de la Fama de la FIBA?

–Me da muchísimo orgullo. Es una sensación bastante particular, como cuando volvimos de Indianápolis en 2002. En ese momento, bajé del avión, había una cantidad de periodistas y mi primera palabra fue agradecer al estamento de los entrenadores. Son los que amplían el abanico de oportunidades para poder elegir jugadores. Ahora me vino esa misma sensación, la idea de compartir con todos ellos y hacer parte de esto a muchas variables que efectivamente son parte de este reconocimiento. Como mi familia, los jugadores y su aceptación, y la dirigencia. Esto tiene un nombre propio, pero detrás de ese nombre propio hay una cantidad de elementos que sostuvieron y ayudaron a ese nombre. Me ha tocado a mí, estoy feliz, pero soy consciente de que representa algo más. 

–Cuando asumiste en el 2000 en la selección, los objetivos que planteabas eran clasificar y participar en todos los torneos. Hoy ya está naturalizado. 

–Lo que es gratificante e ilusiona es la estructura de nuestro básquet que nos hace ser esperanzadores por lo que vino, lo que viene y lo que vendrá. De esta manera Argentina va a seguir siendo un equipo competitivo. Lograr una medalla o ser subcampeón no garantiza el pasaje o el derecho a jugar lo que viene. Hay que estar rindiendo examen continuamente. Hay que estar atentos a la coherencia para plantear objetivos: el pasado no tiene que pesar tanto para plantear un futuro real. Me agradó muchísimo el subcampeonato en China y me sentí muy orgulloso como hincha de que se hayan podido sacar la mochila de la odiosa comparación con la Generación Dorada. Argentina no puede, bajo ningún punto de vista, subestimar el torneo que sea porque todos los países crecen.

–¿Ya le cerraste la puerta a un posible regreso a la selección?

–Nunca se hace tan fuerte el nunca digas nunca. Es algo que aprendí a lo largo de esta historia que me tocó. Es cierto que se va desvaneciendo la oportunidad porque el equipo está en buenas manos y hay excelentes entrenadores en el país. Pero a veces puede ser un llamado, una consulta y una respuesta que te lleva a determinado lugar. Hoy mi cabeza está puesta en la selección de Uruguay y en pensar cómo podemos mejorar este proceso. 

–En Uruguay fuiste entrenador, después director de selecciones y ahora cumplís ambas funciones. ¿Cómo es esa experiencia en distintos roles? 

–Fue una experiencia curiosa, no fue fácil adecuarse. Se vive diferente porque no estás en el cuadro de acción, no sos el que se hace cargo de las circunstancias y estás de observador. Tampoco estás en el medio del trance ni tomás decisiones. Por eso digo que fue curioso.