En los Juegos Olímpicos de Tokio 2021 hizo su debut el skateboard, un deporte practicado por 12 millones de personas en todo el mundo. Si en Estados Unidos su industria está valuada en 1000 millones de dólares, en otras latitudes es amateur y no cuenta con suficientes espacios de entrenamiento. Uno de ellos es Bolivia, donde nueve cholas formaron un grupo de skaters llamado ImillaSkate que, a través de viajes y documentales, fomentan la práctica y homenajean a sus raíces quechuas y aimaras.

Cochabamba es la tercera ciudad más importante de Bolivia después de La Paz y Santa Cruz de la Sierra. El respeto por las costumbres precolombinas y toda su cultura coloca a este país como uno de los mayores representantes de las tradiciones típicas de Sudamérica. Desde Buenos Aires, la hora pautada para la entrevista es a las 12, y en simultáneo, aparecen nueve solicitudes para unirse a la sala. Luego de presentarnos, Elinor, Zusan, Huara, Daniela, Estefanía, Belén, Brenda y Deisy empiezan a contar su historia y su decisión de ser skaters vestidas de cholitas. Son estudiantes, la mayoría recibidas en carreras como sociología, profesorado de inglés y diseño gráfico. Sus orígenes las unen, pero la tabla de skate las hermana. Se organizan para responder con la mecánica de un grupo aceitado. Son nueve voces que suenan como una sola.

Si en la Argentina, la falta de espacios para el fútbol femenino hizo que las mujeres empezaran a jugar con los varones, los inicios de estas nueve mujeres fue similar: sus primeras piruetas arriba de la tabla fueron junto a otros chicos en espacios comunes, muchas veces disputados por varios grupos por la falta de lugar. «Al principio nos miraban mal porque se relacionaba al skate con maleantes y vagos», dice Brenda. Luego de varios años en coincidir en los mismos espacios se hicieron amigas y en 2019 formaron el grupo ImillaSkate. Para ello, buscaron una identidad que las distinguiera y aportara visibilidad a la disciplina, y decidieron honrar sus raíces y vestir de cholitas: «Nuestras madres, abuelas y tías son mujeres de pollera, y en base a eso, mostramos nuestra identidad como bolivianas. También vestimos de manera urbana, pero honrar a nuestras raíces nos sirvió para sacarnos los estigmas sociales», explica Elinor Buitrago, de 25 años y socióloga.

Al momento de subirse a las tablas y entrenar, todas llevan largas trenzas prolijamente armadas, y en su vestimenta se ven las típicas polleras coloridas donde el largo varía según el clima de la región a la que pertenecen. Las blusas, sombreros y zapatos forman parte de los accesorios que usan en la práctica: «No solo es la ropa. También nos acercó a nuestras familias», señala Deisy. El nombre del grupo también hace referencia a sus raíces: Imilla significa jovencita en idioma quechua y aimara. Esta elección se debe a que sus familiares y amigos utilizan el término que proviene de su lengua nativa. Sin embargo, Brenda agrega que tiene un doble mensaje: «Algunos lo usan de manera despectiva para referirse a una mujer».

Dentro del grupo, dos de sus integrantes llegaron a representar a Bolivia en competiciones internacionales. Brenda lo hizo en el Sudamericano de Paraguay y destaca que fue un sueño cumplido desde chica y que le permitió conocer a otras personas del mundo skater y generar ideas para contribuir al desarrollo en su país. Por otra parte, Deisy lo hizo en el torneo Latinoaméricano de Perú y le permitieron competir vestida de cholita: «Cuando estuve en Perú, pregunté cuántos espacios para entrenamiento profesional tienen y me dijeron 50. En Bolivia solo hay tres o cuatro parques con nivel», concluye. Trazando un paralelismo con Argentina, segunda en el ranking sudamericano por detrás de Brasil, tiene siete pistas de alto rendimiento en la Ciudad de Buenos Aires y alrededor de 150 en todo el país.

La llegada de una mayor difusión, tanto en redes sociales como en medios gráficos, se dio cuando ESPN grabó un documental sobre su historia: «La identidad cultural que planteamos y nuestra propia visión como colectivo que rinde tributo a nuestra identidad cultural y poder valorizarlo es algo que hizo que nos conozcan más», recuerda Belén. Allí decidieron enseñar a patinar en skate a personas de todas las edades en distintos puntos del país. Huara Medina, diseñadora gráfica y artista urbana, reflexiona sobre las vivencias que tuvieron: «Pasamos por Sucre, Potosí y otras zonas. Donde más se sorprendieron y quedaron boquiabiertos fue en Santa Cruz porque ahí no es común ver a una cholita salir de su zona de confort». Con el objetivo puesto en contribuir en la cultura y a la sociedad, también generan proyectos ligados a la comunidad: «Queremos que ImillaSkate sea un espacio para víctimas de abusos y rehabilitación, porque el deporte iguala. Uno de los ámbitos que más nos interesa es el de chicos y chicas en situación de calle’», dice Elinor.

Además, agregan que en Bolivia ningún deporte está lo suficientemente desarrollado. «Ahora tenemos una asociación y cada departamento se está organizando para hacerlo crecer», explica Huara Medina y concluye, el skate tiene un excelente mensaje para la vida, y es: «Si te caes te vuelves a levantar para intentarlo otra vez». «