Colossal (España-Canadá/2016). Dirección y guión: Nacho Vigalondo. Con: Anne Hathaway, Jason Sudeikis, Dan Stevens, Tim Blake Nelson. Comedia. 109 minutos. Apta para mayores de 13 años con reservas. 

Una película tan improbable como que un español filme en las entrañas de Hollywood es lo que resulta Colosal. Nombre también impropio, al menos para lo que aparece de entrada en pantalla, que es una Anne Hathaway que no tiene problema en mostrarse con su nueva figura de madre reciente pero igual de atractiva, como si quisiera cambiar esa imagen que lo masculino creó del posparto. Y si encima se trata de una comedia de fantasía ese fisic du rol aporta a la extrañeza. No se puede afirmar que se trata de una película patas para arriba, pero es evidente que hay algo que no está en orden con lo preestablecido.

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Decíamos que Hathaway tenía problemas con el alcohol y por ende con su novio -con el que convive-, y también con todas las cosas que hacen a las personas que se consideran normales: hace un año que no tiene trabajo, comienza la juerga a media mañana, y así. Ante las valijas que le preparó su pareja para que abandone el departamento que comparten, decide volver a su pueblo natal, que no es lo que Hollywood difundió como el hombre medio americano -tanto en sus expresiones más conservadoras como en sus más progresistas-, sino con ese sector de la clase media que a búsqueda de tanta independencia se quedó sin camino a recorrer, proyecto a construir y quedó empantanada en todo eso que criticaba de los demás. Allí se encuentra con un tío que le gustaba mucho cuando estaban en la primaria, pero ya no tanto. El tío, que no la veía con los mismos ojos, ahora la mira con muchas ganas.

El pueblo no cambia su relación con el alcohol -en principio-, y un día despierta en la placita del vecindario. A las horas, el mundo se entera de la aparición de un monstruo en Seúl (Corea del Sur). Cuando lo habla con su novio la reprende y ella decide cortar por lo sano y dejarle hablar por el momento, y se pone a investigar las sospechas que le había suscitado la aparición del monstruo. Y descubre que ambos están conectados.

Así empieza tal vez la verdadera película que el español Vigalondo quiere contar: la del absurdo de las vidas, pero en su parte graciosa, tierna y que hace que las personas puedan ser queridas. Es el absurdo que tan fácilmente se ve en la infancia, aunque se vive como un juego, y acaso por eso sea ese momento mágico en el que todo es posible; ese vivir fantasía y realidad como si fuera una lo que marca para siempre, no el hecho traumático o feliz.

Pero es un acto adulto, o sea de independencia, de separar fantasía de deseo, el que posibilita desencadenar el conflicto y así su posibilidad de resolución. Ella elige a uno de los amigos de su amigo de la infancia y su amigo de la infancia se enoja por demás y entonces aparece allá en Seúl como robot, a disputarle el espacio físico y protagónico que el monstruo había ganado.

Fábula contemporánea pero fábula al fin, lo que sucede luego tendrá su moraleja, aunque sin perder la gracia. Ese tono de liviandad -todo un acto de libertad-, la película no lo pierde en ningún momento.