Esta historia podría compararse con la de la Cenicienta, pero en la dirección contraria. Julieta Venegas (48 años) tenía un hermoso vestido, un carruaje lujoso y varios de los corceles más potentes de la industria. En términos estadísticos, la cantautora mexicana vendió más de 20 millones de discos, conquistó siete Grammy, en Spotify sus diez primeros temas promedian los 34 millones de clics y cuatro de sus videos superan los 100 millones de reproducciones, entre otros números ampulosos. Pero se cansó y lo abandonó –casi– todo. No graba discos, no hace giras y se radicó desde hace poco más de dos años en un recóndito lugar del planeta llamado Argentina. “Necesitaba reencontrarme con el deseo”, sostiene casi a modo de varita mágica para explicar su renunciamiento histórico. En un ámbito tan competitivo y cambiante como las grandes ligas de la música, una pausa como la que se autoinfringió Venegas –por más temporal que sea– puede tener un costo altísimo. Ella lo sabe muy bien, pero está dispuesta a pagar todo lo que sea necesario para bajarse de las obligaciones de convertida en princesa.

La cantautora mexicana entra al bar del Teatro Picadero sin sobresaltos. Nadie se le abalanza para saludarla, pedirle autógrafos o fotos. Recuperar gran parte del anonimato parece sentarle bien. Algo inimaginable durante sus maratónicas giras como estrella pop continental. Es una mujer sencilla, que por momentos hasta parece tímida, de contextura pequeña y decisiones firmes. Mide sus palabras y corona muchas de sus frases con una sonrisa casi aniñada. Su frase “Necesitaba reencontrarme con el deseo” funciona casi como un escudo para no desarrollar los conflictos humanos que alimentan las grandes rupturas –decepciones, hartazgos, incertidumbres, etcétera–, pero también para darle más protagonismo a su presente artístico que hoy pasa por la obra La enamorada. Es la primera vez que hace teatro y no se cansa de explicar que no es actriz. Esta experiencia parece el resultado de una serie de causalidades y casualidades que la hicieron encontrar un camino para ella nuevo. Justamente lo que necesitaba.

La enamorada es un unipersonal basado en un texto del libro Obra dispersa (Santiago Loza). La dirección es de Guillermo Cacace, y Venegas se lanza a suerte de performance de emociones nunca estridentes que desembocan en cavilaciones y cuestionamientos  por momentos metafísicos. El relato es enriquecido con el carisma de la mexicana y pasajes musicales –que incluyen pistas grabadas sobre las que canta y un cuatro que a veces toca en vivo–.

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En un castellano en el que cada tanto se cuelan modismos mexicanos y alguno argentino, Julieta Venegas habló de La enamorada y mucho más con Tiempo Argentino.

–Conocés muchísimo los escenarios, pero nunca habías hecho teatro. ¿Qué te llevó a sumarte a La enamorada?

–Leí el libro Obra dispersa y me encantó. Se me ocurrió contarle a Santiago que me parecía muy bueno y él me comentó que estaba buscando a alguien que llevara La enamorada al teatro. Le comenté inmediatamente que yo no soy actriz, pero me propuso que me juntara con Romina (Cierra, productora) y que platicáramos para ver si podíamos encontrar la forma de concretar el proyecto. Todo esto empezó hace más de un año. Yo estaba muy agotada de la inercia componer, grabar y salir de gira y me pareció una idea muy interesante. Así que empezamos a trabajar, pero sin presiones. Si salía la obra, mejor. Pero si no salía no pasaba nada. Era un viaje con destino incierto y terminó alcanzando un destino feliz.

–¿La clave de La enamorada son las emociones y la reflexión sobre ellas?

–Sí. El título en realidad se refiere a la enamorada del muro, a la enredadera que me acompaña y de alguna manera es una metáfora. A mí lo que me sedujo del personaje es que se plantea el tema del amor, los afectos, pero también la muerte. Porque finalmente mi personaje habla mucho de personas que quiso y ya no están: uno de sus hermanos y su mamá, sobre todo.

–En la Argentina la muerte suele ser un hecho que preferimos olvidar. En México parecería que no es un tema tabú.

–Tenemos el Día de Muertos, que es una celebración muy tradicional. Ahorita no sé exactamente si tenemos una relación más natural. Pero al menos una vez al año recordamos a nuestros muertos queridos y se hace una gran ceremonia colectiva. Quizás cotidianamente no seamos tan diferentes, pero esa celebración nos da, al menos una vez al año, una gran excusa para recordar.

–¿Cuál es el desafío más grande que te impuso la obra?

–La posibilidad de ser creativa de otra manera. Cuando empezamos a trabajar con el texto no incluimos nada de música. Entonces era algo totalmente nuevo para mí, una sensación distinta que era lo que venía buscando. Después, charlando con Santi, surgió la idea de incorporar algunas canciones, pero todo apareció de una forma muy natural. Entonces se me ocurrió grabar algunas cosas para que yo después cante en vivo o acompañarme en el escenario con un cuatro. La obra se fue transformando, creo que para bien, en un monólogo con canciones. Interpretar a un personaje, no ser yo exactamente sobre un escenario, me atrajo mucho. También sentí incertidumbre y curiosidad porque no sabía cómo iba a salir todo.

Una aventura abierta

Venegas es muy reservada y de algunos temas no quiere hablar. Andrés Manuel López Obrador, sus conflictos con la industria y los motivos por los que se radicó en la Argentina son algunos de ellos. Pero se sabe que su estadía en Buenos Aires también tiene que ver con su relación con Pablo Braun, gestor y dueño de la librería y la editorial Eterna Cadencia. Cuando se le consulta si su idea es quedarse definitivamente en Buenos Aires, la respuesta es abierta: «Vaya a saber. No sé». Quizás, en definitiva, toda esta aventura funcione como una deriva, un plan de escape que se va resolviendo –casi– día a día.

–Son pocos los músicos con una carrera tan exitosa que deciden correrse de las grandes luces. Muchos no tienen la necesidad y a otros los abruma la posibilidad de no poder recuperar el lugar si deciden volver. ¿Qué te motivó a poner tu carrera en pausa?

–La decisión tuvo que ver con mi relación con la música, con lo que venía sintiendo, con lo que me venía pasando. Necesitaba correrme de la relación con la música como trabajo, como productividad, como  carrera. Porque cuanto más grande se hace un proyecto cargás con más responsabilidades, hay más gente que trabaja para ti y se hace una cosa muy grande que implica perder libertad. Por eso en un momento necesité parar, desarmar todas mis obligaciones y darme tiempo para ver qué me pasaba con la música. Nunca dejé de escribir o de tocar el piano, pero sí de hacer shows y no quería saber nada con los estudios. Con el tiempo y muy de a poco empecé a hacer algún show muy chico y probé en el estudio para registrar las pistas para la obra y no me sentí mal. Pero no tengo ningún apuro. Veremos. No quiero presiones.

–¿Te preocupó que después se haga mucho más difícil volver al lugar dónde estabas?

–Creo que las cosas tienen que venir siempre desde el deseo. Más en la música. Tengo la suerte que lo que más me gusta en la vida lo pude llevar a una carrera profesional. Pero debía recuperar una relación sana con la música. Sentir el deseo. Lo demás después se verá.

–Decías que te reencontraste con el estudio. ¿Podemos hablar de un disco más o menos próximo?

–No quiero adelantar nada ni llenarme de presiones. Pero puedo decir que volví a sentir cierto deseo de grabar canciones. Tengo unas cuantas hace rato. Veremos. Me falta pensar la forma. De a poco me estoy reencontrando con la música y el estudio.

–En la Argentina existe un movimiento de mujeres muy potente. ¿Te sorprendió?

–Creo que el movimiento que ha surgido aquí de las mujeres, ya sea desde el Ni Una Menos o desde la lucha por la despenalización del aborto, es muy importante e influyente en toda Latinoamérica, México incluido. En mi país la situación es compleja. La despenalización es sólo ley en el DF: las mujeres del resto del país están libradas a su suerte. Y hay mucha violencia y desapariciones. El feminismo argentino impactó en toda Latinoamérica y ahora todos los derechos se discuten y estamos muy unidas. Aunque falta muchísimo para llegar a una sociedad igualitaria. . «

El largo camino de la igualdad

Como millones de mujeres y hombres alrededor del mundo, Julieta Venegas está muy preocupada por la violencia de género y las desigualdades. Una problemática que, aunque en los últimos años está mucho más visibilizada, sigue muy lejos de una solución definitiva y hasta –incluso– de avances realmente concretos.

–¿México es una sociedad muy machista?

–Es machista, pero no sabría decirte si más o menos que la de otros países. En México desaparecen nueve mujeres por día y eso es una barbaridad. Pero somos muchos más que en la Argentina, por ejemplo. Así que no sé exactamente si el problema es mayor o menor. Hay una cosa estructural que está fallada. Es un escándalo, comienza a discutirse, pero vamos a necesitar mucho tiempo para llegar a la igualdad. Es frustrante porque se necesitan cambios culturales y son los que más tiempo demandan. Las redes sociales son útiles para que las mujeres compartan experiencias y se unan. Pero también se necesita que quienes gobiernan escuchen más y mejor. Esta es una lucha en la que no nos podemos permitir bajar los brazos.

Una aventura singular

La situación económica en nuestro país es un torbellino. Inflación, dólar galopante, caída del consumo y más. Esta es la Argentina que le tocó transitar a Julieta Venegas y la vive con particular asombro. No es para menos. Pero al mismo tiempo, las dificultades no condicionan su experiencia de vivir en un país muy alejado del suyo y tan diferente en múltiples aspectos.

«Es verdad que es un momento bastante raro. Hay novedades económicas casi todos los días (sonríe). Pero estoy bien acá. Me gusta mucho la gente. Me gusta mucho Buenos Aires: es una ciudad con muchos estímulos, con mucho movimiento cultural y múltiples variantes. Siempre está pasando algo y, afortunadamente, las distancias no son tan grandes como en el DF. Lo que me cansó de México no fue la gente. Fue la diaria de la ciudad. El tráfico, el tiempo que se pierde haciendo nada. Todo eso que te agota antes de empezar.

–¿Qué te llama más la atención del movimiento cultural de Buenos Aires?

–Que hay de todo y para todos los gustos. Particularmente me llamó la atención la movida teatral. Yo había musicalizado algunas obras de teatro en México, pero la intensidad y variantes de la escena teatral de Buenos Aires me reconectaron con ese mundo, esta vez desde arriba del escenario. Acá hay proyectos de todos los tamaños y para todos los gustos. Eso le da mucha riqueza y libertad a la escena.