Es un actor muy reconocido y premiado, pero también director, productor y escritor. Su primer escenario fue un púlpito, cuando era monaguillo en su Paraná natal. A los 19 años Mauricio Dayub se fue a Santa Fe a estudiar Ciencias Económicas y a hacer teatro. Y a los 23, con una beca del Fondo Nacional de las Artes, se radicó en la Ciudad de Buenos Aires. Desde entonces no paró de trabajar y hoy es un referente ineludible.

Actuó en más de 20 películas y en series televisivas, y desde 2003 dirige su propia sala: el Chacarerean Teatre. Fue protagonista durante nueve años de la comedia Toc toc, el gran éxito en taquilla de la historia del teatro nacional, y escribió y actuó en dos de las obras más prestigiosas y premiadas de la escena local: El amateur y El equilibrista. En 2021 recibió el Konex de Platino como el mejor actor de la década.

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Por estos días se presenta en España y en breve retomará el regreso de El amateur, la cuarta temporada de El equilibrista y el gran éxito de Inmaduros, donde dirige a Adrián Suar y Diego Peretti. En breve también llegará con su primer libro de cuentos, Alguien como vos, a la Feria del Libro.

–¿De dónde sacás la energía para involucrarte en tantos proyectos?

–Del deseo. Sin eso no se hace nada. La energía viene de allí.

–¿Siempre supiste que ibas a hacer teatro?

–Nací lejos del universo artístico. Me acerqué de una manera personal y me di cuenta de que eso era lo que quería hacer en mi vida.

–¿Qué te inspiró?

–Un hermano mío dice que tiene que ver que cerca de casa, en el barrio La alcantarilla (Paraná, Entre Ríos), había un descampado donde paraban los circos. Esa magia de la puesta me fascinó. Hacer de alguien que no sos me pareció extraordinario y muy divertido.

–¿El entorno del río te marcó?

–Eso constituye mi esencia, sin dudas. Esa forma de vivir simple y sencilla me crió y me dio el poder de contemplación: dejar que el agua corra hasta que algo pasa. Y me dio material, porque mucho de lo que escribí y escribo viene de aquella época

–¿En qué año llegaste a Buenos Aires?

–En 1983 vine una semana, me pareció muy hostil y me volví. Pero a los pocos meses tuve la necesidad de volver a intentar, me instalé y me puse a estudiar.

–¿Antes estudiaste Ciencias Económicas en Santa Fe?

–Sí, era lo que querían mis viejos, pero no me iba bien. Al mismo tiempo hacía teatro porque era mi vocación. Estaba en un grupo, arreglé que un tal Dady Brieva me reemplazara (risas) y me vine para Buenos Aires.

–¿Te sirvió tu paso por Ciencias Económicas?

–Sí, a la hora de producir. Nunca me sedujeron particularmente los números. Pero manejar el tema me sirvió porque son una variable a la hora de armar un proyecto. Pero no podría haber sido un contador que hace teatro de hobby.

–¿La economía argentina no tiene solución?

–Si uno empieza por casa, por la cuadra y el barrio, estoy convencido de que se puede seguir con la provincia, el país, el continente y el mundo. Creo que nos hemos dejado estar.

–¿Cómo es eso?

–Nos creímos hace mucho tiempo que no es importante lo que uno hace, que siempre la culpa es del otro y no nos damos cuenta de que cada uno de nosotros influye. Todos tenemos que ser conscientes de los que nos rodean y tratar de aportar para estar mejor. Suena idílico, pero no veo otro camino.

–¿El arte puede colaborar?

–Sin dudas, porque si invita a pensar o a sentir, es más que un simple entretenimiento. Habla de nosotros como personas. La idea es sensibilizar, pero si una obra te moviliza o te ayuda a tomar una decisión, es hermoso. No pasa siempre, pero hay que intentarlo.

–¿Investigás sobre tus personajes?

–Ser actor tiene más que ver con observar que con ser observado. Mi oficio está en la calle. Yo no puedo dejar de mirar o de escuchar porque es de ahí de donde tomo los cimientos para hacer mi trabajo.

–¿Tenés una rutina?

–Sí. La rutina no es algo negativo. Tenés que armarla para sentirte bien: yo me levanto muy temprano y escribo. A las 6 uno es uno mismo y ahí se me ocurren cosas que son las que luego comparto. Más tarde hago elongación, voy a nadar o correr, para mantener el cuerpo en forma. Y más a la tarde-noche, hago trabajo vocal, para mantener ese instrumento también afilado.

–Trabajás en todos los detalles.

–Hay que darle mucho al público. Trato de ofrecer todo lo que tengo. El público tiene muchas razones para no estar ahí. Yo lucho para que eso no ocurra, darle razones para que siga mirando. Tal vez es un excesivo deseo de gustar, pero también lo hago por respeto a quienes me eligen.

–¿Trabajaste en muchas cosas antes de poder vivir de actuar?

–Hice de todo. Fui pintor, albañil, vendí cosas en los colectivos… Agarraba muchas changas temporarias para no alejarme de mi objetivo, que era formarme como actor.

–¿Los tomabas como personajes?

–Sí, interpretaba mientras laburaba. El “personaje” que más me gustó fue el de vendedor. Una Navidad, la primera que pasé solo sin mi familia, un muchacho amigo que subía a los colectivos me enseñó el «versito». Me lo escribió después del brindis. Estaba juntando dinero para mi primera temporada.

–¿Dónde iban?

–Queríamos ir con unos amigos a San Clemente y San Bernardo. Estuve un tiempo, era un personaje que me iba bien.

–En los ‘90 llegaste a la tele.

–Empecé con cosas sueltas, pero con Canto rodado, Amigovios y Pan caliente logré siete años de continuidad en tiras diarias. Eso me acomodó, me ayudó a experimentar e invertir en lo que quería hacer en teatro.

–¿Sos de tener añoranza por las obras?

–No, en general las recuerdo con cariño, pero nunca repuse una obra. El amateur es la única que se dio de volver a hacerla.

–¿Por qué?

–Es una obra que siento que le hace bien al país. Es la historia de una persona que se sube al sueño de otra para cumplir el propio. Es lo que estamos necesitando. Hay que creer en el otro y no estar tan divididos. Habla de meterle garra, laburo, pasión. Y me parece importante en el contexto actual. Hay que tener una utopía para tener un norte, algo por qué luchar.

–¿Qué te hace reír?

–Los lugares comunes.

–¿Qué te da bronca?

–La soberbia y la falta de idoneidad. También la falsedad y la mentira. La hipocresía cotidiana.

–¿Cuál es el objetivo final?

–En la vida no queda otra que acumular hermosos recuerdos. La finitud de nuestra experiencia solo vale la pena si al final podes respirar y quedar lo más conforme posible con lo que te tocó. «