Hay libros que hacen bien. Porque están narrados con empatía, porque ayudan a descubrir mundos. Porque confortan.

«Millones de pasos. Caminar y contar», editado por GeoPlaneta, es una de esas obras gratificantes. Carolina Reymúndez, periodista argentina y una de las mejores cronistas de América Latina, nos invita a avanzar por largos y emocionantes senderos a través de estas páginas. Y en los angustiosos tiempos de contagios y nuevas olas en los que el encierro y la inmovilidad se imponen, no queda más que agradecerle que nos lleve a pasear por las calles de Buenos Aires, a recorrer el camino de Santiago y un parque nacional en la Patagonia. O a un safari africano, al londinense barrio de Camden, al original Festival de Caminar en Gales y ¿por qué no? algunas caminatas clandestinas en cuarentena.

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Que nos haga conocer a un hombre que necesita tanto caminar, que lo hace en el pasillo del tren transiberiano. Todo sirve. Todo vale. Porque caminar supone recorridos que no siempre se pueden cronometrar con exactitud. ¿Cómo medir el kilometraje de los pensamientos, las experiencias personales -algunas traumáticas- que Carolina comparte, a veces con humor, a veces con incredulidad?

Es tan imposible como descifrar a Martín Echegaray Davies, el caminante al que convierte en protagonista del libro, en su compañero de recorrido. Un hombre sesentón de nombre telenovelero que se ha impuesto el reto de caminar desde Tierra del Fuego hasta Alaska y que se convierte en una celebridad en las redes sociales. Después de meses de expectativa, Carolina lo alcanza en Tucumán. Por fin camina a su lado, pero la realidad, bien lo sabemos, no suele ajustarse a nuestros deseos, así que la primera noche a su lado muta en una aventura narrada en uno de los capítulos más desopilantes del libro.

Otros y otras caminantes aparecen de manera intermitente. Descubrimos que son un colectivo, una numerosa hermandad que desafía fronteras, climas y territorios, ya sea la propia Carolina en sus viajes alrededor del mundo; el cineasta Werner Herzog, que caminó de Munich a París con la ilusión de salvar a una amiga de la muerte; o Cheryl Strayed, una mujer que caminó más de mil kilómetros desde la frontera mexicana hasta Canadá, sola, para curarse después de un divorcio y la muerte de su madre.

En «Millones de pasos» la primera persona de la autora es omnipresente. Pero en el yo de Carolina hay un nosotros. Su capacidad para detallar de manera exquisita paisajes, experiencias y personas permite identificarnos con sentimientos universales: del miedo a la esperanza, de la incertidumbre al amor, de la herida a la sanación. Sobre todo, nos impulsa a abrir puertas. Y a caminar.

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Desde que era niña salía a caminar, muchas veces sin rumbo fijo. Luego vinieron los viajes, la vida totalmente peatonal en Madrid y los diarios recorridos ida y vuelta a la radio en París; el vagabundeo por los casi 10 kilómetros del perímetro del Central Park -me dio mucho orgullo- y los emocionados paseos por mi querida Estambul. Si habré sumado kilómetros en tantas otras ciudades.

Ah, porque siempre he sido caminadora serial de ciudades. No de campos, bosques ni montañas, ahí no hay nada que ver, nada que me interese. Que sea tan hermosamente caminable es uno de los motivos de mi romance interminable con Buenos Aires. En el año pandémico salgo a recorrerla todos los días una, dos, tres horas, lo que pueda, lo que el cuerpo me permita.

Pero, hasta que leí este libro, nunca me había preguntado por qué camino. Descubrí que hoy camino, principalmente, para escapar. Para evadir tristezas y sacudir la ansiedad. Para olvidar que hace un año volví repatriada desde México y todavía no puedo regresar a mi país, ni sé cuándo lo haré. Para resignarme a que no puedo viajar a ninguna parte. Para soñar que, cuando acabe esta pesadilla, mi próxima ruta será Buenos Aires-Madrid-Moscú-Teherán-Jartum.

A veces también camino contenta. Con los auriculares al oído, bailo caminando -¿o camino bailando?-, balanceo cada paso al ritmo de la música. Rememoro los ocho pasos básicos del tango, me mezo, canto protegida por el barbijo. Y me alegro de recorrer caminos con seres humanos como Carolina.

«Millones de pasos» también me dejó pensando cuál será mi Alaska. Todavía no lo descifro, pero mientras tanto ya instalé el podómetro. Ya sé que camino más de 10 mil pasos diarios y ya me asomé al Facebook de Martín Echegaray Davis a ver en qué anda. Les apuesto a que, en cuanto lo lean, les pasará lo mismo.

Seguimos. Caminando, por supuesto.